Previamente queremos recordar algunos aspectos de la economía centroamericana y nicaragüense: a) El peso significativo que el sector agropecuario tiene para la  economía centroamericana y para Nicaragua en especial, b) El peso de los pequeños y medianos productores en el sector agropecuario, particularmente en aquellos productos que conforman la canasta básica, c) El deterioro y la vulnerabilidad progresiva del sector agropecuario, particularmente de los sectores y rubros señalados anteriormente, d) La importancia que cobran los rendimientos, tanto para caracterizar el problema como para solucionarlo, sobretodo para Nicaragua que acusa los rendimientos más bajos de Centroamérica en la mayoría de los  productos.

Enfrentamos además la paradoja ambiental y económica siguiente: Los altos rendimientos en productos como la caña de azúcar y el maní, por ejemplo, cultivados por grandes empresas y situados en las mejores tierras del país, atentan progresivamente contra el entorno agro-ecológico. Por otro parte, los bajos rendimientos en productos como el maíz, el frijol y la ganadería de crianza, administrados por pequeños productores, son afectados progresivamente tanto por el entorno agro-ecológico como por el cambio climático. Por lo tanto, el aumento de los rendimientos con criterios agro-ecológicos se convierte en la principal batalla para enfrentar esta situación, particularmente en un país que está a punto de agotar su frontera agrícola y está sometido al vendaval del cambio climático, la crisis económica y el empobrecimiento que generan los bajos rendimientos para la mayoría del campesinado nicaragüense.

La motivación principal de este trabajo es llamar la atención sobre el deterioro de los suelos, rendimientos y nivel de vida de los productores rurales debido a la crisis de productividad en que se encuentran; mostrando asimismo, la posibilidad y potencial que existe para aumentar la producción, vía el aumento de la productividad. Lo que implicará mayor cobertura, mayor esfuerzo programático, mayor coordinación entre las instituciones públicas y las asociaciones de productores: vía el mejoramiento genético de razas y pastos para la ganadería, así como el fitomejoramiento y buenas prácticas para la agricultura, como se ha probado en ambos casos en algunas regiones y sectores.

La estrategia expositiva de este artículo empezará mostrando las cifras alentadoras que caracterizan el desempeño del último quinquenio, así como las cifras que muestran la debilidad y vulnerabilidad de nuestra economía, comparándolas con aquellas de los países centroamericanos. Al final del artículo nos enfocaremos en aquellos productos alimentarios que manifiestan mayores problemas, como son el maíz, el frijol, el sorgo millón y la ganadería de crianza, por ser los productos con la mayor cantidad de familias productoras involucradas, el sector de mayor empobrecimiento, mayor cantidad de área cultivada, suelos más vulnerables a las adversidades del cambio climático, siendo al mismo tiempo los productos de mayor potencial para la soberanía alimentaria y con el mayor potencial para el desarrollo económico del país, requiriendo, por tanto, los mayores y mejores esfuerzos de parte de todas las fuerzas de la sociedad, tanto públicas como privadas, y por supuesto de los mismos productores. El resto de productos no son menos importantes, pero acusan mejores rendimientos y están en manos de grandes productores; nos referimos a la caña de azúcar, el maní, la soya, el arroz de riego, que muestran un desempeño igual o superior al del resto de países centroamericanos.

Además, queremos señalar que tanto la  causa como el  efecto del problema de los rendimientos agropecuarios, ejemplificado por la brecha estructural con respecto a Centroamérica, está minando los esfuerzos y logros coyunturales en el campo, tanto económicos como de bienestar social, estando como estamos en un régimen económico de mercado abierto.

La batalla por los rendimientos agropecuarios es la batalla por la soberanía alimentaria, la agro-industrialización de nuestra economía, el desarrollo económico nacional, la defensa del medio ambiente y el escudo frente a los estragos agro-ecológicos, sociales y económicos del cambio climático, en fin, la batalla por el bienestar de la población rural en particular y de la población nacional en general.

A lo largo del artículo utilizaremos cifras oficiales y públicas, tanto de las instituciones nacionales como internacionales, haciendo las aclaraciones que amerite el cambio de año de referencia para las cuentas nacionales, cambiando el año base (de 1994 a 2006), recientemente anunciado por el Banco Central y el FMI.

