Miren, ni siquiera lo hacen los extranjeros, turistas e inversionistas, que se van maravillados por lo ofrecido en nuestras playas; El Cocibolca y Río San Juan; por tantas bendiciones innegables de Dios extendidas en todo el mapa, donde el Pacífico y el Caribe, el Centro y el Norte, compiten en un festival permanente de bellezas escénicas. Y somos con la vecina del sur, los países más seguros de la región.

Razón tiene quien bendice cada día a Nicaragua. Sobrada razón quien en sus labios pronuncia el nombre de Dios desde su fe, y aparta su voz del odio y del cruce de espadas, y procura devolverle su contenido a la paz, hasta alcanzar su sentido más auténtico: el Shalom.

“Dios está a la distancia de una oración sincera”. Hace muchos años escuché estas palabras de avivamiento. Las pronunciaba un hombre que comenzó a predicar en el Mercado Oriental, en 1978. Ahí nació su ministerio sin el esplendor del World Trade Center de Manhattan, pero con unos cimientos muy poderosos. Entonces le tiraban bolsas de agua, insultos y otras sustancias. No se amilanó y fue adelante con su paz.

Yo le vi en las postrimerías de la década del 90, al frente de una delegación de la Iglesia de Dios Pentecostal. M.I., en Caguas, y predicando en Carolina y San Juan, Puerto Rico, al comenzar el siglo XXI. Aquellos puños y aquellas voces iracundas, o pedradas de otros tiempos, nunca lo paralizaron, al contrario, años después, presencié cómo este hombre bendecía el perímetro donde antes se erguían como colosos inmortales, las Torres Gemelas de Nueva York, para que nunca se repitieran semejantes atentados. Y posteriormente, solicitó permiso en la ONU, para orar por la paz.

Paz también es bienestar común

Cuando se sabe realmente que “Dios está a la distancia de una oración sincera”, nada de lo que le puede estar pasando a alguien comprometido en lo que cree, permanece fijo para siempre como en una foto: hay movimiento y el filme continúa con un final más que de película, de vida misma, “para que la tengáis y en abundancia”, dice Jesús.

Quien busca el bienestar común y lucha por la realización de una fe que no es improvisada, sino que va dejando huellas sociales,  merece ser escuchado. Seguir, a pesar de las bolsas de agua sucia y de las ofensas a lo largo de este camino, demuestra un convencimiento por el ideal profesado y la búsqueda de una paz realmente justa.

Esta paz es más un SHALOM. Mejor dicho, es la misma paz, solo que el egoísmo de grupos elitistas del pasado la ha saqueado de su verdadero contenido. En el ADN de este sector, lo más “cristiano” que puede comportarse un Presidente con los damnificados del sistema, es simplemente tenerles lástima. Para ellos, la lástima no pone en peligro la democracia ni la viabilidad económica del país; la solidaridad, sí.

Una publicación judeocristiana enfatiza que Shalom es un término tan rico que no se puede traducir en una sola palabra. Encierra varios elementos al mismo tiempo: gozo, unidad, plenitud, salud, prosperidad.

SHALOM abarca la totalidad de las bendiciones cristianas de Dios para su pueblo, tanto en el plano personal, como en el comunitario y social. Una explicación más detallada da esta rotunda definición: SHALOM es la sanación de la persona completa.

Si el gobierno del Presidente Daniel Ortega se ha comprometido con la paz, con todo lo que lleva dentro la palabra, extendiéndola a las mayorías, es un gran paso adelante. Si a esto se le añade lo que dijo la escritora Rosario Murillo “Que el Espíritu del Creador no nos falte nunca”, es una buena nueva.

Como cristianos, recordamos que el primero que se identifica con la paz, es Melquisedec. El Shalom no es algo, sino alguien: Jesús, el Príncipe de Paz, sacerdote en el orden de aquel rey de Salem (Shalom).