Se le conoce como El salto de Colocondo y su nombre se pronuncia con respeto. Es una cascada de más de cien metros de altura. Un chorro fino de agua que se bifurca en aire y se hace caer sobre una poza amplia y calmada, que se ve enmarcada entre grandes y robustas rocas que funcionan como sus escoltas.

Es un destino turístico que está siendo impulsado desde hace unos cuatro años por las autoridades de gobierno a través de los habitantes de las comunidades aledañas, a quienes han concientizado y se les han transmitido conocimientos básicos de turismo.

Si bien es cierto, la belleza natural del chorro como tal, se asemeja a muchas otras que puedan encontrarse en algún lugar más cercano dentro del mismo país, entonces, ¿Qué hace del lugar un sitio obligado para incluir en el itinerario de viaje?

Precisamente eso: El viaje. No solamente implica visitar la siempre creciente y cada vez más atractiva ciudad de Estelí y adentrarse sobre la ruta de las gordas de San Juan de Limay.

Es un reto extremo que demanda un importante esfuerzo físico y sobre todo, las ganas de conocer a profundidad un paisaje, de esos que inspiran obras de arte.

Intimida desde el inicio, cuando los mismos baqueanos te advierten de los esfuerzos que implica visitarlo y los lugareños indican con gestos el lugar que no se distingue a la distancia.

Para señalar — aproximadamente — la ubicación de la cascada, se guían con la sombra de las nubes que se dibujan sobre las montañas.

En efecto, son varios los que no se atreven, pero son más aún quienes movidos por la adrenalina se abastecen de agua y bocadillos para resistir el viaje de tres horas a pie, o la mitad del tiempo, si es que el recorrido se hace montando sobre el lomo de una bestia.

Así lo afirma Pedro Antonio Rodríguez, quien fue el guía en nuestra expedición. “Nos visita mucha gente de otros países y de aquí de Nicaragua también, de varios departamentos han venido. Por lo general para el 24 (de diciembre) y para Semana Santa y aunque no sea así, de vacaciones nos visitan”.

Mi grupo y yo, quisimos definitivamente ser de esos que nos atrevimos a traer de vuelta la medalla de haber subido hasta la cascada.

De ida, sobre todo si se hace a caballo para vivir la aventura completa, y si se monta por primera vez como la mayoría de nosotros, la concentración es acaparada por en el camino, que debido a la zona es obligatoriamente pedregoso, serpentino y lleno de subidas y bajadas.

No es hasta la mitad del mismo, cuando ya uno se ha acostumbrado a cabalgar, mientras se atraviesa el pasto teñido de un tono dorado por la temporada (el viaje realizado por El 19 Digital fue a finales de febrero, cuando pintan señales de otoño), que uno se entera de la impresionante vista que va dejando a sus espaldas.

Es una mezcla de colores entre rojo, amarillo y verde, coronados por el limpio cielo celeste adornado de nueves blancas. Memorable definitivamente.

Hora y quince minutos, más o menos, luego de haber emprendido el viaje, es el momento de realizar el esfuerzo decisivo. Hay que sacar a flote las reservas de energía, para bajar del caballo y adentrarse por la senda en la que el animal ya no puede cruzar.

Los primeros pasos se dan a través de un riachuelo y luego de eso, aunque no recomiendo ir calculando el trayecto, todo es cuesta arriba, escalando sobre roca y raíces, haciéndose paso por la maleza, lianas, árboles y ramas, antes de llegar por fin. ¡Al fin Colocondo!

Declaro, que la primera reacción tras saber que se ha alcanzado la cascada, es aspirar profundo y llenarse los pulmones del aire que allí es más puro y fresco.

Conviene en ese momento disfrutar la brisa producida por el goteo de la caída de agua, descansar y comer algo, incluso bañarse en la poza. Pasarla bien con la compañía que uno haya elegido.

Finalmente, cuando se sienta que se ha cobrado el precio por el largo viaje, puede ser momento para regresar por el mismo trayecto, pero esta vez con la cara al sol, disfrutando de la vista de Colocondo, el lugar que promete quedar grabado en tu memoria largo tiempo.