El desempeño de la economía nacional durante el último quinquenio


Según el FMI y otros organismos financieros internacionales Nicaragua tuvo, junto a Panamá, la tasa de crecimiento más alta de Centroamérica en el año 2011 (4,7%); y a pesar de cierta desaceleración observada en el primer semestre del año 2012 se piensa que terminaremos el año con un crecimiento mejor (4%) que el resto de países, tanto en relación a los países industrializados de Europa y Estados Unidos, como de América Latina y del istmo centroamericano en especial. Hemos aumentado el PIB/cápita. Hemos venido aumentando las exportaciones, a pesar de la  crisis internacional, pasando de $2,300 millones en el año 2006 a $4,200 millones de dólares en el año 2011, gracias a la diversificación de los mercados, particularmente el venezolano y el centroamericano. La inversión extranjera se ha multiplicado por tres, pasando de $287 millones de dólares a 1,000 millones de dólares en el mismo período. La inversión pública se ha duplicado, pasando de $180 millones de dólares a 300 millones de dólares en el mismo período, a pesar de la disminución de la cooperación internacional europea en más de 100 millones de dólares. Hemos aumentado las reservas internacionales. Hemos aumentado los empleos formales registrados en el Seguro Social (36%) y la ocupación en general (asalariados y trabajadores por cuenta propia) en 30%.

En los últimos dos años hemos venido disminuyendo la deuda pública total, tanto la deuda pública externa como interna. El crédito interno ha venido creciendo desde enero del año 2011 en un 30% (24% ajustado a la inflación); incluso el  crédito privado ha mejorado, aumentando porcentualmente la cartera productiva y comercial y disminuyendo la de las  tarjetas de crédito y consumo; el microcrédito ha llegado a 250,000 pequeños productores y comerciantes que antes no  tenían acceso al crédito público. El turismo sobrepasó el millón de visitantes. Nuestros programas sociales han paliado la crisis económica para los más pobres (alimentación, salud, educación, servicio de transporte, crédito, entre otros), disminuyendo la extrema  pobreza de 17% en el año 2005 a 9% en el año 2011.

La infraestructura de construcción y energía considerada como los dos ejes principales de la acumulación y uno de los mejores estimulantes de la competitividad ha tenido un dinamismo extraordinario. La infraestructura de carreteras, ha superado en su desempeño a la mayor parte de los países centroamericanos, exceptuando la red ferroviaria, rubro que Nicaragua se apresura a emprender, intentando superar su rezago histórico. La densidad de carreteras está por encima de Honduras y Guatemala, y, en la región del Pacífico, similar al del resto de países centroamericanos. En cuanto al servicio eléctrico el salto ha sido realmente espectacular, notándose un aumento de la capacidad de generación, menores pérdidas en la distribución de energía, mayor peso de la energía renovable, aumento de la cobertura de energía eléctrica, particularmente en el sector rural. Recordemos  que el gobierno sandinista heredó una abastecimiento del flujo eléctrico equivalente a la mitad del que tenemos actualmente,  cuando la población solo recibía 12 horas diarias de electricidad; pronosticándose para el próximo quinquenio un peso mayoritario de la energía renovable.

Cada una de estas y otras cifras puede discutirse y llegar a conclusiones divergentes en mayor o menor grado. Y como tenemos el hábito de depositar la verdad en la opinión de la comunidad internacional, creo oportuno recordar las declaraciones de los principales organismos internacionales sobre el desempeño de la economía nicaragüense durante lo que va del gobierno sandinista.

El FMI declaró que Nicaragua tiene una economía sólida. El Banco Mundial nos catalogó como el país que  mejor  manejó su cartera financiera.  Para la CEPAL, Nicaragua fue de los  pocos países que lograron cumplir con sus metas económicas. El BID considera que nuestra economía es muy estable. La FAO ha expresado que el programa del Bono Productivo Alimentario destinado a mejorar la nutrición ha sido exitoso. En términos generales, moros y cristianos, consideran que el desempeño de nuestra economía en el último quinquenio ha sido muy bueno, incluso mejor que el de los países centroamericanos, con la notable excepción de Panamá.

