La ciudad sangraba boca abajo, sacudida por las últimas ráfagas y bombardeos. Pero estaban ahí, y el pueblo los aclamaba, les gritaban a lo lejos, les llamaban héroes. Los combatientes, flacos y barbudos, entraban felices a la Plaza. Escuchaban las voces ahogadas de los niños que cargaban el fusil en pecho. La genocida Guardia Somocista se había rendido.

En el sueño está Edén, Comandante, vos que estuviste ahí, vos que ahora tenés el pelo plateado y el ceño fruncido, ¿qué tanto recordás de ese momento? Y a Edén se le desgajó la memoria, como un todo, como un desparpajo de fotografías que te sacuden la existencia. En la entrevista Edén le responde al periodista que jamás pensaron llegar ahí, que siempre pensaron que eran hombres muertos.

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Edén venía comandando el Frente Sur, y una mañana antes, el 19 de julio de 1979, habían estado todavía peleando en el Frente Sur Benjamín Zeledón, donde todavía quedaban algunos vestigios de la tropa élite somocista, llamada Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, la temible EEBI.

El Comandante Cero, portaba su habitual traje militar, apertrechado con granadas; y una arma inglesa, AR-180 556, con la cual podía ‘bajarse’ los aviones Push And Pull, enviados por el dictador Anastasio Somoza Debayle, para bombardear al pueblo; para perpetrar el genocidio.

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Los héroes nunca supieron cómo, con qué fuerzas. Era un día de alegría, un día de gloria y victoria. El pueblo estaba en Revolución. Edén, vos qué pensaste, qué sentiste. No lo sé, dice Edén, era como si todo fuera a volver a nacer. Porque muchas veces que estuvimos luchando en la montaña, no sabíamos qué desenlace íbamos a tener. Era imposible saberlo.

Habían entrado a Managua, y en el sector de “Las Piedrecitas”, se toparon con los demás hombres de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. El Comandante Daniel Ortega le dijo que se montara al Jeep, en el cual llegaron todos, a la Plaza de la Revolución. El pueblo estallaba de alegría. Gritaban ¡Patria Libre o Morir! Los guerrilleros entraron lentos, abrazados por una multitud compacta. Edén rememora aquella “tirazón” al aire libre. El Comandante Daniel y toda aquella gente, gritaban ¡Alto al Fuego! ¡Alto al Fuego!, porque la bala que sube, es bala que baja y es mortal.

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La plaza estaba llena de humo; y creían que eran pedazos de cielo. La gente de la emoción, vaciaban el magazine de sus fusiles; era peligrosísimo, hasta con nosotros mismos, recuerda el Comandante Cero. “Eran momentos de alegría, de victoria, de triunfo de un pueblo”.

Aquel 20 de julio, aquella plaza, aquella fiesta nacional. Eran momentos de ver a las mujeres buscando con ansiedad la mirada de sus novios, de sus esposos, sus amantes, sus amados; encuentro de madres y combatientes; las madres desesperadas buscando el rostro de sus hijos; los héroes cargaban a sus niños, y se los comían a besos.

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A estas alturas Edén Pastora tiene ochenta, y ahora en enero cumple ochenta y uno. “Ya soy un viejito, con aspecto de viejón”, expresa con una mediana sonrisa. El periodista, pregunta sí está satisfecho con todo. Cero asegura que saboreó la victoria y supo lo que era la victoria, al ver a todo este pueblo inmensamente alegre, porque al fin había derrotado una sucesión dinástica.

En la guerra de guerrilla, le llamaron “El Comandante Kodak”, porque la prensa internacional lo amaba. Icónico, Edén recuerda que el mismo Comandante Fidel Castro en 1978 le había regalado un ‘dragunov’, y los periodistas le pedían mostrarla “para sacarse fotos”. “Supe que te gusta tirar de largo”, le dijo el Comandante Fidel, y Edén sonrió. Con el fusil de largo alcance, le midió el pulso a la genocida Guardia Somocista, saliendo airoso en el Frente Sur.

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En un eco lejano, como el canto de un gallo al amanecer, la Radio Reloj anunció que la Guardia Somocista se había rendido. La voz era del veterano periodista Manuel Espinoza Enríquez, comunicando el fin de una dictadura, y por tanto el triunfo de todo un pueblo que se había sublevado.

