Más de una semana después, muchos, sobre todo los que en este siglo se creen dueños de la democracia y de la opinión pública, no terminan de digerir que Donald Trump sea el cuadragésimo quinto Presidente de Estados Unidos.

Cuando se habla de la prensa y la democracia, en abstracto, se parte de presupuestos idealizados para un mundo perfecto, compuesto de ángeles y serafines para arriba. Pero ni los medios son editados por los espíritus bienaventurados ni el sistema es la antesala de un orden celestial.

No solo en Estados Unidos queda demostrado que la tal prensa “independiente”, forzado sinónimo de imparcialidad y libertad, es una desaliñada quimera, sino que es un mal que lastran otros países del hemisferio, sobre todo a la hora de demoler las identidades nacionales, las causas populares e intervenir, agresivamente, en las campañas electorales o mejor dicho, armar linchamientos mediáticos.

Si decantarse por un candidato es un “ejercicio democrático”, será la de la publicación, pero no puede enredarse el manifiesto de una “sociedad anónima” con la sociedad en general. Dicho de otro modo, la libre emisión del pensamiento de un país se ve atropellado por una posición editorial que presumiendo de aséptica, contamina con sus preferencias ideológicas y partidarias, a una población sin capacidad de respuesta ante las imposiciones arbitrarias de una agenda política en la sombra.

Una buena parte de rotativos gozaba en el ayer de un sólido prestigio porque enarbolaban las banderas de un periodismo objetivo, limpio, ecuánime, y sus principios se volvían tan cotidianos que de alguna forma había que recordárselos a los ciudadanos con dramáticos lemas que celebraban la justicia y la libertad. Pero todo ha quedado guardado en las Hemerotecas. Ese pasado glorioso ya es un tema de investigaciones arqueológicas.

Lo que ahora existe son, salvo las honorables excepciones, partidos impresos o televisados. Hoy, los hechos ya no constituyen la indispensable materia prima de antaño: fueron relevados impunemente por las políticas editoriales. En ese molde debe encajar el país editado.

La realidad le interesa mucho a esta clase de propietarios de medios como a un egoísta los motivos profundos de la solidaridad cristiana. Las “informaciones”, las “noticias”, incluso el reportaje, esa “reconstrucción minuciosa y verídica del hecho”, como lo definió Gabriel García Márquez, no cuentan con la otrora sólida armazón de la certeza.

En la actualidad, no solo las principales religiones monoteístas han padecido la peste de las “verdades relativas”, donde cada quien administra la suya y establece el tamaño de su dios, o se elabora uno, a su imagen y semejanza, con las inevitables repercusiones morales. El periodismo mercantilizado también se considera, en sí mismo, la “verdad revelada”.

Si el auge algodonero durante los años 50, 60 del siglo XX sufrió por el invento del polyester y otras fibras químicas, a su vez, con el tiempo, la veracidad fue reemplazada por verdades sintéticas; los lectores bajaron de ese respetable peldaño al de ser únicamente consumidores. Y así como alguien podía confundir una tela de dacrón por algodón, la deformación pasó por información: un producto más del mercado.

Hoy, por un prurito de sinceridad, u obligada por agencias para proteger al consumidor, en las etiquetas puede leerse 50 o 70% polyester y 50 o 30% de algodón. Pero esa franqueza, sea por ética propia o impuesta, nadie la ve en la industria mediática, así que el público paga y consume engaño, y al gran tiraje de la mentira se le llama cínicamente “columna” de la democracia.

Lo peor del caso es que estamos en los días cuando la infamación organizada dicta las pautas de lo que es lo “correcto” en Latinoamérica; se encarga de dar cátedra sobre la “democracia” y quiénes son sus “inmaculados apóstoles”, no importa qué decadentes e impopulares sean algunos expresidentes.

Los empresarios han sustituido a los hombres y mujeres de prensa, y por ser dueños o gerentes, o hijos o parientes, se hacen pasar por “periodistas” y sus negocios “prensa independiente, y constituyen sociedades donde hablan en nombre del periodismo de América y de la libertad.

Como James Bond, tienen licencia para matar las reputaciones nacionales, criminalizar países, destruir moralmente líderes y organizaciones populares y anatemizar toda reivindicación social y económica de los excluidos.

Tales medios intentan sepultar la realidad, fraguando otra y distribuyéndola por el mundo a través del sincronizado eco de sus filias y sus fobias para que una falsificación local alcance proporciones siderales con eso que ellos llaman “añadir luz y verdad a la conciencia pública”, solo que desde su monocular punto de vista.

Así, cuando se pronuncia el nombre de una nación o de un líder en particular, inmediatamente se descarga la distorsión.

Los capítulos más viles que le ha tocado a América Latina se hallan en los expedientes de la perversidad. Lo hizo El Mercurio de Chile contra Salvador Allende. Los diarios conservadores también montaron un férreo bloqueo periodístico a Cuba, si se puede calificar de periodismo la perniciosa censura a la Revolución.

Muchos medios también cercaron a Nicaragua en los años 80 para difundir una imagen gris de la segunda Revolución triunfante en América. No informaban, sino que ocupaban el relato de la administración Reagan para destruir el proceso revolucionario.

Posterior a los 90, el “periodismo independiente” tomó alegremente partido y hasta ungió candidatos presidenciales. Y como “ganaban”, tras una feroz campaña de supercherías que instigaba los miedos y atizaba los odios, las elecciones eran “transparentes”.

Eso que se ha hecho en estas tierras es parte de lo que recién sucedió con la candidatura de Donald Trump. Para que el cuadro de esa agreste ofensiva política fuera de manufactura latinoamericana, faltaron los partidos disfrazados de oenegés o de otras “inocentes” insignias.

Trump lo dijo: “En mi caso, los medios me presentaron como un hombre salvaje. No lo soy. Realmente no lo soy. Soy una persona muy sobria”.

Al menos, el Presidente Electo, por ser el líder de la principal potencia económica y militar del mundo, puede defenderse. Pero en el resto de América, las víctimas de la atroz guerra de la desinformación no tienen ninguna otra oportunidad más que proteger, con la Constitución en la mano, un mundo justo que sin el pueblo puede ser arrasado por las turbulentas corrientes del dato infame.

Quizá, ahora, se comprenda bien en la Casa Blanca que vivimos una época en que el periodismo fue degradado en tribuna de diatribas a la vez que, tribunal político, fábrica de veredictos envenenados.

Quizá el señor Trump se dé cuenta, entonces, que la razón fundamental del digno oficio no consiste en darle rienda suelta a las viscerales obsesiones de los semidioses de la industria mediática. Porque la verdad no viene con código de barras. Y el periodismo solo tiene una marca: la vida real.