No todos los que dejan este mundo convocan un sentimiento unánime tan sincero. He aquí que las expresiones y muestras de aprecio hacia el sandinista René Núñez, se concilian en una sola y real admiración al revolucionario que vivió intensamente la vida con todo lo que le trajo.

La fructífera biografía del Presidente de la Asamblea Nacional fue correspondida por el pleno latir de las conciencias de diversos signos: se estaba ante un hombre que formó parte del firmamento de convicciones que brillan en el Frente Sandinista. Porque se sabe distinguir, en la hora del duelo, entre las palabras genuinas y las que se sacan del remendado costal de las cortesías.

Aunque el ingeniero Núñez presenta una impresionante trayectoria, sus obras en el Parlamento hablan por él. Y así como prevalece el consenso sobre su hidalguía, también se rememora su vocación de diálogo y su aplicación laboriosa del entendimiento con el adversario político, con el interlocutor sectorial en otros ámbitos y su capacidad de comprender la espiritualidad nacional. Fue, en los años 80, el responsable de las relaciones con la Iglesia Católica.

No se dejó entrever ningún resentimiento. Fue de los hombres que más atormentó con saña el régimen somocista. El 27 de diciembre de 1974 fue apresado por la Guardia Nacional, justamente cuando se producía el asalto a la Casa de Chema Castillo.

El Comando Juan José Quezada ya no pudo lograr un dominio del listado original para la puesta en libertad de los prisioneros presentado a Anastasio Somoza, a fin de agregar, en el último minuto, a René Núñez. Su nombre, por razones ajenas al Frente Sandinista, no fue incluido.

La omisión significó más que cuatro años en las ergástulas de la dictadura, pues la brutalidad de las torturas, el aislamiento, el desgaste físico prolongado no se mide con el reloj ni con las hojas del calendario. Ahí no existe el tiempo.

Soportó la ira de Somoza

El año anterior a la detención de René, habían caído grandes cuadros del Frente como Oscar Turcios, Ricardo Morales Avilés y Juan José Quezada.

Al quedar vacías las cárceles, tras la conclusión exitosa del operativo de diciembre, Somoza tiene con quién desquitarse la enorme derrota infligida por el espectacular golpe. No hay nadie más de peso en sus manos que Santos René Núñez Téllez, militante de primera línea, quien estaba organizando el regional del Frente en Matagalpa.

La reacción de Tacho y la Guardia Nacional fue incontrolable a partir de 1975, con la activación de los jueces de mesta para denunciar y perseguir a los guerrilleros y colaboradores, ejecutar masacres en las montañas y avasallar al campesinado. Tal represión indiscriminada solo es comparable con la que desataron Luis y Anastasio Somoza tras el ajusticiamiento de su padre, en 1956.

Las fotografías en las que sale René, sumamente enflaquecido, durante las audiencias de la Corte Militar que se instaló en 1976, son un testimonio de lo que este hombre sufrió: Somoza Debayle concentró toda su venganza a nivel individual, en la humanidad del combatiente sandinista, y a nivel colectivo, en las ciudades, campos y montañas.

Fue en esa respuesta de fiera herida que la Guardia Nacional ultimó en enero de 1975, a Mauricio Duarte, cerca del cementerio en Jinotepe.

Y sin embargo, René, igual que Ricardo, no pronunció más palabras que las mismas a sus verdugos: “Soy y seré militante de la Causa Sandinista”. Porque sabía que su liberación definitiva habría de llegar no solo para él, como aconteció con la Toma del Palacio Nacional el 22 de agosto de 1978, sino para todo el pueblo, el 19 de Julio del año siguiente.

Fue agente de transformaciones desde que salió de las aulas universitarias hasta los últimos minutos de su existencia, de ahí que fue un fiel integrante del Frente Sandinista, donde alcanzó los máximos grados de compromiso con el pueblo nicaragüense.
Sí, podrían irse otros, pero René no vaciló ni en los peores días del partido cuando solo eran unos cuantos, ni después de la derrota electoral.

Su firmeza implicó, en los años 60, la separación de su mamá, abandonar la carrera de ingeniería que le granjearía el éxito económico temprano, los planes de constituir en esos años de juventud, la familia con sus hijos que todos sueñan, o simplemente ir al cine.

Abandonó el presente, incierto en términos históricos pero donde tenía garantizada su seguridad personal, a cambio del mañana que empezaba con la dureza de la clandestinidad, la posibilidad de ser capturado solo por poseer un libro de Marx; por la real posibilidad de caer en combate como ya habían derramado su sangre otros guerrilleros.

Se fue movido por la certeza de un futuro que solo contaba al pie de su juramento, un sello irrevocable en esos años de Patria Libre o Morir, y ningún reclamo en el devenir, de tierras, lotes, casas, cargos o embajadas, en pago a su participación en la lucha armada. Fue un revolucionario de tiempo completo, con dormida adentro en las catacumbas del peligro.

Por lo que se advierte de su sentido de pertenencia a la organización que le vio nacer en su alzamiento contra las injusticias, ahí encontró su lugar y camino en el Universo donde mejor podía cumplir su trascendental misión: el Sandinismo. Ahí, además, creció con los mejores valores, y entregó al gran nicaragüense, al gran patriota que llevaba dentro.

Porque no odió ni se guio por el rencor, es parte del gran mural de Leonel Rugama; un poema escrito con su propia vida.
Ahora sí platiquen esto/ platíquenlo duro, Santos René está incluido en la lista con Augusto César Sandino, el Che, Miguel Ángel Ortez, Jorge Navarro, Selim Shible, Jacinto Baca, Julio Buitrago, porque vivió Como los santos.

Por eso y tantas razones más, por ser un sandinista sin fisuras, nunca desertó del FSLN.