Pueblo de Nicaragua, comunidad internacional, en estos momentos la Guardia Nacional acaba de rendirse”. El mensaje lo había redactado a golpe seco de máquina de escribir, pero le dijeron que mejor lo leyera rápido por la radio. Luego de aquel anuncio, las lágrimas cayeron sobre el escritorio. Fue un comunicado extenso, improvisado, de unos diez a quince minutos. Era el llanto de emoción.

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Sé que le dijiste a la gente que no saliera a las calles, porque algunos guardias todavía quedaban recelosos, y andaban armados. Es cierto, eso dije, enseguida llamé a mi esposa Olimpia Briceño, que estaba en Costa Rica. Le dije con alegría: -Viste, Olimpia, que acaba de rendirse la Guardia, y Olimpia le expresó feliz que lo acaba de escuchar por la radio.

Tiene sesenta años de carrera periodística, y aún cuenta las cosas como si hubiesen ocurrido ayer. Y sí, todavía se me eriza la piel, al recordar aquel veinte de julio en la Plaza, un inolvidable momento de gloria. Era el vocero de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional desde San José (Costa Rica).

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Había recibido una llamada, que se regresara a Managua, porque la Revolución había triunfado. Te dijeron que te montaras al avión ‘Quetzalcóatl’, en la terminal de San José, pero cuando llegaste el avión ya se había marchado. Tuviste que abordar un avión militar repleto de combatientes sandinistas, que regresaban a la capital.

Al arribar a la Patria del General Sandino, me decís que viste una fila de combatientes saludándolos. Y los llevaron al Hotel Camino Real, en Managua. Luego, fuiste enviado por la Dirección Nacional del Frente Sandinista, al Palacio Nacional.

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El Palacio estaba cerrado; tenía una gran cadena en la puerta principal, la cual rompimos con una barra. Me metí al Palacio, y me topé con el Comandante Tomás Borge Martínez. “Estaba solito con su propia soledad”, a orillas de una columna en el Primer Piso del Palacio Nacional. El comandante lloraba.

El periodista te preguntó, qué más pasó en ese momento. Lo vi llorar, dijiste. Enseguida vi que se le acercó una mujer. Le informó que era la mamá de Jhonny Bosch, un estudiante nicaragüense que estaba en Alemania, y se había venido a Managua para integrarse a las columnas guerrilleras, y el régimen somocista lo mató en el barrio San Judas.

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Vi a Tomás limpiarse las lágrimas. Lloraba de emoción. Afuera la gente gritaba de alegría, celebraba el triunfo. Tomás miró a la señora que lo esperaba, y le dijo que Bosch estaba ahí afuera, en aquella plaza. -Jhonnny Bosch está vivo! Vive en el grito de ese pueblo. Recuerdo a muchos de los que participaron en la lucha revolucionaria, creían que no iba a llegar ese día; creían que ellos iban a morir en el camino. Que eran otros los que iban a llegar a ese momento.

El pueblo se desbordó en la plaza. Las columnas guerrilleras venían del Norte, Occidente y Oriente. Pero a vos te marcó cuando venías en la Carretera Norte, y viste los jeeps, las Unidades Antiterroristas de la Guardia Nacional, volteados, boca abajo en la carretera, humeando. Los cascos tirados, los uniformes tirados. No había un solo Guardia en las calles. La carretera estaba desolada.

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Era la libertad plena, y estaba ahí frente a tus ojos. Porque apenas unas semanas antes, era impensado aquel escenario; circular por las calles y no ver guardias armados, era simplemente un sueño. Jamás pensaste que lograrías ver eso.

En la entrevista que te hice, también pensaste en aquel momento que te marcó hasta hoy. Aquel amigo tuyo, que te gritaba en la plaza: -Manuel, Manuel. Salí invicto, salí invicto, Manuel!, te gritaba, porque no se aguantaba la emoción que sus tres hijos habían salido vivos de la cruenta batalla.

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Vos estabas en la plaza ese veinte de julio, y te preguntaste de dónde habían salido tantas banderas rojinegras. El pueblo las alzaba y las agitaba, mientras un grupo de artistas hacían latir el corazón de sus guitarras, y enarbolaban las voces de triunfo.

Muchas de aquellas banderas, durante la lucha, habían permanecido bajo los colchones, en las madrigueras, en lugares clandestinos insospechados, fuera del alcance de la Guardia Somocista, porque si las encontraban “eras hombre muerto”; pero en aquel sueño, todas las banderas eran alzadas en un solo puño de victoria.

 

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