Ganar en cualquier parte del mundo es una aspiración normal desde Pacquiao, pasando por el desborde de talentos en los Grammy, las chicas de Miss Universo hasta los candidatos a la Casa Blanca.

En Nicaragua, la única que parece haber adquirido por Cédula Real del Rey Fernando VII, los derechos exclusivos del poder per saecula saeculorum, es la derecha, y no cualquiera, sino la ilustre: de los tres presidentes que se sucedieron desde 1990, solo el doctor Alemán fue aceptado a regañadientes  por la casta que ve la democracia como su último y más preciado latifundio.

Los derechos de la casta

Es la misma casta que confunde el estado de sus derechos con el Estado de Derecho, su periódico con la Constitución, su hermética Junta Directiva con la “voluntad popular”, la Institucionalidad con sus tradiciones decimonónicas, su verdad con la basílica donde debemos comulgar todos,  y su familia con la Historia: nacieron para gobernar.

Si se registraron algunas irregularidades el año pasado, nunca fueron del tamaño de aquellos basureros convertidos en urnas electorales, donde fueron a parar miles de votos en 1996. El segundo hombre de la Internacional Liberal, el escritor cubano español, Carlos Alberto Montaner, debió reconocer en medio de su (a) versión de los acontecimientos del 2011:

“Ganó, (Daniel Ortega) porque la oposición se presentó dividida y amargamente peleada”.

Emilio Álvarez Montalván dijo entonces a la agencia AFP: la “oposición es la responsable de su fracaso, debido a los conflictos internos y el fraccionamiento que enfrentan desde las presidenciales de 2006”.

Nótese que el agudo analista no se impresionó por el fotomontaje de “Pancho Madrigal”, sino que tomó toda la película desde el 2006, sin darle crédito a la banda sonora del “Jalisco nunca pierde, y cuando pierde grita fraude”.

Es claro que estos opositores nunca aceptarán los resultados electorales del CSE, ni nada que atente contra lo que el mismo Alvarez Montalván denomina, viendo al pasado, “estilo tradicional paternalista-autoritario del poder promovido y reproducido por las elites conservadoras granadinas”.

Precisamente este fue el modelo de facto que resucitaron de 1990 al 2007, reduciendo la Constitución a una extensión de su feudo jurídico político para darle visos de legalidad a la charanga con los bienes públicos, con el cuento del “Estado Facilitador”. El pueblo, según ese infeliz relato, es incapaz de administrar ferrocarriles, telecomunicaciones, salud, educación y un mejor futuro.

Cuando el país quiere sacudirse de los restos que aún quedan de la vieja sociedad conservadora, saltan sus hijos de casas, ofendidos porque se “violenta la institucionalidad”, ¿institucionalidad de quién?

“Todo fue hipocresía”


Pero el tiempo va descubriendo los cofres escondidos aunque sin tesoros. Una dolorosa confesión de Moisés Arana, a casi un año de la derrota electoral, describe cómo se urden las infamias que, luego, sus medios y organismos las convierten en inobjetables “verdades”, proyectándose como víctimas del CSE y del “régimen totalitario”.

“Soy MRS, vi en Bluefields la farsa de unidad política, fui candidato a diputado, aceptando el segundo lugar, sabiendo que no ganaría, pero creyendo que mi decisión aportaría al triunfo. Todo fue hipocresía, ausencia total de unidad, y el diputado ganador brilla por su ausencia, pobre hombre que no entiende la Autonomía. Era el hombre de Eduardo (Montealegre)”.

La última Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal, dirigida a la población católica, deja claro que el traje de demócratas usado en las plazas públicas y mediáticas, tal como los fariseos lucían su piedad, les queda demasiado grande:

“Igualmente los partidos políticos de oposición, que aspiran a llegar al poder, se debaten en luchas internas y descalificaciones recíprocas, que no tienen su origen precisamente en motivaciones democráticas, sino en la búsqueda de mayores espacios de poder y en ambiciones personales…no han logrado interpretar el sentir de la población, no renuevan a sus líderes y no ofrecen estrategias políticas alternativas claras que conduzcan a la elaboración de un proyecto de nación”.

¿Cómo hacer para que una de las fracciones de la oposición, la “ungida” por la élite de la Calle Atravesada en la Historia, gane? Habría que reformar la ley y pedirle a Roma una solución a este delirio de ganar al estilo Jalisco, para que los magistrados conviertan la “farsa de unidad”, las “luchas internas” y las “ambiciones personales”, en pan caliente para los electores.

Por lo menos el Bajísimo juntó piedras de verdad.