Un kilómetro antes de llegar al pueblo El Rosario, municipio de Murra, uno se desvía a mano izquierda y empieza a bordear la montaña a través de un camino donde a duras penas alcanza un vehículo. A poco menos de 1 kilómetro hay una pequeña casa y un corral. Hay que continuar 2 kilómetros más. Concluidos estos, el camino se ensancha, la montaña se yergue como un rascacielos y entre sus paredes se precipita majestuosa una enorme cascada. Es la cascada El Rosario, la más alta de Nicaragua.

La caída de agua es escalonada, pero en invierno es tan fuerte que literalmente se ha ido comiendo la montaña, desprendiéndole enormes rocas que a sus pies forman pequeñas pozas. Demás está decir la diafanidad de la corriente, la exuberancia de los árboles, el alegre cantar de los pájaros. Si no fuera porque éste es real, cualquiera diría que es un lienzo de El Edén.

Un anciano de tez blanca y con bigote espeso y quijotesco, levanta la vista y fija sus ojos hasta donde se alcanza a ver la cumbre desde donde empieza a precipitarse la cascada. Es un hombre sencillo, como todo campesino del norte de Nicaragua, sin embargo, esa mirada es de orgullo: la cascada está enteramente dentro de su propiedad.

Cascada El Rosario, en Murra, Nicaragua

Su nombre es Juan Antonio Moreno. Tiene 63 años, de los cuales 40 los ha vivido entre esas montañas. A su propiedad le llama Selva Morena, y si uno observa bien no hay nombre más idóneo, ya que contrario a los bosques de pinares que caracterizan a Las Segovias, en El Rosario la vegetación es densa y variada.

Cuenta don Juan que un grupo de escaladores llegó a medir la cascada y que al terminar el resultado eran 120 metros de altura. Para ponerlo en perspectiva, el Salto de la Estanzuela, en Estelí, tiene 35 metros, de tal forma que ésta es tres tres veces más alta.

Metido entre las montañas este señor no es ajeno a los cambios climáticos que experimenta el mundo y las repercusiones que está teniendo sobre la naturaleza. Afirma que para evitar que su cascada se seque, él no ha dejado de reforestar.

Cascada El Rosario, en Murra, Nicaragua

“Vale la pena cuidar el bosque. Yo he nacido con ese don de cuidar el bosque”, asegura.

“Por eso es que se ha mantenido (la cascada)”, subraya.

En su propiedad hay más de 100 manzanas de bosque virgen que también sirven de refugio a cientos de animales silvestres.

Cascada El Rosario, en Murra, Nicaragua

Turismo virgen

Contrario a otros lugares de Nicaragua, donde el desarrollo turístico va viento en popa, en este paraíso escondido además del paraíso mismo no hay absolutamente nada. No hay bancas, no hay ranchos, no hay restaurante, solo la agradable bienvenida de don Juan, quien abrió un pequeño sendero para subir hasta la cascada y robó un espacio al bosque para que los visitantes pudieran estacionar sus vehículos.

Don Juan ni siquiera tiene una tarifa de acceso. “El que trae cómo dar una recompensa la deja y el que no, siempre viene”, manifiesta.

Sin embargo, afirma que ya pronto empezará a cobrar.

Aún cuando carece de toda infraestructura turística, los visitantes han quedado maravillados no solo por la imponente caída de agua sino por el amor con que don Juan protege la naturaleza.

“Me han felicitado por el cuido del bosque porque si no hay bosque no hay agua, indica.

Cascada El Rosario, en Murra, Nicaragua

Un viaje de aventura

Llegar a la cascada no es nada fácil. Para dar una idea de cuán lejos está, basta decir que toma 2 horas y media el viaje en vehículo desde Ocotal, Nueva Segovia, hasta el valle donde se levanta el pequeño poblado de El Rosario. Desde Managua son 332 kilómetros de recorrido, 52 de los cuales son de tierra.

Estos 52 kilómetros representan una aventura por sí mismos. Discurren entre las crestas de las montañas, con profundos abismos a uno u otro lado, o bien descendiendo larguísimas cuestas en cuya parte baja están cortadas por riachuelos, para una vez atravesados tener que ascender nuevamente a las empinadas cumbres.

Cascada El Rosario, en Murra, Nicaragua

Es una Nicaragua de postales: ranchitos de adobe, campesinos en mula, carretas de bueyes, montañas cubiertas por la selva, los pinares, los cafetales, el ganado pastando.

En el camino no es común encontrar vehículos, y el transporte público con la cabecera municipal lo prestan camiones de altas llantas y fuerte carrocería.

Es una Nicaragua que poco a poco va desapareciendo. Sencilla, bella, de aire puro y gente trabajadora. Si este lugar no es el paraíso, le falta muy poco para serlo.