Certificando ese pesimismo, Reid ha utilizado esta mañana la tribuna del Senado para afirmar que, a menos que los republicanos acepten la propuesta original de los demócratas, que incluye una subida de impuestos para los ingresos superiores a los 250.000 dólares anuales, el abismo fiscal será inevitable. Las posibilidades de que la oposición acepte esas condiciones son mínimas, por no decir nulas. La Cámara de Representantes, dominada por los republicanos, ni siquiera se ha reunido todavía, y su líder, John Boehner, prosigue sus vacaciones en Ohio, desde donde esta noche piensa mantener una conversación telefónica con sus compañeros de partido para decidir el siguiente paso. Previamente, se ha advertido, no obstante, que la Cámara no actuará hasta que no lo haga el Senado.

Barack Obama sí está en Washington, pero su capacidad de maniobra es mínima. El miércoles, antes de salir de Hawai, habló por teléfono con los líderes demócratas y republicanos de ambas cámaras, pero ningún progreso se obtuvo en esas conversaciones. En sus manos están, sin embargo, las últimas esperanzas de encontrarle una salida a esta situación.

La Casa Blanca considera la posibilidad de enviar hoy mismo una nueva propuesta legislativa que pudiera ser aprobada por el Congreso antes del día 1, pero es difícil imaginar qué texto podría en estos momentos evitar el obstruccionismo del Partido Republicano en el Senado y reunir suficiente número de votos para pasar en las dos cámaras. Los republicanos se oponen a cualquier subida de impuestos. Los demócratas y el presidente se niegan a recortar gastos sociales sin subir los impuestos a los más ricos. ¿Cómo se sale de ahí? Obviamente, con concesiones. ¿Quién está dispuesto a hacerlas? Por el momento nadie, o nadie en forma suficientemente generosa.

Mientras tanto, el drama continúa. La Bolsa de Nueva York seguía perdiendo y el índice Dow Jones había bajado ya del límite de los 13.000 puntos. Los inversores pronostican una fuerte caída del consumo y un retorno inevitable a la recesión si el país cae en el abismo fiscal. Cerca del 90% de la población tendrá que pagar más impuestos a partir del 1 de enero. La familia con un promedio de ingresos en torno a los 50.000 dólares anuales verá aumentar su contribución a hacienda en más de 2.000 dólares. Más de dos millones de norteamericanos perderán sus ayudas al desempleo. El paro superará el 9% en 2013.

Esto deberían de ser razones suficientes como para que la clase política actuara con responsabilidad. Pero, desafortunadamente, los incentivos puramente políticos son escasos para ambos partidos. Si el país cae en el abismo fiscal, expirarán los beneficios fiscales de la época de George W. Bush y los demócratas tendrán su subida de impuestos a los ricos. Igualmente, si eso ocurre, los republicanos tendrán los 55.000 millones de recortes en gastos sociales que ellos consideran imprescindibles. Ambos partidos podrán presumir ante su electorado de no haber cedido ante el rival. Ambos podrán decir que lo seguirán intentando en la próxima legislatura, en condiciones más favorables.

Efectivamente, el próximo curso, que se inaugura el 3 de enero, presenta mejor panorama para los actuales negociadores. Boehner, que probablemente será reelegido presidente de la Cámara de Representantes, se habrá librado de algunos de los más molestos miembros del Tea Party, derrotados el 6 de noviembre. Los demócratas tendrán una más amplia mayoría en el Senado- aunque insuficiente para evitar el filibusterismo- y mejorarán su posición en la Cámara.

Pero, incluso postergar la negociación exigiría algún tipo de acuerdo ahora, puesto que la ley del abismo fiscal entra en vigor el día 1. Cualquier apaño legislativo para salvar ese límite puede librar a los ciudadanos de algunos perjuicios, pero ya no evitará el daño que se infligiendo a la credibilidad de EE UU. El mundo no está solo preocupado, con razón, por las consecuencias de una crisis económica en este país, sino por la crisis de gobernabilidad que está evidenciando la primera potencia.

El abismo fiscal es solo una de las manifestaciones de ese problema mayor, pero existen otras. La secretaría de Hacienda ha anunciado que el próximo día 31 EE UU superará el techo de deuda aprobado por el Congreso. De momento, se ha recurrido a instrumentos provisionales que permiten extender el crédito un par de meses más. Pero en febrero o marzo, Obama requerirá de nuevo el apoyo de la mayoría de ambas cámaras para evitar que el país caiga en la suspensión de pagos, un riesgo que ya se vivió en el verano de 2011.

Son demasiadas crisis encadenadas como para no afectar al prestigio de EE UU. Obama parece consciente de que la principal responsabilidad histórica recaerá en él como presidente, y es el más dispuesto a ceder. ¿Hasta dónde?