I

La derecha conservadora impone a su domesticado periodismo “independiente” no solo su funesto portafolio de costumbres seculares que es un altar al tercermundismo, sino sus artículos de fe sobre la democracia latinoamericana: si ella gana, “es la decisión del pueblo”, “la sociedad está unida”. Si pierde, “árbitro electoral obedeció al Ejecutivo”, “software alteró resultados”, “nación dividida”.

De esa malhadada agenda, la derecha también fabrica a “buenos” (ellos) y “malos”, (los otros). La prensa “libre” acepta cualquier disparate que provenga de esta malvada manera de clasificar una sociedad o países.

Además, dicta a la servidumbre mediática sus deplorables coordenadas que están en la esquina opuesta del periodismo clásico: encargarse de la atrocidad de dejar sin efecto la verdad, distorsionar lo acaecido y engañar a la audiencia con la narrativa de quienes se juzgan los dueños, jerarcas, eminencias, profetas, gurúes y semidioses de una nación.

El mismo Mario Vargas Llosa reconoció hace poco que la prensa de hoy nada tiene que ver con los hechos: “Leer varios periódicos es la única manera de saber lo poco serias que suelen ser las informaciones, condicionadas como están por la ideología, las fobias y prejuicios de los propietarios de los medios y de los periodistas y corresponsales”.

Si en Ecuador ganó Lenin Moreno, el foco de la información no es que la propuesta progresista fue más sufragada, sino que: “Por segunda noche consecutiva, los partidarios del candidato opositor Guillermo Lasso se congregaron frente a la super custodiada sede del Consejo Nacional Electoral (…) para reclamar (…) un nuevo conteo de votos, ante lo que consideran un fraude…”.

Así, con el vetusto machote de las guerras más sucias del mundo, estos medios redactan sus “noticias” de tal manera que portadas, titulares, “análisis”, entrevistas, encabezados, caricaturas, editoriales, estén consagrados a manchar una victoria electoral transparente, o la honra personal, y extender su sistematizada campaña de deslegitimación hemisférica contra la Izquierda.

Lo extraño es que si el señor Lasso hubiera derrotado a Moreno con los mismos números de diferencia, “el pueblo, unido y sin fisuras, votó contra la Revolución Ciudadana”. “Ecuador castigó a la Administración Correa. “Ganó la democracia”. Lo demás no existe: es perseguible de oficio.

La humanidad que no pertenece al estrecho círculo de los que “nacieron y fueron educados” para mandar, sabe que todo lo que haga estará bajo el predecible microscopio de cierta prensa que vendió ya hace mucho su primogenitura, mientras observa con sus viejos, virecos y empañados catalejos, y muy de lejos, las arbitrariedades de la derecha.

Para infectar a la opinión mundial, la elite utiliza la técnica del monólogo del ping-pong, partiendo de una premisa infame: que si un candidato o gobernante es de un signo distinto, la “democracia” corre peligro. Y por “democracia” entienden su hegemonía vernácula.

Una de sus principales raquetas para rebotar falacias con etiquetas venenosas son los organismos que cobijados con banderas limpias fueron creados para ensuciar movimientos sociales, partidos progresistas y países enteros. Estos publican sus desinformes que los adictos a la mentira amplifican para que las celebrities de la derecha macartista –nutrida por la ultraizquierda “arrepentida”– o algún gobierno, se encarguen de llevar la infamia hasta la alfombra roja: que dicha sociedad “está en crisis”, “amenaza la estabilidad de la región”, “urge un diálogo…”.

II

Por lo general se acusa a la Izquierda de no dejar el poder, pero no se habla del mortífero daño a la democracia que causa la obsesión de la derecha premoderna por no soltar el tablero de mando.

Presentarse como la encarnación de la “democracia” y, con su prensa de mampuesta, bombardear al público de que sin ellos el país se derrumba, más que exhibir una pretensión mesiánica, es demostrar en toda su crudeza su concepción tribal del poder.

Si han mantenido el férreo control de un país durante casi dos siglos, con vaivenes y matices –productos de la voracidad intra-elitaria para ascender la cumbre de los privilegios del virreinato periférico–, no es precisamente por ser apóstoles de la ética política.

Uno de los factores básicos del subdesarrollo es que el poder es el bastión de las últimas estirpes de la colonia: sus herederos y continuadores son los arquitectos de la miseria en América Latina.

Ningún socialismo plagó de desdichas el subhemisferio; ninguna izquierda sembró de desgracias a la América hispana. Generaciones completas, con sus millones de vidas, fueron condenadas al infortunio perpetuo por la codicia organizada que las élites llaman “democracia”.

Aunque en su cínico discurso la derecha decimonónica enfatice que “adora” la tolerancia, “venera” el libre pensamiento y “rinde culto” al Estado de Derecho, lo cierto es que sus “paladines” no cometen la “herejía” de practicar la alternabilidad del poder: es su Santo Grial. Con eso no se juega.

Si llega a ganar un candidato sin pedigrí ni membresía del exclusivo Country Club étnico-ideológico, nunca lo aceptarán. El “blasfemo” no cumple con los estándares de la “democracia”.

¿Acaso no hay una “Cruzada” contra los “infieles” en Latinoamérica?

III

La Izquierda y modelos alternativos, quiérase o no, han democratizado el poder.

Y unos más que otros, han aprendido en no incurrir en la arrogancia medieval de los que se sienten poseedores de la verdad absoluta. Que el éxito de un Buen Gobierno no está en el poder por el poder, sino en magnificar el bien común.

He ahí el enorme desafío de superar la mediocre democracia que descartó a las inmensas mayorías. Un paso indispensable es desmontar la lástima hacia los desposeídos que la derecha aldeana elevó a política de Estado, y reivindicar la dignidad humana de los damnificados del sistema. Que los hijos de los pobres dejen de serlo a través de la alta tecnología. ¡Al toro por los cuernos!

El punto es abrir las oportunidades, respaldar a los productores en lo que muy bien saben hacer, y al aparato productivo asegurarle su trípode áureo: inversión, innovación y calidad.

Toda la cauda de atraso, dependencia, exclusión social, económica y política; repúblicas de papel, ficciones jurídicas importadas, migajas de caridad que tratan de calmar el remordimiento de la conciencia individual pero que no absuelven de sus pecados estructurales a un Estado, es la única (per)versión de “democracia” que pudo dar la derecha decadente.

La Izquierda tiene el gran deber de que la democracia sea una bendita realidad, distinta al ruin arquetipo conservador, y superior a cualquier superstición ideológica que empeore las cosas. A lo que no tiene derecho es reciclar los males del siglo XX.