¿Cómo será este mundo sin el David de estos tiempos? Si Fidel ya no fue un personaje bíblico es seguro que Dios lo necesitaba más en los siglos XX-XXI que en el Viejo Testamento.

Fidel pertenece al linaje de los intemporales como el general Augusto César Sandino, de ahí que sea difícil encontrar varones de esas magnitudes colosales en las memorias de los simples mortales. Para darnos alguna idea de esas dimensiones extraordinarias debemos, pues, recurrir a las Sagradas Escrituras.

Fidel trasciende las fronteras de su patria, Cuba, de su ideología, de su tiempo. Un incansable de la solidaridad, avanzó como nadie en la lucha contra el racismo en su propio país y extendió la tolerancia hacia el color de la piel de los demás al continente africano. Sin sus aportes, aún estarían instaladas monstruosidades que avergüenzan al género efímero como el apartheid.

Aunque los espíritus menores y otros demonios se alegren por la partida del Comandante en Jefe, es indudable que Dios no escribió en la pared de la Historia el Mene Mene Tekel Uparsin, sentenciado contra el infame rey Belsasar: “Dios ha contado tu reino y le ha puesto fin. Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso y tu reino ha sido dividido y entregado a los medo-persas”.

Lo que protagonizó Fidel sobrepasa lo que un hombre de nuestra época puede hacer, porque escapó a más de 600 atentados, soportó numerosas invasiones, fue supervigilado, sufrió el bloqueo económico y la prensa adicta a la distorsión levantó un atroz muro de desinformación para que los pueblos se desencantaran con su liderazgo. Él lo hace patente: “Yo rechazo la mentira porque sé que la ignorancia ha sido la gran aliada de la opresión a lo largo de la historia”.

En medio de toda esa vorágine, hablan por él los magníficos logros en el campo investigativo de la medicina y otras ciencias en Cuba; la lucha en el terreno contra el Ébola, o contar con el mayor índice de médicos per cápita del mundo, como exaltó Maradona.

Nada logró detener a este revolucionario que enderezó la otrora invertebrada Historia de América Latina y el Caribe, e incluso, cambió el curso de los Estados Unidos.

Después del victorioso general Sandino, que expulsó a los USMC, solo Fidel se enfrentó a 10 presidentes, pero no porque quisiera hacerlo o porque era su gusto adversar a la Unión, sino porque convirtió al viejo casino del Caribe en una República. Seguramente lo mismo hubiesen hecho Washington, Adams, Madison, Franklin, Jefferson, de haberles tocado nacer en la isla.

Acaparar las portadas mundiales es una evidencia de la grandeza de este líder que es la representación de la inmensidad de la América hispana, inglesa y francófona; una voz, un ideal, una bandera de la dignidad que le devolvió a nuestros países la autoestima continental perdida; que no somos patio trasero, que no podíamos quedar anclado en el vetusto esquema metrópoli-subalterno, que también tenemos derecho a ser Patria de verdad y no República bananera. Y que la democracia es más que un rito electoral: es inclusión social, diversidad racial, derecho a la salud, a la educación, a la cultura... el derecho de vivir en paz.

Fidel fue un hombre fiel a sus ideas hasta el último momento sobre la faz de la Tierra. Luchó por lo que creyó; no vaciló, fue siempre adelante, aún en lo más difícil y riesgoso del combate contra la tiranía de Batista, y las potencias. Actuó sin volver la vista atrás: su gran coraza antibalas era la moral, como dijo a los periodistas.

Acusado y acosado por la reacción mundial y sus aparatos de que Cuba era un “satélite” de la extinta Unión Soviética, el derrumbe en cadena del llamado “socialismo real” europeo, demostró lo contrario: los magnos ideales de la Revolución eran, son, su propio centro de gravedad.

No se podría hablar de la Izquierda, en mayúscula, sin Fidel. No fue un dirigente con prejuicios y tendió el olivo de la paz a los que no pensaban como él, de ahí que nunca respaldó al peligroso radicalismo izquierdoso –ese que al final se degrada en ultraderecha– ni al fundamentalismo religioso.

Cuando surgieron voces que negaban el holocausto judío, en una reivindicación insólita de Adolfo Hitler, tal como lo hicieron el obispo católico británico Richard Williamson, rehabilitado por Benedicto XVI, y un expresidente iraní de nombre Ahmadineyad, el Comandante el Jefe no se quedó cruzado de brazos ante semejante injusticia histórica contra la nación de Israel.

El 22 de agosto de 2013, escribí: “Así, el expresidente de Cuba demostró una vez más su talante de estadista, y sobre todo comprobamos que sus actos no fueron ni son impulsados por el odio, la venganza o el resentimiento, sino por un elevado sentido de humanismo y de justicia”.

Fidel expresó al periodista Jeffrey Golberg: “No creo que nadie haya sido más calumniado que el pueblo judío. Incluso, lo fue mucho más que los musulmanes, porque se lo acusaba de todo. Nadie culpa a los musulmanes de nada (…) Los judíos han vivido una existencia mucho más dura que la nuestra (Cuba). No hay nada que se pueda comparar al Holocausto”.

Ese era Fidel, un hombre multiplicado: el historiador y el cronista en un solo orador; el visionario, el intelectual, en un solo pensador; el guerrero, el estratega militar, en un solo guerrillero; el impulsor de la justicia social, el Presidente, en un gran Estadista. En una palabra, el Invicto: una vida intensa que Dios prestó a los pueblos del mundo.

Estados Unidos quiso condenarlo a una cuarentena perpetua, y 50 años después, John Kerry, Secretario de Estado, reconoció que el bloqueo económico, “el muro que separa a Cuba de Estados Unidos está por caerse. Esa política no ha aislado sólo a Cuba, más bien aisló más a Estados Unidos”.

Sin Fidel y la Revolución que encendió los reflectores del mundo sobre América, nunca hubiesen trascendido de sus provincias Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes…

Nadie hablaría del famoso boom, porque, recordando a Gabriel García Márquez, también los escritores latinoamericanos, como parte de “las estirpes condenada a Cien Años de Soledad, no tenían una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

Se va el Héroe y queda el último Prócer de la Independencia de Nuestra América.