I

Hay un misterio tan vasto como lucieron las pirámides de Egipto. Su nombre muy conocido, paradójicamente, es una puerta a lo desconocido. Y lo identificamos con su gracia familiar que firma y se confirma en teatros, bibliotecas, billetes, simposios, parques, colegios, estampillas, avenidas, cooperativas, dentro y fuera de Nicaragua. Es Rubén Darío.

Pero las pirámides contaron con sus Champollion para descifrar las otroras entrañas invictas de la antigüedad, donde los constructores trataban de garantizarle al Faraón y la nobleza una eternidad de granito. Hay darianos, sí, pero es una certeza que los hombres le han arrancado explicaciones a los monumentos y a las ruinas de las edades memorables de los imperios, disolviendo las inexactitudes de los siglos. Mas, una cosa es la explicación y otra la esperanza de una interpretación.

Libros de libros sobre Rubén. Podríamos hablar de una megadaríoteca inabarcable, infinita. Plumas que trataban de sacarlo por lo menos al atrio y descorrer el velo –con este acto patrio– para entregarlo terrenal y tangible a la buena del pueblo, pero otros, ciñéndole de un divino halo, lo daban por dogma y oficio de iluminados. Que la plebe después de su jornal se conformara con su busto en el Parque Central.

En los años 80 del siglo XX se hace una notable labor para descubrirnos otro Rubén: el antiimperialista. Era distinto al de las veladas escolares en que estaba recluido, con las declamaciones de las niñas y la selección de la Musa Dariana.

Este dejaba de ser el Rubén de las marquesas y las ninfas, de las Minervas y los pegasos, para convertirse en guerrero, rebelde y profeta de la lengua española, que ocupaba su verbo portentoso para denunciar a la “raza de hierro” con que bautiza a los Estados Unidos: “…eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena, /que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Se creyó “encontrar” al “verdadero” Darío.

II

Pasó la Revolución Sandinista y había que buscar, “de nuevo” al Rubén “real”.

No es “casual”, porque todo es “causal”, que al despuntar el neoliberalismo en los 90 de la pasada centuria, una de las primeras obras que se edita del liróforo está a cargo del Ministerio de Educación Público. Este es el Darío “del mundo de los ojos cerrados”.

El volumen es extraído de los estantes donde reposan los enigmas soberbios. Recopila los textos de estudio elaborados por el poeta en una vertiente casi de iniciados: la extraña expedición al reino onírico y la de ser un indocumentado en los infiernos que se adelantan al hombre, antes de concluir sus días por este siglo, en la hora terrible de las abominables pesadillas. “El mundo de los sueños” es uno de esos libros inexplorados del maestro.

Se pretendía, por lo visto, darle vuelta a la página de la Oda a Roosevelt, en una evidencia más de que Rubén no se ha escapado al manejo mundano.

Siendo en sí mismo un arcano, también muchos presumen ser sus exégetas, pero cada quien lleva su propio Rubén, su criterio, su interpretación y hasta su liturgia. Y como sucede con el Islam, hay sus moderados y sus integristas; los liberales que reconocen los puntos de vista de los otros y no desdeñan sus aportes, y los fundamentalistas dariólatras, capaces de dinamitar todos los esfuerzos de aquellos en su intento de escalar las alturas de esta Torre de Dios, por considerarlos infieles y blasfemos.

Rubén se movió en un punto ilegítimo del Universo, porque así Alguien se lo permitió, aunque recorrió la geografía del intelecto de avanzada en el espacio de su tiempo. Ilegítimo para él, decimos, por cuanto era poeta y ungido, un ser terrenal que nació hundido en la extrema pobreza rural, pero con las calidades de un espíritu de otro orden: raza de barro, linaje celeste.

¿Quién fue este Mestizo del Prodigio, que distrae a los sabios, uno practicándole incisiones a su cerebro y otro, haciéndole una inconcebible autopsia a la inmortalidad manifestada en Verso, para encontrarle 137 metros distintos y 147 combinaciones estróficas? Contar las plumas de un ángel no le ayudará a nadie volar hacia el Cielo.

Valentín de Pedro no se extravió. En 1961 escribió: “Nace en una carreta, casi un pesebre” (Vida de Rubén Darío, Cira, 2001). Hijo de esta mezcla de géneros, abordó en sus cuentos, ensayos y poemas, la edad ignota de los vivientes. “Vive el bíblico Adán robusto, /de sangre humana, / y aún siente nuestra lengua el gusto / de la manzana”.

