"Si queremos entender el mundo y la vida, debemos ser capaces de permanecer en silencio y en meditación, en la reflexión silenciosa y prolongada, debemos saber pararnos y pensar", dijo durante la ceremonia, que también celebra las Vísperas de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, reportó la agencia española EFE.

El jefe de la Iglesia Católica, de 85 años, llegó a la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, ataviado con una capa pluvial de ricos bordados y mitra doradas, zapatos rojos y sujetando el báculo, sobre una plataforma móvil hasta el sillón pontificio para presidir la tradicional misa iniciada por el papa Pablo VI.

Joseph Ratzinger agradeció la presencia del consistorio romano, con su alcalde a la cabeza, Gianni Alemanno, quienes acudieron a San Pedro para acompañar al Papa, quien tras el canto de los salmos dirigió su alocución ante el clero y autoridades civiles y religiosas.

Como Obispo de Roma, Ratzinger aludió a la necesidad de difundir la fe entre los jóvenes en una ciudad con un "creciente número de creyentes de otras religiones" donde "las parroquias tienen dificultad para atraer a los jóvenes y se difunden de estilos de vida marcados por el individualismo y el relativismo moral".

"También Roma es una ciudad donde la fe cristiana debe ser anunciada siempre de nuevo y hay que dar testimonio de una manera creíble", afirmó.

Así haya sido este año "fácil o difícil, estéril o fecundo, demos gracias a Dios" con el Te Deum, una ceremonia que "contiene una profunda sabiduría, la sabiduría que nos hace decir que, a pesar de todo, existe el bien en el mundo, y "este bien está destinado a vencer, gracias a Dios", explicó.

El pontífice reconoció que a veces es difícil comprender esa realidad porque "el mal hace más ruido que el bien, un asesinato brutal, la violencias que se extienden, las graves injusticias son noticia" y sin embargo, "los gestos de amor y de servicio, la lucha diaria soportada con fidelidad y paciencia permanecen, a menudo, en la sombra, no emergen".

Por ello -continuó- "si queremos entender el mundo y la vida, debemos ser capaces de permanecer en silencio y en la meditación, en la reflexión silenciosa y prolongada, debemos saber pararnos y pensar".

De esta manera nuestra mente puede encontrar la curación de "las heridas inevitables de la vida diaria y profundizar en las cosas que suceden en nuestras vidas y en el mundo", expuso.
En el último día del año, el papa teólogo recordó que "el cristiano es un hombre de esperanza, sobre todo en las tinieblas que a menudo hay en el mundo y que no dependen del plan de Dios sino de las decisiones equivocadas del hombre, porque sabe que el poder de la fe mueve montañas".

"Te Deum laudamus!" (Te alabamos, Señor), exclamó Benedicto XVI en su mensaje, que cerró el canto del Magnificat entonado por la voces del coro de la Capilla Sixtina.

Tras la exposición y adoración del Santísimo ante el que oró el Papa en el imponente silencio de la Basílica, entonaron el Te Deum de Acción de Gracias y luego impartió la bendición eucarística con el canto del Tantum Ergo, himno compuesto por santo Tomás de Aquino.

Benedicto XVI fue despedido con el himno navideño Adeste Fidelis y luego visitaba el gigantesco pesebre, este año ambientado en los Sassi (casas excavadas en la roca) de Matera, ciudad de la región sureña italiana de Basilicata, instalado en la Plaza de San Pedro, donde los guardias suizos hacen sonar el villancico alemán "Stille Nacht" (Noche de Paz) mientras el pontífice reza.