El padre Miguel D’Escoto Brockman se entregó con alma, corazón y temple a la defensa de la dignidad, la soberanía, la justicia social, la paz mundial y los derechos del pueblo en todas las etapas de la lucha de liberación y en defensa de la revolución, a la que abrazó con verdadera vocación cristiana.

D’escoto se ordenó sacerdote de la Orden Mariknoll en la década de los sesenta y en 1970 se sumó al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), organización revolucionaria que llenaba las aspiraciones de los nicaragüenses, sometidos por una de las peores dictadura de América Latina.

 “Mi conciencia me dijo que tenía que apoyar a mi pueblo en una lucha por la paz verdadera”, dijo hace algunos años el veterano sacerdote durante una entrevista. En esa ocasión refirió que se había unido al FSLN porque consideraba que tenía que estar al lado de los que  luchan por un mundo diferente, y con justicia.

El padre D’escoto tuvo una estrecha vinculación con el pueblo desde las comunidades cristianas de barrios combativos de Managua, como la Colonia Nicarao, en los que deja un gran vacío y enseñanzas cristianas, y un recuerdo imborrable de su paso por esta vida.

Fue uno de los fundadores del famoso Grupo de los 12 integrado por intelectuales, personalidades, religiosos, empresarios y personajes interesados en el progreso, la democracia y la paz social.

Al triunfo de la Revolución Popular Sandinista fue el Canciller que llevó el mensaje de paz del FSLN a todos los foros internacionales y la denuncia de nuestro pueblo ante la creciente agresión de los sectores más reaccionarios de Estados Unidos.

Durante el bloqueo norteamericano a nuestro pueblo y la guerra de agresión contra el país de parte de Estados Unidos, el Canciller D’escoto defendió los intereses de Nicaragua, a pesar del furibundo ataque de los sectores más reaccionarios. Fue ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua durante 10 años y siempre mantuvo una posición firme frente a los intereses imperialistas.

Como Canciller puso su grano de arena en los procesos de Paz de Contadora y Esquipulas, que cerraron el capítulo de los conflictos armados en Centroamérica.

 En las biografías de diferentes organismos se coincide en calificarlo como “veterano estadista, político, dirigente comunitario y sacerdote” comprometido con la justicia social y la paz.

En 2008 fue electo presidente del Sexagésimo Tercer Período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, un reconocimiento unánime a su gran trayectoria diplomática.

 Al frente de ese cargo hizo una firme defensa de la vida, del Medio Ambiente, y proclamó una nueva propuesta para revitalizar y refundar a ese foro mundial, dominado por las grandes potencias, que propician la guerra contra los pueblos del planeta.

 Voz firme, mesurada, documentada, con una visión cristiana de gran alcance, sus posiciones como diplomático, religioso, y como persona las defendió inclaudicablemente con su buen humor y una eterna sonrisa a la mano