Hay quienes quisieran que Adolfo Díaz Recinos gobernara el país y que el 17 de marzo hubiera quedado instalado en mármol con la extraña gloria de un prócer importado: el que comandó “las elecciones más transparentes” de la humanidad. En esa fecha del año 1928, el máximo presidente entreguista de Nicaragua “autorizó” el nombramiento del titular del Consejo Nacional de Elecciones, CNE.

El brigadier general de la Armada de los Estados Unidos, Frank Ross McCoy, asumió los poderes para enseñarles a los nicaragüenses cómo se prepara, organiza y se ejecuta una justa electoral. Con esa magistral lección de “democracia” todo quedó dicho, para las dichas de unos cuantos y las desdichas colectivas que se multiplicarían el resto del siglo. Así, el general José María Moncada obtuvo la Presidencia, también “autorizada”, por Henry Stimson.

Algunos añoran esos tiempones, y lo martillan sin ningún rubor con ínfulas de célebres demócratas de toda la vida, porque quisieran un tribunal y observación electorales de ese calibre. Pero este tipo de elecciones ni siquiera fueron supervigiladas, sino introducidas de contrabando al país –qué Constitución seria permitiría semejante demolición de la soberanía nacional–. No faltó ningún detalle, porque traía hasta el nombre del recomendado por el presidente Calvin Coolidge.

Tales atrocidades son propias de territorios compuestos por tribus primitivas, sin concepto de Estado Nación y con una identidad en estado larval. Salvo los que se consideren eminencias del paleolítico, no es el caso de Nicaragua.

El cardenal Leopoldo Brenes lo ha dicho con claridad. Al exponer su criterio sobre la observación electoral al partido impreso, sostuvo: “Para mí hay mucha gente capacitada en Nicaragua y uno de los grandes observadores es el mismo votante. ¿Por qué? ¿Cuánta gente va venir de la OEA o de otros organismos? No van a cubrir toditas las juntas receptoras de voto, pero sí habrá muchísima gente que va y que puede estar echando el ojo. Para mí el principal observador somos nosotros, los mismos nicaragüenses”.

Las sensatas palabras del purpurado fueron un témpano para los termocéfalos que no tardaron mucho en reaccionar ante semejante lección de sentido común.

Las razones del también Presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, es que apremia la construcción de ciudadanía y por lo tanto, no se deben desaprovechar las jornadas electorales y los contenidos cotidianos de la democracia viva, no de papel, para elevar nuestra educación cívica.

Ya cumplimos 179 años como Estado al separarnos de la Federación Centroamericana y estamos por conmemorar el 195 aniversario de la Independencia. Y, ¿qué es la Independencia: que otros nos digan cómo se hace una República? Será la de otros, pero no la de nosotros.

El 30 de abril de 1838, bajo la Jefatura de Estado de José Núñez, se dio lectura a una de esas declaraciones que de tan solemnes que son, siempre le quedan debiendo algo a la vida: Nicaragua es un país “libre, independiente y soberano” de “todo otro poder”. Alguna vez en la Historia había que saldar esa vieja deuda que Rubén Darío demandó pagarla como Dios manda, con toda la potencia del arte:

“Si pequeña es la patria/ uno grande la sueña / Mis ilusiones, y mis deseos, y mis/ esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña. / Y León es hoy a mí como Roma o París”.

Aprender a ser nosotros mismos, y valorarnos como nación, cuesta. De hecho, no es para cualquiera entender que “no hay patria pequeña”. El Cardenal habla, por ejemplo, de gente capaz. Ya el profeta de Metapa lo aseguró: “Nuestra tierra está hecha de vigor y de gloria”, no de incompetentes.

Sin embargo, la búsqueda de tutelajes extranjeros, injerencismos, filibusterismos… es una vetusta pero rentable industria para oscuros círculos desde los calendarios de penumbra de Máximo Jerez.

Un vistazo nos permite saber que el país ya no es una historieta redactada en cualquier parte. Aquí se escribe la Historia de una República, con un sistema abierto como corresponde, una economía de oportunidades, una alianza público-privada, un fluido diálogo con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, muy distinto al monólogo tradicional de hace una década; cuenta con elecciones libres, y un Estado con sus cuatro puntos cardinales de énfasis social, inclusivo y productivo.

Además, quien quiere dice y difunde desde lo que piensa hasta asumir las más alucinadas poses de ser representantes del pueblo de Nicaragua, aunque tan solo sean dueños de precarias fracciones políticas sin profundidad de campo.

Pero veamos a qué le llaman pueblo. Si el presidente Daniel Ortega goza de un respaldo soberano –en el sentido constitucional del término– de 80.4%, el observador debe comprender que estamos ante una vasta sociedad que siente su voluntad expresada en los comicios y en las labores de relojería del poder social.

Si a estas preferencias agregamos que el FSLN se agencia el 62.7%, de ser hoy las elecciones, debemos contar con este elocuente dato a la hora de hablar de Democracia en Nicaragua.

La encuesta de Siglo Nuevo de la última semana de mayo, a pesar del mes, no auguró una lluvia de votos que inundaran a los partidos de oposición. El segundo lugar es del Partido Liberal Constitucionalista, con el 5.6%; el Liberal Independiente, obtiene el 1.0%.

El recién formado Ciudadanos por la Libertad, CXL, se inaugura en las encuestas con el 0.8%.

El panorama de la hiperderecha que decidió no ir a los comicios en espera de un McCoy a la cabeza del CSE, es más triste todavía. Fue tan eficiente la campaña del No Voto que el FAD (Frente Amplio Democrático) cosecha exitosamente lo que sembró: 0.4% del electorado.

22 años después de su fundación, el MRS luce bien posesionado en el olvido. Su autoproclamado “sandinismo puro” ha calado mucho en su amplísima “base histórica”: 0.2%.

Las elecciones municipales contarán con la observación electoral de la Organización de Estados Americanos, OEA. No se trata de cualquier oenegé alterada en su composición “genética” o de una “organización cívica”, madurada al carburo para ver qué agarra “vigilando” el proceso. Por eso, valen las palabras del purpurado respecto a la activa participación ciudadana en los comicios.

Sin embargo, ahora que ya está en marcha el Acuerdo entre la República y el organismo hemisférico, resulta que la derecha conservadora en sus diversos formatos no “confía”.

Es que el perdedor siempre se valdrá de la más mínima excusa para denigrar a los demás de su fracaso, por envidia, rencor u odio…

Lo cierto es que con amargura de espíritu ninguna persona puede conducir bien su propio destino en este mundo, menos que sea idóneo para dirigir la vida de más de seis millones de nicaragüenses. Eso sería el desastre para Nicaragua. No en vano el electorado le otorga al par de siglas apocalípticas juntas, el 0.6% de votos.

La cultura cívica no incluye el Harakiri.