De los 25 integrantes del Comando Rigoberto López Pérez que el 22 de agosto de 1978 se tomaron el Palacio Nacional, solo uno, Edén Pastora, el Comandante Cero, era un hombre mayor (41 años). El resto eran muy jóvenes, una gran parte apenas habían superado la adolescencia.

Fue un operativo clave para derrocar a la dictadura somocista, ya que luego del exitoso operativo los cimientos de cuarenta años de dinastía empezaron a caer como piezas de dominó.

Esos muchachos habían abandonado todo por la causa sandinista. Incluso habían puesto en riesgo la integridad de sus familias, pues si se llegaba a saber que ellos eran militantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional, las represalias de la dictadura iban más allá de simples amenazas.

José Hermógenes Hernández, tenía 17 años cuando integró el comando, pero ya se había curtido en refriegas contra la guardia, sobre todo en su natal Monimbó, una comunidad indígena de Masaya asediada constantemente por su manifiesta oposición a Somoza.

Él recuerda aquella época con dolor, y al compararla con la Nicaragua actual, donde ya nadie tiene temor y donde se están llevando a cabo cambios sociales, económicos y de restitución de derechos nunca antes vistos, su mirada es la más viva expresión de una misión cumplida.

“Estamos viendo frutos. Si vos te fijás en esto, no era así. Esto no era así”, afirma Hernández, señalando un bonito parque en el Malecón de Masaya donde le entrevistamos en ocasión de este reportaje.

Este antiguo guerrillero expresa que ellos no pudieron disfrutar nada de esas cosas, lo de ellos era dejar la escuela y sumarse al combate.

“Nosotros tuvimos una madre y esa madre sufrió en carne propia la lucha de nosotros”, refiere.

“En el momento que nosotros pudiéramos ser descubiertos nuestras familias pudieran haber sido masacradas”, subraya.

Nicaragua vivía en constante temor

No obstante, eran riesgos que debían tomar, sobre todo cuando veían la enorme cárcel en la que Somoza había convertido a Nicaragua.

“Llegó un momento que la represión creció”, indica Porforio Jalinas, también oriundo de Monimbó.

“No podíamos salir porque la guardia te pateaba, te llevaba preso. No podías salir después de las ocho de la noche. Era como un estado de sitio que estabas viviendo en el barrio. Te sentías oprimido (…) En la mañana ya vos salías con miedo que te podían capturar y sin haber hecho nada. Eso motiva a nosotros a acrecentar la lucha”, recuerda.

Fue así que cuando a él le dicen aquel 22 de agosto de 1978 que el operativo para el cual había pasado meses preparándose sería tomarse el Palacio Nacional, donde sesionaba el congreso somocista, mandó al carajo el miedo inicial, empuñó su fusil y se dispuso a entregar la vida con tal de que todo saliera como estaba planificado.

Se está cumpliendo el programa histórico del Frente

Este monimboseño hace una reflexión sobre la guerra de agresión de los años ochentas que siguió al triunfo revolucionario y sobre los 16 años de gobiernos neoliberales. Es enfático al señalar que en algún momento el sandinismo tendría la oportunidad de desarrollar su programa histórico.

Al respecto, afirma que la Nicaragua de hoy no es más que la “verificación de los proyectos que se tenían para la Revolución”.

“Nicaragua sería un país súper avanzado ahoritita. Mirá en el poco tiempo que el Comandante Daniel Ortega de estar gobernando cuánto hemos crecido, cuánto se ha avanzado económicamente”, señala.

A los jóvenes les toca ahora

Para este ex mayor del Ejército, ellos ya lucharon suficiente, y que es a las nuevas generaciones a quienes les corresponde seguir forjando una Nicaragua mejor.

“Ellos deben de ser los que deben de estar al frente buscando cómo sostener esta Revolución y en cada puesto ser hombres honestos para que el país avance”, reflexionada.

En los jóvenes de aquella época no había mucho espacio para la aventura, y por tanto integrarse al FSLN más que nada era una imperiosa necesidad. Cualquier cosa era arriesgar el pellejo ante los desmanes de la dictadura.

Israel Ramírez tenía 24 años y ya era padre cuando se tomó el congreso somocista. Dice estar agradecido con Dios de que la juventud ya no tienen que sacrificar la vida por ninguna causa.

“El reto que tiene la juventud en la actualidad es consolidar este proceso que está llevando a efecto el gobierno a través del Compañero Daniel y la Compañera Rosario. ¿Por qué hay que consolidarlo? Porque esto es algo que nos da resultado, que nos ha dado unos resultados positivos y que los tenemos que cuidar celosamente porque si perdemos la frecuencia de esto, nos fregamos”, indica.

“Tenemos que decirle a la juventud que tiene que resguardar lo que nos costó a nosotros sangre”, asegura.

El dice que luchó por una mejor sociedad, y que hoy efectivamente Nicaragua es una mejor sociedad desde el ángulo que se vea.

“Estamos viendo el desarrollo del país, que se le está dando el lugar a la juventud, que el mismo pueblo está siendo testigo de los lugares de esparcimiento, de los programas que tiene el gobierno para ayudarle a la ciudadanía”, reflexiona.

Sin embargo, Ramírez llama a no abandonar la lucha porque “el gobierno no lo puede hacer solo”.

“Ya hicimos nosotros nuestra parte y ahora ellos (los jóvenes) tienen que seguir la secuencia para que sigamos disfrutando de mejores oportunidades”, refiere.

En ello coincide Eddy Olivares, otro de los participantes en la gesta. “El Frente Sandinista, el Gobierno Sandinista les está dando oportunidades para que se preparen (…). Se les está entregando algo que nos costó tanto. Nos costó tanto sacrificio porque andar en las filas del Frente en aquel tiempo era duro”, dice Olivares, quien al igual que el resto de sus compañeros no pudo prepararse académicamente, aunque ello no le despierta resquemores porque afirma que cuando ellos hicieron la Revolución fue sin esperar nada a cambio.