Así terminaba un drama que mantuvo en vilo a todo el país y que se prolongó por unas 15 horas, luego de que a eso de las 3 y media de la mañana Blanca y su esposo, Manuel Aguilar, fueron sorprendidos por  un fuerte ruido acompañado por un brusco movimiento sísmico. Segundos después la tierra se abrió tragándose consigo todo, excepto a Manuel, quien había salido al patio a indagar qué pasaba.

Este hombre, moreno, de 33 años, de hablar pausado y tranquilo, humilde y profundamente cristiano, tiene grabado en su mente el grito de la mujer con quien compartió su vida durante 9 años. Fue un grito de terror que se prolonga en su mente, aún y cuando los tranquilizantes que le han administrado los médicos parecen hacer su trabajo a la perfección.

Pero este no es el hombre que horas antes perdió su casa, su esposa y a un hijo que aún no nacía. El hombre de 15 horas atrás es un hombre sucio, semidesnudo, rasguñado, que llora a mares algo que no comprende.

Su llanto en la oscuridad de la madrugada de ese 6 de noviembre, es lo que despertó a la gente del poblado de Santa Pancha, en Mina El Limón, Malpaisillo. El drama de ese hombre se convertía a partir de ese momento en el drama de todo un pueblo y en el de todo un país.

Empieza la búsqueda

Equipos de rescate y salvamento de la empresa B2Gold, de la Defensa Civil del Ejército de Nicaragua, del Cuerpo de Bomberos y de la Cruz Roja Nicaragüense, van llegando gradualmente al lugar, donde aún quedan algunos vestigios de lo que fue una casa, pero que con el transcurrir de las horas serían borrados de la vista al ser absorbidos de una vez por todas por la tierra.

Enormes maquitas retroexcavadoras, auxiliadas por los no menos descomunales camiones de carga empieza a remover la tierra, mientras todo el pueblo clama por uno de los suyos.

Hay quienes creen que la búsqueda será corta, sin embargo, los mineros experimentados saben que será larga y dolorosa. Ellos como viejos topos saben que la tierra también puede ser traicionera.

La gente sabe que esta si bien es la primera vez que la tierra se traga a uno de los suyos, no será la última. Mientras las máquinas retroexcavadoras trabajan con toda su potencia, la conciencia del peligro se apodera de quienes a partir de ahora no podrán dormir sin el miedo a ser tragados por la tierra que los vio nacer.

La espera parecía prolongarse


Acostumbrados a los temblores producto de la actividad minera que rasguña las profundidades en procura de oro, todos buscan una explicación, todos tienen una historia que contar, todos ven en Blanca a alguien que los representa. Ellos saben que fue Blanca, pero también pudo ser cualquiera de ellos.

Viejas galerías construidas décadas atrás y otras de reciente data, como un enorme e indescifrable laberinto, surcan el interior de la tierra precisamente por debajo de los mismos cimientos del pueblo.

Ni el hambre del medio día, ni ese sol implacable de la región occidental de Nicaragua, han hecho que la gente se despegue un solo momento de los alrededores de donde fue el hogar de Blanca y Manuel. Quieren que las maquinas trabajen más a prisa. Se hacen las 4 y las 5 de la tarde, y enormes reflectores anuncian que la espera será más larga. Las seis de la tarde y ya muchos empiezan a especular que quizá la búsqueda se prolongue hasta el día siguiente. Pero nadie se mueve. Un espíritu solidario, lleno de amor y hermandad, mantiene los pies clavados en la superficie y la vista ágil observando cada vez que los brazos de las maquinas rebuscan entre la tierra.

Un grito de asombro, unísono, fuerte, prolongado, despierta a todos de su letargo. Los pocos que se habían replegado en procura de descanso, corren, se atropellan y allí como diciendo “aquí estoy” aparece Blanca, acunando en sus entrañas al hijo de Manuel, aquel minero hijo de un minero, que debía enseñar también a su hijo el duro trabajo de robarle a la tierra sus riquezas.

Gruesas lágrimas y llantos desgarradores rompen el silencio. La búsqueda había concluido. Los casi 40 minutos que el tiempo absorbió desde que se descubrió el cuerpo y el momento en que este fue sacado de la profundidad de la tierra, pasaron  sin sentirse. En ese instante todos en Santa Pancha comprendieron que estaban de luto.

Todos corremos peligro en Santa Pancha


En el hospitalito de la empresa minera B2Gold, distante unos cuantos kilómetros de Santa Pancha, Manuel solo se repite a sí mismo: “perdí mi esposa, perdí a mi hijo y perdí mi casa”. Sus familiares que le asisten no le dicen nada, no tratan de calmarlo, porque aparentemente –y solo en apariencia- lo está. Lleva toda la mañana, toda la tarde y lo que va de la noche repitiendo lo mismo.

“Me acosté tranquilo. Hoy me desperté mal. Mi familia está mal, la familia de ella está mal. Casi me muero”, y tampoco nadie le dice, porque todos saben que es cierto.

Su tragedia parece una marca para toda Santa Pancha. Ya nadie quiere vivir allí, todos quieren irse y se irán, porque la tierra en su laberinto de túneles ha sentenciado que así será.

“Ahora si deberían de sacar al pueblo entero, porque así como se fue mi casa se pueden ir familias enteras. Aquí en Santa Pancha está socavado por todos lados. Los mineros viejos, lo que es mi papá, lo que es mi suegro, lo saben muy bien”, se repite el esposo de Blanca.

Y el éxodo llegará. Y quizá ya empezó el mismo día de esta tragedia cuando la Defensa Civil evacuó a 6 familias vecinas de Manuel hacia un lugar más seguro. Y luego les tocará a otras 43 familias más, las que se sabe que viven sobre la arteria principal de acceso a la explotación minera.

“Es necesario que las autoridades competentes tomen cartas en el asunto, de manera directa, ya a la inmediato, para evitar otro suceso como este. No queremos más pérdidas de vidas en nuestra comunidad”, asegura Domingo Martínez, un minero experimentado y conocedor del mundo subterráneo que tiene bajo sus pies.

Qué cuándo concluirá el éxodo de Santa Pancha, nadie sabe, pero llegará el día en que todos se vayan, pero no se irán lejos, se quedarán allí cerca, lo más cerca posible porque es el oro que sale de Santa Pancha el que les da de comer esos valientes hombres que día a día se internan en las entrañas de la tierra en procura de sus riquezas.