III

Portaliras de los dos mundos, suena su música nada costumbrista en la novela moderna donde danzarán, décadas más tarde, lo Real Maravilloso carpenteriano y el Realismo Mágico garciamarquiano: “Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos los indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aztecas. En otras partes se dice: ‘Rascad… y aparecerá él…”.

“Huitzilopoxtli”, ambientado en la Revolución Mexicana, es un texto sobrecogedor. La calidad de la prosa transmite con las herramientas del arte, una verosimilitud donde afloran dos realidades que atascan la Historia latinoamericana. La Razón únicamente presta su culta lengua para ocultar el verdadero latido del corazón, ese que mueve a los hombres en el desierto sin encontrar nunca la Tierra Prometida. Es la máscara de las corrientes filosóficas de moda, la imagen jurídica y la política de la Europa industrial que intenta esconder, en vano, el rostro de una sociedad arcaica y vacía de ideas, heredera del fracaso peninsular en América.

–Si Madero no se hubiera dejado engañar…

– ¿De los políticos?

–No, hijo. De los diablos…

– ¿Cómo es eso? ¿Usted sabe lo del espiritismo?

–Nada de tal cosa. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos.

– ¡Pero, padre…!

El cura Reguera le dice luego al periodista, alter ego de Rubén, que “con la cruz hemos hecho aquí muy poco; y por dentro y por fuera, el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen…” (Cuentos Completos. RD, Anamá, 2005).

Si alguien dice que es “ficción” literaria de Rubén, esta, en todo caso, se aproxima mejor a las realidades nacionales que la narrativa del poder de las castas que rompen con España, pero no por “la patria” y el “decoro”, sino por la plata y el oro.

El poeta ocupó su talento y creación; los otros, gobiernos, iglesia, leyes, haciendas y educación para fabricar, a falta de reyes, la más inservible fantasía latinoamericana: los Estados “independientes y republicanos” surgidos en el siglo XIX.

IV

No es una exageración, por los significados múltiples y sus numerosas verdades –tan abundantes como las sectas de sus devotos y los darianos sin templo– que Rubén estaba hecho de algo más que de “vigor y de gloria”.

Él lo confesó en su Autobiografía, cuando supuestamente en su escasa juventud no prometía nada y hasta la Policía lo requería por “vago”.

Experimentó una presencia sobrenatural que influiría en su vida, mejor dicho, el Viacrucis en que se volvió su tránsito en el breve puente de los dos siglos que le tocó andar: “Ciertamente, yo sentía como una invisible mano que me empujaba a lo desconocido”.

¿Era por la condición de su doble naturaleza: “hambre de espacio y sed de cielo”? Sus escritos están poblados de seres nacidos de ese inusual mestizaje de dimensiones que en algún momento sufrieron una ruptura y a falta de una salida natural, articularon la mitología y las leyendas de una humanidad perdida en sus calendas, en tanto aleteaba por encima de ellas “la armonía del Gran Todo”.

De Quirón centauro, el fauno incorregible, el sátiro tenaz y la ninfa que huye; de las blancas Minervas al Rey Asuero, Todo intuye el reclamo del alma en deuda que ya no duda:“¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas?”

¿Un gusto por exhibir su erudición ecuménica o una encarnación verbal de su origen biforme?

La realidad nocturna dejaba rastros diurnos en el espíritu del poeta, como consta en “El mundo de los sueños”: “De mi experiencia particular, encuentro que no hallo como formular la sensación que tengo en algunas pesadillas, cuando ‘algo’, un ser ignorado, pero que pertenece al mundo de las tinieblas, en forma de espectro, de monstruo antropomorfo, de cadáver animado, digamos, me toca, estrecha mi mano, o simplemente me roza. Es algo –y ésta es una de tantas tentativas de explicación–, como una sensación eléctrica, penosa y horrorizante al mismo tiempo, pero hay más, y eso no hallo expresarlo con vocablos”.

Sobreviviente de las mistéricas noches y de los días cuando sesionaban los “conciliábulos de odio y de miseria”, (Cantos de Vida y Esperanza) el artista no gozó la relativa paz de los que solo viven una existencia y no dos o tres a la vez:

“¡Ay, nada ha amargado más las horas de meditación de mi vida que la certeza tenebrosa del fin; y cuántas veces me he refugiado en algún paraíso artificial, poseído del horror fatídico de la muerte!” (Historia de mis libros, 1988).

Por lo que él mismo se encargó de confesar, la vida del Príncipe de las Letras Castellanas alcanza en 12 palabras, aunque algún fundamentalista nos declare “apóstata”:

Rubén Darío estaba construido de Domingo de Ramos y de Viernes Santo.