El 4 de abril es recordado por ser el día en el que fue asesinado Martin Luther King. Ocurrió en Memphis (Tennessee, EU) en 1968, cuatro años después de que le fuera concedido el Premio Nobel de la Paz.

Una noche antes de su muerte en un evento para apoyar una huelga de basureros negros, en el que sería su último discurso, les dijo que conseguirían “la Tierra Prometida”. Al día siguiente, por la tarde, en el balcón de su habitación del hotel Loraine, un solo disparo acabó con su vida.

Tenía 39 años. El asesino, un hombre blanco que se había escapado de la prisión, se llamaba James Earl Ray. Cuando se conoció su muerte, la rabia y la violencia se propagaron en forma de disturbios por más de un centenar de ciudades. Tras su deceso, su padre, un predicador baptista que le había inculcado los valores de la dignidad y de la justicia dijo: “Fue el odio en esta tierra el que me quitó a mi hijo”.

Aquella bala de rifle que le destrozó el cuello no mató aquel sueño de Luther King pues actualmente sigue presente en las acciones de millones de afroamericanos quienes han mediatizado el tema en EU y en el mundo con actos como el #OscarsSoWhite y la polémica participación de la cantante Beyoncé en el Super Bowl, el cual fue tildado de hacer apología al movimiento radical Black Panters, Panteras Negras.

Fuera del plano del espectáculo el movimiento Las Vidas de los Negros Importan, que nació tras la muerte en 2014 del joven negro Michael Brown a manos de un policía blanco en Ferguson (Misuri) y que tiene como lema “Manos arriba, no disparen”, también han hecho vigentes las demandas de Luther King.

Nació en una iglesia de Atlanta, en Georgia un 15 de enero de 1929. Fue un hombre profundamente religioso, educado por su hermano, su padre, su abuelo y un tío que eran predicadores.

Desde pequeño descubrió desde muy joven que él, su familia y quienes tenían la piel como ellos, oscura, pertenecían a una “casta inferior” en el orden blanco que les rodeaba.

Casi en todos los estados de EU, las escuelas, los restaurantes, centros de recreación, autobuses… hasta bebederos de agua eran divididos para dos: para blancos y para negros.

Fue su madre, Alberta Williams, hija también de un pastor de la Iglesia baptista, quien le enseñó que ese sistema de segregación no era el resultado de un orden natural, sino una condición social querida e impuesta por los hombres blancos.

Eventualmente Martin Luther King se convirtió en el dirigente más visible de las organizaciones por los derechos civiles que organizaron la marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad, el 28 de agosto de 1963 frente al Capitolio de Estados Unidos y al pie de la escalinata del monumento a Lincoln. Esa fue la manifestación más grande e importante que se haya dado en la capital estadounidense.

Ahí, el pastor y activista ofreció su más famoso discurso, que se recuerda por la frase “I have a dream”, en el que manifestó su voluntad y su esperanza de conocer un país fraternal. Ese discurso está considerado como uno de los mejores de la historia estadounidense

Aquella marcha marcó un giro importante en la lucha por la igualdad de los afroamericanos en Estados Unidos. Los estudiosos aseguran que la frase “Yo tengo un sueño” no fue escrita en realidad en el discurso, sino que el luchador social improvisó la legendaria línea.

Tomado de: Sin Embargo