Hoy nadie puede calcular los efectos de esta decisión. Ni siquiera los mismos triunfadores al otro lado de la costa. Se especula de demandas adicionales; se fantasea por encima de una realidad inexorable. Santos mismo, a sabiendas de la inocuidad de su aseveración, rechazó el veredicto. El veredicto de La Haya es  inapelable y negarlo es una simple balandronada. Esto quiere decir que en un país como Colombia, que se sometió a una jurisdicción internacional, no puede ahora decir que no la reconoce.

No falta ser colombiano o ser nicaragüense –si es que en el fondo hay diferencias- para negar este fallo. Colombia tiene que recapitular la prehistoria de este desastre. Tiene que llamar a los responsables de una sentencia que implica a su presidente, expresidentes, ministros y ex ministros, abogados consultores y todos quienes cobraron altos dividendos para que ahora quedemos con los pantalones abajo. No fue una fatalidad, como rayo en día despejado, lo que cayó de la Corte Internacional. Fue una consecuencia de un desastre labradamente construido. La soberbia de este lado del Atlántico jugó en contra de la nación colombiana.

“Día de la Patria”, calificó Daniel Ortega, a esta madrugada. Los medios de comunicación de Colombia, como en una dictadura macondiana, cerraron los canales televisivos.  No supimos qué significaba esa aurora de la patria sandinista. Suponemos, al otro lado, una fiesta. La fiesta del David que golpeó en la cabeza al Goliat, no con una piedra sino con unas líneas jurisdiccionales.

Los leguleyos, salidos de la manga del general Santander, ahora se desgarran las vestiduras. Esto es un revés de la cancillería, de las centenarias facultades de derecho –que no saben nada de nada-  y de la escuela de diplomacia que hoy hicieron el ridículo.  Dos siglos de farsa leguleya, se vinieron, en pocas páginas, a pique.

Nicaragua puede dormir tranquila. El archipiélago reclamado, en su núcleo, es de la república santanderista. Ahora hay que definir, con finura, los detalles. Los detalles incluyen esos inmensos espacios marítimos y un tratado de navegación y pesca. Los conflictos venideros son obra de las clausulas firmadas en adelante.

Colombia, en efecto, ganó. Ganar es perder en sobradez. Colombia entró sobrada  y salió con la cola entre las patas. De principio a fin, este juicio estaba perdido. Es decir, medio ganado y medio perdido. Pero como Colombia se creía el tigre cargado, resultó el conejo en la madriguera. Perdió, en efecto, muchísimo, así se crea recubrirlo con retórica. Ganó si se estima que recapacitar en la perdida es algo.

Como Colombiano no me alegro ni me entristezco del fallo. Veo atónito el resultado de mil desatinos a favor de la república hermana de Nicaragua. Nicaragua es hoy la patria de Sandino. La patria grande de Bolívar, Martí, Sandino, Allende. Nos dolemos, claro, de esas decisiones de un nacionalismo que lastima un sentido de grandeza continental. Nicaragua no es Colombia ni Colombia es Nicaragua.

Hoy todos los nicaragüenses pueden celebrar este fallo de La Haya. Celebro con ellos. Desde un rincón de mi patria colombiana, sin dejar un ápice de ser colombiano, quisiera estar en el bailoteo. Esto es solo para llamar a la unidad de los pueblos, a los pueblos latinoamericanos que, por encima de las fronteras –en el toma y dame de esto es mío y esto es tuyo-, hay la misma raíz de esperanza. Hay un latinoamericano donde hay una semilla de justicia.

He visto solo un colombiano compungido en Medellín con la sentencia, porque esa sentencia tiene la calidad de una guillotina. Le dije: “Los responsables son muchos”. Acostumbrado a revirar con furor, bajó la cabeza. Respeté su veredicto. El veredicto de La Haya es el veredicto de La Haya. Acátemelo.

Espero viajar este próximo principio de año a San Andrés, por primera vez. Quisiera ver isleños de lado y lado.

Quisiera también viajar, con mi esposa e hija a Nicaragua, la pequeña-grande patria de Rubén Darío, en una odisea de ida y vuelta

* Profesor colombiano Universidad de Antioquia, Medellín.