I

Hay quienes siempre gustan de lanzar sus nefastos vaticinios, que estamos a una cuadra del Juicio Final y si no es como ellos han dictado, habrá violencia.

Así coronan, con histriónica “preocupación”, su discurso. Son, sin embargo, una exigua minoría. A las amplias mayorías del pueblo no agradan estas selváticas formas de concebir la “política”.

Los profetas del caos desde hace varios años, al verse privados del favor popular, han querido reducir Nicaragua a sus fatales obsesiones que se basan en un rústico maniqueísmo: o sus posiciones políticas o aquí vendrá la guerra. Y recurren a la historia.

El dato del ayer es real: los conflictos bélicos fueron el medio para “solucionar” los “nublados” que realmente desataron diluvios de muertes y atraso.

La conclusión es falsa: pensar que la población está desesperada por ir a partirse la vida, mientras los mínimos “líderes” van a disfrutar la guerra por TV, desde las “trincheras” hoteleras de cinco estrellas en el extranjero, solo en una mente insensata cabe.

Guerras hubo en otros pueblos del mundo y eso no quiere decir que a esas naciones las sigan gobernando los demonios del pasado. Nicaragua no tiene por qué ser la excepción.

La principal fórmula terrenal para construir encuentros y procurar las mejores luces que son capaces de generar las mujeres y los hombres de buena voluntad, es el voto.

El claro respeto a la voluntad ciudadana es la piedra angular del desarrollo nacional inclusivo. De eso se trata y por ende, cualquier irregularidad debe ser superada.

No obstante, quedan esos remanentes anhelantes de que sus radicalismos sean de consumo colectivo. Esta autoritaria pretensión choca con la respuesta de la ciudadanía de rechazar los espíritus de confrontación y de odio.

La ciudadanía asume el mandato de su poeta máximo, Rubén Darío: “Abominad la boca que predice desgracias eternas, /abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos…”.

II

Dos sufragios presidenciales atrás, en 2006, Nicaragua estaba sometida a esa minoría conservadora que se soltaba como una jauría con todos los poderes fácticos a su disposición, siendo el mediático su afilada punta de lanza.

Como dicen que quien no ha visto nunca una catedral ante cualquier horno se persigna, a aquellos tormentosos ciclos electorales se les llamaba, con urbano cinismo, “fiesta cívica”. Empero, estos tenían más de un remedo de Halloween que una educada expresión de la democracia.

Si se revisan los antecedentes de estos procesos, nos encontraremos que a pesar de los enormes aportes del Consejo Supremo Electoral de 1989-1990, integrado y formado por la Revolución Sandinista para impulsar y arbitrar un juego limpio, la respuesta opositora no estuvo a la altura del esfuerzo democrático.

Esa experiencia reveló que gracias a la derecha, la supuesta “naciente democracia” –llamada así por los reproductores ideológicos del poder conservador, incluida la “izquierda” arrepentida– solo era el inicio de nuestra Edad de Piedra electoral.

Salir de las cavernas ha sido una tarea muy compleja. En 1996, pese a que ahí estaban los que hoy se venden como las Madre Teresa Calcuta y los San Francisco de Asís de los procesos electorales, no hubo una desbrozada ruta que nos sacara de aquellas espantosas grutas.

No solo fue que las boletas, con todo y urnas, aparecieran tiradas en los basureros, en los cauces, en los puentes. Aquel desastre fue ostensiblemente dirigido por la incuria, para sacrificar al principal protagonista de la democracia: el pueblo.

Está lejos de ser considerado demócrata quien recurre a atropellar la moral del adversario, el de no respetar a las mismas formaciones políticas participantes, el de desatar una prolongada y tóxica campaña sucia contra el principal contendiente en la supuesta “justa” comicial: el FSLN.

Más aún: que por actos de magia de los cocientes electorales y otros trucos de circo en decadencia, surgieran diputaciones del sombrero del CSE para ciertos personajes vinculados, por alguna estrecha razón, al organismo.

Rasgarse las vestiduras a la hora de demandar un proceso inmaculado, tras haber dado muestras de lo contrario, es parte de la resaca de la gran “fiesta cívica” del oneroso pasado.

En 2001 se repitió este descalabro institucional, con una versión ampliada. En vez de auspiciar los valores de una verdadera democracia, de acudir a la conciencia ciudadana, se apeló a los instintos primarios, al miedo.

Se volvió a sembrar el pánico de que si el Sandinismo ganara, aquí vendría la guerra, el hambre, las confiscaciones… Así se atiborró por todos los medios al electorado, echando mano de aquel catálogo de perdición.

La embajada de los Estados Unidos con su titular, Oliver Garza, se metió de lleno con el respaldo al candidato de origen conservador.

En 2006, por si fuera poco ese acumulado de destrucción de la institucionalidad, pisoteo de la soberanía nacional y vaciamiento de la democracia, Nicaragua padeció la directa intromisión del embajador de los Estados Unidos, Paul Trivelli, terciando alegremente por el candidato de una de las facciones liberales.

En la Enciclopedia de la Política, de Rodrigo Borja, se lee que:

“El intervencionismo es la tendencia de un Estado a irrumpir en los asuntos internos de otro Estado, ya con finalidades de dominio político o ideológico, ya con propósitos de control de los recursos naturales, ya con el objetivo de conquistar mercados para sus manufacturas. Por lo general todos estos propósitos están enlazados en las operaciones intervencionistas”.

Esto conduce al punto primordial en el cual está abocado el pueblo de Nicaragua el 6 de noviembre, si nos preciamos de verdadera República. De acuerdo a la Resolución 2625 de la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Todo Estado tiene el derecho inalienable a elegir su sistema político, económico, social y cultural, sin injerencia en ninguna forma por parte de ningún otro Estado”.

III

Los adalides del Pensamiento Único Conservador estaban acostumbrados a ver ungir a “su” candidato. Era parte de la abominable tradición que el embajador de turno de los Estados Unidos oficiara de Sumo Sacerdote para “bendecir” la “fiesta cívica” y endosara su “credibilidad”.

La liturgia seguía con el anuncio a los “plebeyos”, como en las sociedades antiguas, del “elegido” en Palacio. El partido impreso se encargaba de la parte mundana, derramando sus mejores tintas sobre la patricia testa.

Por supuesto, los “observadores electorales” no decían nada. Eso se “estila” en los “patios traseros”.

La pregunta es: ¿Son necesarias estas irrupciones para darles “veracidad” a los comicios en nuestros países?

Como hoy no han mirado a la señora embajadora de los Estados Unidos, Laura F. Dogu, en el papel de sus lamentables antecesores, ni tampoco tronó la patética campaña sucia, entonces “no se siente que haya fiesta cívica”, “no hay ambiente”, “no es como antes”.

Y gracias a Dios no es como antes.