El rezago estructural de la economía de Nicaragua

A pesar de lo dicho anteriormente y de su veracidad comprobada por los organismos internacionales, el rezago de la economía nicaragüense sigue siendo un lastre para el desarrollo. Comparada con las economías del istmo, la nuestra sigue siendo una de las economías más débiles de la región, incluso comparándonos con Honduras.

Empecemos con dos cifras gruesas como son el PIB y el PIB/cápita. Nuestro PIB es de los más bajos de América Latina (el más bajo utilizando el año base 1994); con el cambio de referencia, nuestro PIB superaría al de Haití y al de Honduras (estos dos países mantienen el año de referencia convencional). Aún así, nuestros indicadores siguen siendo muy bajos con relación a los centroamericanos.

En síntesis y utilizando los datos del Banco Central, nuestro país acusa los índices más bajos en la mayoría de los indicadores, tal como se muestra en el cuadro expuesto: El PIB/cápita ha subido, pasando el umbral de los mil millones de dólares ($1,200 de dólares), sin embargo, es el menor de Centroamérica; el nivel de desempleo es de 6,3%, uno de los más altos de Centroamérica con excepción de Costa Rica. La tasa de inflación es de 8.0%, es decir, la más alta de la región, aunque en lo que va del año 2012 ha disminuido a 6,5%. El déficit en cuenta corriente es de 17,8 % con respecto al PIB, aunque en lo que va del año ha bajado con respecto al período anterior.  Las remesas familiares sobrepasaron los 900 millones, pero países como Honduras, El Salvador y Guatemala, duplican, triplican y cuadruplican nuestras cifras (Costa Rica no es un país de emigrantes). La deuda pública externa  es de 55,5 % con respecto al PIB; aunque ha venido bajando en lo que va del año, es dos, tres y hasta cuatro veces mayor que la del resto de los países del istmo. Los ingresos reales del gobierno central crecieron en un 15,6% en lo que va del año, tanto los ingresos fiscales como los no tributarios, alcanzando en lo que va del año un superávit de 1,8%/PIB, sobre todo los impuestos indirectos (IVA); sin embargo seguimos con una estructura tributaria regresiva, donde los que más ingresos tienen, pagan menos impuestos y viceversa, con un gran foso en cuanto a la evasión fiscal. En cuanto a las reservas internacionales y al saldo operacional del gobierno con respecto al PIB tenemos un desempeño igual  o mejor que el resto de países, salvo excepciones.

El balance comercial o diferencia entre exportaciones e importaciones, sigue mostrando cifras progresivamente negativas, pues aunque nuestras exportaciones hayan aumentado de $2,400 millones de dólares en el año 2009 a $4,000 millones de dólares en el año 2011, nuestras importaciones han aumentado proporcionalmente mucho más, pasando de $3,900 millones en el año 2009 a $6,100 millones de dólares en el año 2001, de tal manera que nuestro balance comercial pasó de $1,500 millones de dólares de déficit en al año 2009 a $2,000 millones de dólares de déficit  en el  año 2011.

Finalmente, podemos agregar las cifras y la opinión que emite The Global Benchmarking Network, quien nos ubica en último lugar centroamericano (111), cuando a Costa Rica, por ejemplo, lo ubican en el puesto número 46; una de las consideraciones que se toma en cuenta para evaluar este desempeño tiene que ver con la infraestructura. Nuestro país, a pesar de lo que hemos sostenido en cuanto al desarrollo de las carreteras tiene una bajísima densidad de carreteras asfaltadas, sobre todo en la región del Atlántico, estando a nivel nacional por debajo del resto de países centroamericanos; quizás el indicador o la situación más débil que tenemos en cuanto a la competitividad se refiere a los costos de producción, uno de los más altos de Centroamérica, siendo, por ejemplo, muy significativo el hecho de no contar con puertos marítimos, teniendo que exportar nuestros productos por Honduras (Puerto Cortés) y Costa Rica (Puerto Limón). A este respecto, un indicador paradigmático sigue siendo la conexión ferrocarrilera entre el océano Pacífico y el océano Atlántico, conexión que mientras países como Panamá, Costa Rica y Guatemala, la hicieron hace más de un siglo, nosotros más bien desmantelamos el  pequeño recorrido que teníamos entre Granada y Corinto.

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