I

Los conservadores del exterior –enclavados en el burdo esquema aún no superado de la Guerra Fría– contaminan con sus filias y sus fobias el periodismo, la academia o lo que por desgracia manipulen.

Es parte de su rutina establecer lastimosas comparaciones o recurrir a la distorsión cuando gobiernos latinoamericanos no reflejan su arrogante visión unilateralista del mundo, pero son “profesionales” si su temática se relaciona con las metrópolis y sus dirigentes.

Desde ese formato, consciente o inconscientemente, Miguel Bastenier, escribe en El País su ciencia de las pasadas elecciones de Perú. Y sin ningún rigor, acusa el “grave deterioro de la seguridad ciudadana, pese a que las cifras no llegan a las cúspides de criminalidad de países centroamericanos”.

Esta es una mezcla de discriminación con alguna media verdad, para saltarse olímpicamente los contenidos nacionales y deformar una región hasta la última letra publicada.

El seudoperiodismo, en tanto industria de la falsificación, implanta a su indefensa audiencia un cuadro aterrador. ¿Quiénes desearán admirar, en vez del Monte Kilimanjaro, “las cúspides de criminalidad de países centroamericanos”?

El articulista bien pudo referirse, con base en las estadísticas, a qué países se refería y establecer las singularidades. Pero Nicaragua no merece la atención de Bastenier. El saldo del gobierno sandinista es muy positivo para tolerarlo: 8 homicidios por 100.000 habitantes, una de las tasas más bajas de América. Y por la víspera se saca el día.

Para la derecha conservadora, aceptar la evidencia significa reconocer el Modelo de Fe, Familia, y Comunidad, y el profesionalismo de la Policía y el Ejército. Este consenso fructifica en una solvente seguridad ciudadana.

Con esa manera tan simplista de “ver” a nuestras naciones, de un plumazo borran lo que les fastidia, censuran los datos incómodos, trastornan los hechos que pueden sacarle punta y elaboran un escenario donde no hay objetividad sino un objetivo: perturbar lo que anda bien. Les estorba que vivamos en paz.

II

Veamos el efecto del apartheid mediático. Cuando los “periodistas” se refieren a Europa, no echan a todos sus países en el mismo saco. El “periodismo” tendencioso es para el “tercer mundo”.

Entonces dejan sus hiperalergias, de repente son imparciales y meticulosos: se acuerdan de que hay particularidades, diferencias, y si cada cabeza es un mundo, ¡qué no será un país entero! El caso Brexit únicamente fue el Brexit de Inglaterra.

Los medios de prensa, “ecuánimes”, nunca hablaron –con los decibeles de escándalo que dedican a los gobiernos progresistas– sobre los otros malestares colectivos en la Unión Europea como sufrir las secuelas de las guerras ajenas que inauguró Bush Jr., en la antigua Mesopotamia.

Además, se cuidan de no enjuiciar y condenar con locuciones peyorativas a los dirigentes del Viejo Mundo.

El tratamiento a la cúpula europea es decente y hasta de admiración: “…la canciller Ángela Merkel iniciará una inédita ofensiva…”. “Los tres líderes europeos (Merkel, François Hollande y Matteo Renzi) han comparecido a bordo del portaaviones…”.

Pero todo el candor aséptico de este impostado periodismo se quita la careta cuando infaman a los líderes de los países considerados de la periferia, ese “mal ejemplo” de “subalternos” en rebeldía. Es la nueva –el oxímoron es más que válido– vetusta mentalidad colonialista de siempre.

III

El excorresponsal de The New York Times, Stephen Kinzer, que se supone conoce Nicaragua y sus anales, no quiere salirse ni un milímetro de los moldes de Reagan y sus predecesores expansionistas.

Por esa razón, su predecible diatriba es celebrada por el pensamiento conservador domesticado, pero más por fallas de origen que por rebosar de originalidad.

Una prueba de su flagrante desprecio a la veracidad, a la Historia de Nicaragua y su inveterado rechazo a todo lo que represente el sandinismo, es la “idea”, fija por cierto, que tiene de los guerrilleros instruidos, organizados y comandados por Carlos Fonseca.

La lucha contra Somoza fue por la “deformada cultura política nicaragüense” y quienes se enfrentaron, con las armas en las manos, no eran patriotas sino “jóvenes matones callejeros”.

La imprecación es lanzada contra la generación que derrocó a Somoza y eso, está visto, le dolió hasta en las oscuras bajuras del alma, porque solamente desde esos meandros de la miseria humana se puede expeler semejante ruindad.

Hasta algunos representantes de la derecha opositora a Somoza demostraron una grandeza de espíritu, al denominar a los combatientes sandinistas “jóvenes idealistas”, y Nicaragua entera, “los muchachos”.

¿Qué corona tiene alguien para escarnecer la epopeya del pueblo nicaragüense tildándola de “deformada cultura política”?

Si es capaz de irrespetar la memoria de los héroes y mártires, a sus gloriosas madres y a los sobrevivientes, calumniándoles de “matones”, ¿qué más infamia no será capaz de supurar tal individuo junto a sus embelesados fans locales?

IV

CNN da pase a esta “profunda reflexión”: “Después una década de victorias en Latinoamérica, el bloque de países gobernados por líderes populistas como el de Nicolás Maduro, en Venezuela; Evo Morales, en Bolivia, y Daniel Ortega, en Nicaragua, están en retirada”, explicó Emanuele Ottolenghi el investigador de la Fundación por la Defensa de las Democracias (FDD), un Think Tank estadounidense con sede en Washington”.

Ciertamente, no se ahorrarán tramas ni epítetos en esta furibunda difamación a gran escala. A ese “gran trabajo” de repetir los consabidos eslóganes lo ensalzan de “estudio”.

Sin embargo, en todos estos ejemplos tomados al azar, no hay una memorable pieza analítica. Nada donde se palpen las huellas que dejan a su paso los ilustres sesos comprometidos con la exactitud, solo el vinagre de las obsesiones viscerales, fermentadas en la bilis de sus mismos prejuicios.

De ahí que un examen verídico nunca podrá construirse con la mala levadura de los refritos que las mismas empresas de la falacia reproducen: verbigracia, el peyorativo “populismo” o “matón”, cuya cepa hunde sus raíces en el infierno.

La paternidad es de Calvin Coolidge y Herbert Hoover para estigmatizar, con su dialecto imperial, al general Augusto César Sandino y su causa: lo llamaban “bandolero”.

Le siguió en turno el totalitarismo desinformativo de la CIA de Allen Dulles (1953) para marinar al gusto sus Golpes de Estados: el “régimen comunista de Jacobo Arbenz”, que luego fue “la administración marxista de Salvador Allende”, “el gobierno pro-soviético de…”.

Todo este léxico de marras, al día de hoy, está al servicio de los depredadores de la verdad, autonombrados “prensa independiente” y de algunos parlamentos, a falta de gorilas en los cuarteles.

Cada república es una realidad, no un eco de otras. Sus textos y contextos son irrepetibles. Etiquetar países, desnaturalizar los acontecimientos y liderazgos no es obra de un “agudo conocimiento” de la Historia y la dinámica social –como pretenden los apologistas de la propaganda chabacana– sino “la imposición de un lenguaje mentiroso”, diría mejor Eduardo Galeano.

La banalización del periodismo en manos de la decadencia conservadora es el fracaso mismo de repetir la vieja historieta, a falta de pensamiento propio.

Un oficio del engaño.