El Tetra Invencible y una derrota (*) prefabricada

Monday 20 de March 2017 | Edwin Sánchez
El Tetra Invencible y una derrota (*) prefabricada

Los retadores no pueden con Román González. Largo es el camino donde han quedado sus rivales tendidos o vencidos bajo ninguna sospecha. Victorias limpias. Triunfos contundentes. Sin necesidad de armar explicaciones ante lo injustificable. Nunca le regalaron un solo round. Al no poder derrotarlo en la vida real, debieron hacerlo bajo la mesa. Él nunca perdió frente a la peligrosa cabeza de Srisaket Sor Rungvisai.

Al margen de las inclinaciones debidas, todos los que conocen de boxeo, desde Nueva York a Buenos Aires, pasando por Managua, Tokio y Bangkok, estaban convencidos de que Román sí había retenido el cinturón Supermosca en el Madison Square Garden. Y los que no son expertos, también consideraron que el monarca de las 115 libras demostró que es un clásico viviente. Que sigue siendo el mejor del planeta libra por libra, menos para los que lo despojaron con sus arbitrarias tarjetas y para aquellos que por otras razones, coinciden con los que avalaron el robo descarado.

Solo en los registros que detallaron las máquinas se aprecia la superioridad del nicaragüense: ESPN Datos radiografió la tunda del “Chocolatito” al conectar “372 golpes de poder”, algo inédito en la historia del casillero Supermosca.

Pero el mal construye sus zarrapastrosos éxitos a punta de golpes bajos. Así se fabricó la primera derrota del enorme invicto latinoamericano: tres mortíferos cabezazos que mermaron sus facultades, la sangre que nubló su ojo derecho durante casi toda la trayectoria del combate; la falta de llamada de atención seria del réferi ante el amplio catálogo de mañas del contrincante, la retirada bochornosa del mismo –con tal de huir del nocaut– que no es propio ni digno de un futuro “campeón”, y la desafortunada actuación de los jueces.

Román le ha dado mucho al boxeo rentado, a pesar de estar en el escenario de las jerarquías menores. Profesional, entregado apasionadamente a su carrera, este insigne artista del ring es un formidable activo de un deporte al que él ha contribuido a desacelerar su decadencia. Pero bien se ve que estos esfuerzos no son recíprocos.

Los expertos saben que un retador debe convencer por qué merece una corona. Tiene que entregar más de sí sobre el cuadrilátero. Como dicen los narradores, poner la carne en el asador. Público, cronistas, jueces, promotores, organizadores, presidentes de los organismos que rigen el espectáculo de los puños, todos saben que el máximo desempeño corresponde al aspirante, nunca al campeón, que sabrá hacer lo suyo.

Por reinar en una división, el pugilista cuenta con ese privilegio que debería apuntarse en las tarjetas de entrada: el campeón ya demostró porqué está en la cima. Quien sueña en liderar la lista de clasificados debe ir en busca del dueño del cinturón, presentar sus credenciales, su técnica, sus agallas, no sus cabezazos y cuantas trampas se le ocurran.

Pero he aquí, el boxeo rentado vuelve a demostrar por enésima vez que antes que un deporte, es un negocio. Que no basta con ser excelso en el tinglado. Un superdotado. Incluso, la escultura que le faltó esculpir a los griegos. Otros intereses golpean con la precisión del cálculo. El show debe continuar, y ¿acostumbrarse? que la ganancia está alrededor de los encordados, sin importar lo que adentro ocurra.

Como será que el narrador Juan Larena, quien siempre vio ganador al “Chocolatito”, dijo que el asiático “ha cometido las infracciones que están penadas en el reglamento y las que no están”.

Tira piedras

Del tailandés, el identikit que hizo el enviado de Space es que era un “tira piedras”. El comentarista Víctor Silva alabó la magistral actuación del campeón, a pesar de tener todo en contra, con las “accidentales” heridas en la ceja y la cabeza. Ambos coincidieron que Román era boxeador; Sor Rungvisai, solo un peleador.

Fue este un encuentro entre el arte y la mala artesanía, entre la elegancia y lo chabacano, entre el atleta limpio y el sujeto sucio, entre el caballero y lo que sea, entre el que ha trabajado por la pulcritud del pugilismo y los que se prestan a su sempiterna indecencia.

Algunos han reconocido la atroz decisión de los jueces, y para dar ese tipo de consuelo que no consuelan a nadie, ya le dicen al “Chocolatito” que lo mismo le pasó a Alexis Argüello, a Muhammad Alí, a Carlos Monzón y otras leyendas, y que luego se levantaron para continuar sus carreras. Sin embargo, todos estos paradigmáticos gladiadores perdieron, perdiendo, y no por fallos desastrosos. Y he aquí Román “perdió” ganando.

Al Tetra Invencible que nadie paró en la lona, de alguna manera había que frenarlo y opacar una perfección de carne y hueso que ya era insoportable en un ambiente donde al perecer prefieren ídolos de barros.

Román, aun así, víctima de la injusticia, da cátedra de excelencia boxística a los pesos pesados y medianos, algo que en toda la historia del box universal jamás había ocurrido. Había que terminar este reinado absoluto de la calidad.

“Este es el boxeo”, acomodan sus autoridades. No, así no debe ser el boxeo.

Como escribió Manny Pacquiao del gran nicaragüense, “Él volverá incluso mejor”. A su “fracaso”, si los que llevan los registros del mundo de Fistiana son sinceros, deben poner en los anales, memorias, crónicas, revistas, periódicos, canales, estelas y obeliscos, un solo asterisco (*): Derrotado por los jueces.

Así sea escrito.

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