Nunca ocurrió en Nicaragua que tres acontecimientos coincidieran en el tiempo: un huracán que atravesaba el país desde el Caribe, un terremoto de 7 grados en el Pacífico, frente a las costas de Jiquilillo, y el aviso desde el Servicio Geológico de Estados Unidos de la posibilidad de un tsunami.

Con un meteoro que casi rozaba la categoría tres, su trayectoria perfilaba luto y dolor, además de desgracias ambientales, sin embargo, de repente, contra todo pronóstico, en vez de golpear la populosa Bluefields, dio un giro más al sur, pegó en San Juan del Norte y quiso la poderosa mano del Altísimo que la historia de Nicaragua fuera un salmo a la vida.

Para que nos demos una idea de lo que sufriría la nación, ahí nomás, en Costa Rica, abatido por el mismo evento meteorológico, el número de fallecidos se elevó a diez, más los destrozos en infraestructuras. Panamá sufrió la pérdida de cuatro personas.

Dos semanas y media después que resultaran electos por el pueblo de Nicaragua como Presidente y Vicepresidenta, el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, Nicaragua fue sometida a una enorme prueba sobre sus capacidades para afrontar las calamidades.

Un solo muerto hubiera bastado para que los extremistas de derecha urdieran toda una campaña para hablar de una “señal del cielo” que desaprobaba la ratificación del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, y por eso se debían los desastres, además de la “falta de previsión” ante los eventos naturales.

En los países donde Otto produjo una estela de estragos, ni los políticos de los distintos partidos opositores ni la prensa “independiente” se cebaron sobre las autoridades locales, mucho menos que pidieran “la cabeza” de los presidentes Luis Guillermo Solís y Juan Carlos Varela.

En Nicaragua, donde el radicalismo hace politiquería de todo, no logró como hubiera querido, aprovechar la situación, porque, además, las distintas instancias gubernamentales e instituciones beneméritas actuaron impecablemente.

Sí hubo casas destruidas, colapso del tendido eléctrico, escuelas afectadas, impacto ambiental en humedales y reservas, pero para lo que se esperaba, se puede comprobar en el terreno que el huracán abandonó el país, pero la bendición de Dios permanece cuando no somos ingratos.

En vez de atribuírsele a la “suerte”, a darle “gracias la vida”, a “echarnos flores” por el magnífico modelo de atención a las emergencias, aquí más bien se agradeció al mismísimo Creador. Y Dios honra a los que le honran.

Es el testimonio que da desde la escritora Rosario Murillo, “Dándole gracias a Dios, porque hemos atravesado estas aguas turbulentas, y hemos salido bien” hasta lo que dijo doña Bertha Patterson en las calles del Caribe.

“Dios es tan grande que no permitió que a Bluefields le pasara nada y que los daños causados en otros lugares fueron mínimos. ‘Dios protegió a Bluefields y ya andamos haciendo nuestras cosas normales, ando comprando nacatamales’” (El 19 Digital).

Los vientos destructores pasaron por Nicaragua cinco días antes de que concluyera la temporada de huracanes que cada año anuncia la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, NOAA.

Claro está que no basta solo con orar. Los entrenamientos coordinados por el Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastres (Sinapred) a lo largo del año para responder de forma eficiente ante los embates de la naturaleza fueron cruciales para estar narrando esta victoria sobre la muerte.

Ningún otro gobierno ha contado con una efectiva y anticipada movilización de todos sus medios humanos y técnicos para poner a salvo a la población que habita áreas potencialmente vulnerables por tsunamis, terremotos, inundaciones y ciclones.

Una prueba son las catástrofes agravadas ya no tanto por la negligencia de los presidentes libero-conservadores como por su atávica insensibilidad social.

Habiendo estudiado en Estados Unidos, conociendo de las investigaciones, acciones y medidas adoptadas por los científicos y estructuralistas norteamericanos para mitigar las amenazas de mega fallas como la de San Andrés, y evitar construir en terrenos perturbados, Anastasio Somoza prácticamente colaboró con su fatal desidia para que el terremoto de Managua, 1972, fuera devastador.

Nadie desconocía que una parte del suelo de la capital era mortíferamente inestable. El terremoto de las 10:23 de la mañana del Martes Santo de 1931 enseñaba, para esa y las sucesivas generaciones, que si había que habitar Managua, también debía saberse cómo vivir conjurando la amenaza que subyace en sus fallas. A pesar de la “gran amistad” con Estados Unidos, los Somoza nunca se preocuparon por solicitar la cooperación especializada para la seguridad de los capitalinos.

Más reciente en el tiempo, el huracán Mitch expuso la indolencia de todo el aparato liberal. Muchos de los altos cargos, ahora devenidos en “paladines del Estado de Derecho” y de los intereses del campesinado, cuando estaban en el poder no les importó defender lo más esencial de una sociedad: el derecho a la vida.

Fue precisamente una alcaldesa sandinista, Felícita Zeledón, que poco antes del deslave del Volcán Casita, el fatídico 30 de octubre de 1998, advirtió al gobierno central sobre el inminente peligro. Una gran mortandad pudo haberse ahorrado nuestro país.

El FSLN en el poder ha logrado enfrentar con éxito estos episodios críticos como ocurrió también en el mes de octubre, pero de 1988, con el huracán Juana. De ahí que las respuestas rápidas y preventivas en las horas supremas en que están en juego cantidades de almas constituyen el sello del auténtico sandinismo.

En efecto, la visión cristiana de la actual Administración hace que sus dirigentes no la piensan dos veces y van hasta el último rincón, en tierra firme, lacustre o marítimo, para capear, escudar y proteger a las familias hasta donde se pueda, sin importar color de piel, posición económica, bandera política o credo religioso.

Al producirse al mismo tiempo el huracán, el terremoto de 7 grados y la proyección de un tsunami, y al final del día no haber una sola víctima mortal, para el incrédulo será un pura-bulla-fue-esto. Para el verdadero cristiano, no hay dudas ni casualidades: es un milagro.

Entonces, porqué fue distinto en Costa Rica y Panamá. La celeste misericordia. Nuestro país desde la conquista española ha sido muy azotado por los hombres con sus guerras y la propia naturaleza. Quizá este sea el mensaje: si siguen en paz, y menos gente tenga odio en el corazón, Alguien más saneará la Tierra.

¿Evidencias? Las autoridades hicieron lo que estaba dentro de lo posible; el Señor de las Naciones, bendito sea Jesús, se encargó de lo imposible.