El nicaragüense no es un pueblo callado. Su idioma no es el temor. Territorio de creyentes, poetas y volcanes, la palabra es fuego: no es una sociedad fría. Es cálida, amable. Gente de fe. De ahí saca sus fuerzas ante las vicisitudes. Nicaragua no es un país de amargados.

Algunos quieren caracterizar al nicaragüense desde sus frustraciones políticas. Debe encajar a como sea en ese arbitrario molde. Pero un pueblo creativo no cabe en ninguna horma, peor si se trata de la parte agria del mundo, decía Rubén Darío.

Si tiene la palabra, este pueblo sano aborrece la violencia. Su lenguaje no es de confrontación. Quiere el trabajo y seguir adelante.

Salvo el Viernes Santo, todas sus procesiones son platicadas, danzadas, cantadas, celebradas. La única pólvora que usa, y con gusto suena, son las de sus fiestas patronales, sus Alboradas, sus Demandas, sus Topes, sus Purísimas. Un pueblo de campanas al aire necesita oírse. Lo que dice, tiene que saberse.

Este pueblo es una gran procesión de palabras vivas.

Es imposible, hablando del pueblo evangélico, ver un culto mudo, aburrido, insípido. Música, coros, oraciones, testimonios, sermón, nada es silente. Ahí están los altoparlantes. Ahí sus vigilias. Ahí sus cruzadas.

Este es un pueblo de altos decibeles de libertad.

Los políticos que no conocen a Nicaragua acomodan su falta de muchedumbres a que “el pueblo es temeroso”; si no compra sus mentiras, “no tiene conciencia cívica”; si repudia la Nica Act junto con sus mentores nacionales, “no dice la verdad”; si detesta al apátrida, “es una sociedad apática”.

Toda esta matraca mediática es un desprecio a los que hacen Historia: el pueblo, una vasta realidad distante de los radicales que al no poder sintonizar su frecuencia –los intereses de las familias nicaragüenses–, lo escarnecen.

De ahí que se hagan un “pueblo” de papel periódico, un “pueblo” de banderas políticas que nadie enarbola, para terminar fabricando sus verdades postizas con el cuento de amplios-sectores-políticos-y-sociales rechazan, por ejemplo, a la Organización de Estados Americanos.

Estos políticos que se auto reciclan en “movimientos” tiesos en el 0.2%; solitarias “coaliciones”, fragmentos “amplios”, “círculos” de cuadrados, “de reflexión”, de “vigilancia electoral”, “verdadera oposición”, tienen el derecho a exhibirse en las presentaciones que quieran, pero no a usurpar el nombre de Nicaragua.

Desde esa Soledad Civil sus gurús pueden emitir sus criterios, como se ha visto, al bendecir la injerencia y maldecir a Nicaragua, pero no arrogarse la representatividad del pueblo. Y es que el 1% de simpatía que logran generar entre los nicaragüenses, de acuerdo a Cid Gallup en mayo pasado, no los habilita para hablar ni en nombre de la cuadra donde viven.

Este desplome que no es de 2017, sino de años ha, es el resultado de que la población no les tiene confianza. Ante esa situación, y para no exponer su nula convocatoria en las urnas, los extremistas resolvieron despotricar contra los comicios en general y el doctor Wilfredo Penco, jefe de la misión de observación de la OEA, en particular.

En la última encuesta de M&R hay un contundente mensaje a los proponentes de Nica Act, que por sí y ante sí dicen que es para “ayudar” al pueblo: el 82.3% consideró que “perjudica a la democracia”. Además, el 89.9 % de los consultados piensa que afectará a todos los nicaragüenses.

Es lamentable que doña Ileana Ros-Lehtinen confunda al país con sus cuatro fans nicaragüenses. Apenas el 6.9% está de acuerdo con estos ultraconservadores.

La OEA consideró en abril que “el citado proyecto de ley, en el contexto de la presente legislatura, no constituye un aporte constructivo a los trabajos que el Gobierno de Nicaragua y esta Secretaría General vienen realizando en materia de cooperación para el fortalecimiento democrático, electoral e institucional en el país, que tienen como referencia directa los principios y valores de la Carta Democrática Interamericana”.

A propósito, el 84.2 % respalda este Memorándum de Entendimiento, y casi el 80% confía en que será de mucho beneficio para la nación.

Se comprueba, una vez más, que la diatriba de la extrema minoría contra los sufragios y la Misión del organismo hemisférico no goza del efecto esperado entre la ciudadanía: solo el 5.5% se identifica con los hiperderechistas.

No es de un verdadero demócrata, sea en Managua o en Washington, atribuirle multitudes ficticias a micro fracciones carentes de significado real en la vida nacional.

Realidades son el pueblo de carne, hueso y verbo que hoy supera los 6 millones de habitantes; las formaciones políticas de calado nacional y no cualquier sigla de tinta y papel. Si no, pregúntenselo a los líderes del mapa político de Estados Unidos:

327 millones 348 mil 530 norteamericanos (2016), gobernados solo por dos partidos oficiales –Demócratas y Republicanos– que se alternan en la Casa Blanca, ininterrumpidamente, desde 1852. Y sin la “bendición” de alguna potencia extranjera.

No obstante, hay otras pequeñas agrupaciones políticas sin posibilidades de alcanzar el poder ni Freedom House –o embajada– que los apoye. Ese es el dato. Así fortalece su Democracia la República Federal Constitucional. Son sus asuntos internos. Debemos respetar.

Con partidos de bolsillo no se construye una Democracia. Visto está. Ni en Estados Unidos ni en Nicaragua.