El Padre Gabriel Rodríguez Celis es un hombre lleno de vida. Quienes lo conocen coinciden que basta pocos minutos de plática para identificar que su principales virtudes son la comunicación, la alegría y el amor por los más desprotegidos.

Cuando le preguntan su edad responde con mucha picardía que tiene 180 años, ya que suma los 50 años de sacerdocio, más los 75 de su vida natal y otros 60 cumplidos cuando optó por la vida en Cristo.

Lo cierto es que el Padre Gabriel se declara un hombre que abraza las causas sociales, amante de la palabra de Dios y enamorado completamente de Nicaragua, de su gente y particularmente de su querido barrio Altagracia, lugar donde vivió durante 23 años, dejando una estela de amor y de unidad familiar.

Nacido un 27 de marzo de 1942 en El Salvador en un pueblo llamado Ahuachapán. El padre Gabriel ingresó al seminario a los 12 años. A los 15 viajó a México a cursar su noviciado y un 2 de abril de 1967 fue ordenado sacerdote en Roma.

Un año después de ser ordenado sacerdote, el Padre Gabriel regresa a su patria para dirigir una parroquia de su pueblo natal, siendo en 1974 que se le encomienda la misión de irse a Nicaragua como parte de los Misioneros de San José.

“Me vine con mucha alegría a aprender la alegría y el coraje de los nicaragüenses, vine aprender de sus luchas, de sus esperanzas y sus compromisos. Vine a acompañar a la juventud progresista del barrio Altagracia, formamos coros y cantábamos la música campesina”, cuenta.

Este hombre de Dios es un comunicador nato, y siempre promovió los proyectos de comunicación y educación popular, fundando el semanario El Tayacán y luego el proyecto de Radio La Chavala que se escucha en la frecuencia 95.3 FM.

Sus 50 años de vida sacerdotal, los resume en momentos de mucha alegría, de compromiso con las familias y sobre todo de una lucha permanente por la justicia social en el mundo, en la que los más pobres puedan acceder a todos sus derechos, a la salud, a la educación y al deporte.

Siempre he sido una persona identificada con los medios de comunicación, con el progreso en el mundo. Eso he enseñado a todos los que han sido mis alumnos a los largo de estos 50 años”, asegura.

Con Nicaragua le unen 23 años de trabajo con la juventud, como educador y como director del colegio José María Vilaseca, entidad donde pudo enseñar los valores de solidaridad, humanismo y de amor a Jesucristo.

El Padre Gabriel se preocupó de que sus estudiantes siempre reflejaran alegría, que amaran a Dios y al prójimo; que siempre tuvieran un compromiso de desarrollo con la sociedad “para poder cambiar el mundo y luchar para que haya justicia y santidad en la humanidad”.

Sintió el cariño que la comunidad de Altagracia le profesa, por las enseñanzas que les dio a todos en el barrio.

Árboles de la vida, un símbolo de la alegría

“Hoy he sentido ese cariño, ese amor, me he sentido querido, pero sobre todo he sentido que he podido dar amor, cariño y enseñanza. He tenido un encuentro mutuo. Me identifiqué con Nicaragua y siento que los nicaragüenses se identificaron conmigo”, señaló.

A pesar que en 1997 regresó a su patria y nunca se ha desvinculado con Nicaragua, país que asegura va por un buen camino, que ha logrando mayor desarrollo en los últimos años, lo que brinda alegría al pueblo.

“Yo creo que una buena señal de la alegría de este pueblo lo son los Árboles de la Vida que están dispersos por toda la ciudad, y que hacen a esta ciudad, una ciudad única en el mundo, porque en otro lado se ven cosas bonitas en los grandes residenciales, en los grandes almacenes, pero aquí una ve ese derroche de alegría, de color en toda la ciudad y esto es muy notable. Yo lo alabó y lo bendigo”, citó.

El Padre Gabriel ama tanto a Nicaragua que en 1992 adquirió la ciudadanía nicaragüense “por tanto soy nica, no por nacimiento, pero sí por amor”.