I

Si ciertos emporios mediáticos desprecian el insuperable componente de los hechos completos, porque no les interesa elevar la calidad de una información, ¿qué se puede esperar de las llamadas redes sociales? ¿Cuánta infamia y ponzoña se destilan cada día y cuántos las consumen con placer o son sus víctimas?

Seguro es que hay quienes no ocupan los nuevos instrumentos de comunicación para enredar y contaminar más a la humanidad con fobias, falacias y vilezas del que ya sufre.

Por eso, de vez en cuando surgen las voces que cuestionan las malas prácticas de este fenómeno masivo. La otrora línea divisoria entre lo correcto y lo deplorable parece que no existe o no es de la incumbencia de la era digital: los valores son para gente anticuada.

Hoy se revela impunemente el ciber primitivo del siglo XXI, si aceptamos la “teología de la evolución”. Desde su cueva virtual mal dice cualquier cosa. Ofende, denigra, infama. Desaparecen las personas responsables y surgen los nombres falsos, y faltos de corazón. Se imaginan, desde ese estado de barbarie, que son tecno-civilizados.

Raymond Samuel Tomlinson (1941-1916), el inventor del correo electrónico, lo dijo: “No crean todo lo que leen en la web. Recuerden que hay seres humanos detrás de esas páginas, y los humanos cometen errores”.

“Error” es un término cortés. Séneca lo expuso mejor desde los tiempos de Cristo: “Errare humanum est…”. La frase latina cobra mayor sentido si la leemos entera, con esta advertencia “…sed perseverare diabolicum”: “Errar es humano, pero perseverar es diabólico”.

Mentir, vilipendiar, maldecir, ya es una decisión personal. Son actitudes viscerales. Así, se daña desde alguien en particular hasta un país. Cualquier pus del alma supura por ahí.

Disponer de la red social –o de un medio– es como quien se halla detrás del volante, de un tribunal de justicia o de un arma de reglamento. El teclado, el timón, el mallete y el gatillo demandan del ciudadano una responsabilidad con lo que está bajo su mando: actuar bien o empeorar el mundo.

Para no pocos tipos, la vida es un tema baladí. Cuando ante sus ojos el prójimo –o la comunidad– carece de valor, es porque el ego, la envidia y la arrogancia toman el control. Lo que se tenga a mano, inevitablemente, se convierte en un arma de alto calibre destructivo.

II

Dependiendo de la sinceridad y de la visión humanista, o si es alguien que no le importa lo que por las redes sociales se drene, devore y recicle, las opiniones y comentarios tendrán la misma distancia que separa el día de la noche, la virtud del escarnio, la piedad de la perversidad.

El primer criterio exige constatación y ponderación; el segundo, todo-vale.

Así, podemos encontrar grutas donde se oculta cierta gente amoral: “Hay algunos que creen que Facebook es el Aleppo de las redes sociales, que en sus perfiles pueden incriminar, descalificar y ametrallar a cualquiera. Y lo hacen con una alegría digna de mejor causa desde un seudónimo, desde la oscuridad. Como los cobardes. Para mí lo fascinante de Facebook es que nació de algo muy simple: una trastada estudiantil. Quién sabe, a lo mejor por eso Facebook es la apoteosis de la simpleza y el maniqueísmo”, (Camilo Egaña, CNN).

Para el partido impreso, coherente con la alteración y la deformación de la realidad, las redes son la octava maravilla, “el último reducto de la libertad de expresión en Nicaragua”. Un usuario siente que “las redes son un respiro, cada vez que te conectás, trascendés fronteras y llegás lejos”.

Lejos de la verdad andan no pocos “enredados sociales”. Veamos: libertad de distorsión es una cosa, de expresión otra. Haber dado por noticia segura un montaje sobre el Salto de La Estanzuela sin su espectacular cascada, porque se había “secado” en el verano anterior, es solo una parte de los embustes que circulan sin que alguien se tome la molestia de verificarlo.

Lo mismo sucedió con una “anciana apaleada por antimotines”. La foto se la quisieron achacar a la Policía de Nicaragua como prueba de violar los derechos humanos, cuando era la imagen de un disturbio que ni siquiera ocurrió en Centroamérica.

Cualquier necedad infecta las “respirables y trascendentes” redes, como difundir que el presidente Donald Trump ordenó que a los nicaragüenses no les exigirían visas de ingreso en Estados Unidos.

O salir, apenas se anunciaron las emisiones de mil córdobas, con la desinformación de una “gran devaluación”, al reproducir billetes resellados de la década de los 80.

Los “medios independientes” actuaron de oficiosas bocinas para amplificar el ruido con todos los decibeles de la mala intención.

El propio presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada, José Adán Aguerri, en su oportunidad, debió alfabetizar con lo obvio: que estamos en una Nicaragua completamente distinta, liderando el crecimiento económico en la región por los próximos dos años.

III

Los hiper rencores online de algunos políticos llevan a exaltar las páginas aludidas como si fueran las mismísimas del Nuevo Testamento. Para apuntalar sus extremismos, glorifican publicaciones insidiosas: “Constituyen herramientas fundamentales de comunicación. Son medios alternativos para el ejercicio de la libertad de expresión…”. Cualquier cosa.

El finado César Meléndez, sensible como todo artista, describió cómo las redes han caído en manos de la miseria humana: “Hace años, cuando no existía la tecnología, la gente que necesitaba expresar sus más bajas pasiones en el único lenguaje apto para ellas, se iban a los inodoros. Entonces vos entrabas a un inodoro y veías a cuántas personas les ha hecho falta amor para conducirlos hacia otros linderos. Para mí, mucho de lo que aparece en redes sociales son inodoros colectivos. Y con el respeto a la marca, yo a Facebook a veces le llamo Hatebook (libro del odio). Hay personas que ponen su peor cara ahí” (“La Prensa”).

Aclaremos. No es que la tecnología haya devuelto a algunos individuos a la edad de las cavernas virtuales, sino que ese género de espíritu ha permanecido ahí. Es el caso del Estado Islámico y su reclutamiento transnacional desde la web.

Las nuevas plataformas, como en el Parque Jurásico, solo han incubado lo que por dentro del cascarón ya venía con fallas de origen.

Se ha producido una eclosión de ciberícolas que no desciende del manso mono –si seguimos con la “teología” de Darwin– sino de los instintos del velociraptor.

La horda digital, tóxicamente bien tecnificada, es una especie prehistórica saturada de odio hacia los demás: el homo odium.