Alberto Gutiérrez es conocido en Nicaragua y fuera de la misma, como el ermitaño del Tisey. Es un esteliano anciano de pelo cano y tez tostada por el sol con un semblante pintoresco y amable que ha tatuado en relieve pasajes de su imaginación y memoria, sobre la roca talpetate del cerro Jalacate, que se asenta dentro su propiedad.

Gutiérrez se aparta notablemente del clásico concepto de un viejo gruñón que retirado de la sociedad, se aísla para no ser molestado. Al contrario, recibe con gran placer a cuanto viajero desee visitarlo.

Ermitaño del Tisey

Es cierto y admito que el título del artículo tiene truco, pues el rústico escultor no tiene descendencia biológica, pero si un vasto legado que oscila entre el arte, la idiosincrasia nacional, la historia universal y unas cuantas ráfagas de fantasía.

Sin ser esa su intención y sin considerarse artista sino un bendecido por Dios, el amable personaje ha cautivado hasta la fecha a miles de miradas que bajan hasta su morada de tabla, luego de un sinuoso camino forrado de piedras de casi un kilómetro.

Durante su periplo por el país en su juventud a Gutiérrez no le “convino” casarse — como el mismo afirma —y sin embargo, ya ha dejado una prolífica descendencia. “Viajé por todo el país para que nadie nos cuente mentiras y fue una felicidad andar haciendo ejercicio y andar trabajando para ganarme unos centavitos para comprar algo”.

Sus hijos son más los más de 3,000 tallados que parió y sigue pariendo de su mente, gracias a lo a lo que considera inspiración divina.

En efecto, su punto de partida no representa sino el mismísimo nacimiento de Cristo. Su primer obra vino a él en un sueño de un día agitado de 1951, cuando cayó profundo dentro de su subconsciente y despertó tres horas más tarde no sólo con la idea, sino con la necesidad de cavar un agujero en el pico del cerro.

Ermitaño del Tisey

“Soñé de hacer este talento y aquí lo tengo presente. Toda la agricultura (del cerro) son 14 mil árboles y esculturas 3 mil y pico de dibujos. Son los hijos de mi naturaleza, que son los que Dios nos ha regalado. No tuve hijos, no tuve esposa, no tuve nada, pero aquí tengo todo este talento. Estos son los hijos de nuestro país, las esculturas”, comenta con su tono melódico.

El 19 Digital visitó al hombre una vez más (la primer vez fue hace un par de años) para conocer cómo ha venido avanzando su obra y en efecto, ha crecido notablemente. Justamente cuando llegamos al punto, dejó por un momento el reciente trabajo que había iniciado por la mañana para atendernos.

Con gran lucidez y con una paciencia envidiable, nos recordó cómo relata con alma poeta a quienes lo visitan y con quienes gusta de compartir un momento de lo que califica como “unidad cultural nacional”, la manera en la que escaló a la cima y empezó su labor aún vigente.

Buena parte de su arte es inspirado en textos bíblicos y también en la cultura antigua de civilizaciones lejanas a la suya, pero varios de sus trabajos recientes durante los últimos años, son abstracciones de la prosa del poeta Rubén Darío, a quien admira y con quien se equipara al mismo tiempo, por ser ambos nicaragüenses con un una visión distinta del mundo.

Ermitaño del Tisey

“Él dejó grandes historias para algunos que quisieran apreciarlo a él, al gran autor de nuestro país. Muchos lo conocieron. Yo no lo pude conocer pero mi Papá lo conoció (…) tengo más de tres mil y pico de dibujos, no sólo por hacer dibujos sino de representar grandes historias de nuestro país y también de los tiempos de los egipcios, de los mayas y todas esas cosas las tengo en la memoria”, detalla.

A diferencia del bardo, usa para su labor, cinceles artesanales; pedazos pequeños de varillas de hierro cada una con distintos filos en sus puntas y una piedra de Río Blanco con un enorme agujero al centro que se ha ido produciendo por el desgaste que ocasionaron los millones de pequeños golpes que ha realizado desde el año 1977.

A pesar de que ha dedicado buena parte de su vida, más de la mitad para ser un poco más exactos, a la altura de la vegetación y el frescor de la reserva natural del Tisey, a Don Alberto no le gustaría ser enterrado en ese sitio.

Gutiérrez no había visitado Estelí desde hace nueve años, sino para recibir un reconocimiento de la alcaldía municipal. No piensa en la muerte y todos los días se ejercita.

Ermitaño del Tisey

Fuma dos cajetillas de cigarrillos al día, a veces más dependiendo de la compañía, pero esto no parece afectar su salud y así, cuenta como nunca se ha enfermado a causa del tabaco almidonado, pero también ruega porque eso no llegue a pasar nunca.

En las laderas hay gradas, pero fue difícil seguirle el paso. Esa fue la mejor evidencia de su condición.

Ermitaño del Tisey

Durante una larga plática con el personaje, fuera de las cámaras y en un entorno más intimo, mientras escalábamos el borde del cerro lleno “culturas” como las nombra, llamó mi atención un hecho particular. Me confesó que no quiere que su cuerpo llegue a ser enterrado el sitio. Dijo no querer contaminar el lugar.

Sin embargo una vez que formalizamos la conversación que me daría el insumo grabado para redactar este trabajo, dijo ante al micrófono que las piedras bajo las que nos encontrábamos son muy duras y cree que sería difícil la tarea de sembrar su cuerpo allí.

Ermitaño del Tisey

“No quiero ser enterrado aquí. Aquí me dicen muchos que aquí me pueden hacer la tumba mía. Será mejor darles quehacer que me lleven allá al cementerio [ríe]. Porque allí es preparado todos los señores. Aquí sería bonito pero es por lo que es muy trabajoso para hacer la tumba. Lleva mucho trabajo [vuelve a reír].”, fue lo que contestó a preguntarle al respecto.

Sea uno u otro su motivo, lo cierto es que el ermitaño considera del Jalacate, el lugar que Dios escogió para cumplir la misión que se le fue encomendada y que espera seguir haciendo hasta el último día de su existencia.

Ermitaño del Tisey