Cuando en febrero de 1978 la comunidad indígena de Monimbó se insurreccionó contra la dictadura somocista, los jóvenes que enfrentaban a la Guardia no tenían con qué protegerse el rostro, así que recurrieron a las máscaras de cedazo para resguardar su identidad.

Esas máscaras de cedazo eran fabricadas por el artesano José del Carmen Suazo, quien no la pensó dos veces para entregar sus creaciones a aquellos luchadores por la libertad.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

Don José murió hace diez años, y hoy es su esposa Lucila Gaitán, de 63 años, y sus hijos quienes continúan el legado de compromiso revolucionario y artístico.

Su hija Gilma Suazo subraya que las máscaras tienen más de 50 años de fabricarse en Masaya, siendo su papá uno de los pionero. Manifiesta que primero eran usadas en actividades culturales y religiosas durante las fiestas patronales de San Jerónimo, aunque después se vio su utilidad al momento de enfrentar a la Guardia.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

“Esta máscara es el símbolo de la insurrección, los jóvenes la utilizaban para cubrirse el rostro en la guerra del 78, entonces esta máscara tiene un valor no tanto económico, sino todo lo que con ella lleva que es historia, es el valor revolucionario de tantos jóvenes que lucharon por una Nicaragua libre”, expresa.

Para Suazo, durante la insurrección la máscara fue para ocultar “el rostro de los oprimidos”.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

“Un día de tantos vinieron jóvenes que decidieron cubrirse y mi papá empezó a fabricar máscaras para ese fin”, señala.

“Esta máscara llegó a convertirse en lo que hoy nosotros conocemos como el símbolo de la revolución”, afirma.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

La Guardia le acusó de promover la insurrección

A raíz de la utilización de estas máscaras por los sublevados, la Guardia Nacional llegó a tachar a don José del Carmen como uno de los promotores de los levantamientos que se realizaban en Monimbó en contra de la dictadura.

Tan grave era la situación que no una vez la Guardia llegó a atacar la casa donde vivía la familia.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

Quedó plasmada como un recuerdo de la Revolución

Luego del triunfo revolucionario, el nombre de Monimbó quedó plasmado en la gloria y con ello el nombre del hombre que uso su arte contra la dictadura. Según recuerda doña Lucila, para esa época, el primer Gobierno Sandinista promovió bastante este tipo de máscaras y eran muchos los extranjeros que llegaban hasta su casa y se las llevaban como recuerdo de la lucha insurreccional.

Luego de la muerte del artista, fue precisamente doña Lucila quien decidió no abandonar este quehacer artístico y decidió poner en práctica lo que había aprendido de su marido. Hoy es ella quien con sus manos laboriosas da vida al símbolo de la insurrección de Monimbó y a otras máscaras también bastante populares como las de la comedia bailete “El Güegüense”.

Las máscaras de cedazo, un símbolo de la Insurrección de Monimbó

A la Guardia siempre se le ganaba

Don Julio Méndez, tiene 70 años, y vivió aquella época en que la efervescencia revolucionaria estaba en su máxima expresión en Monimbó. El explica que las máscaras eran usadas por los jóvenes ante el temor de que la Guardia del municipio les reconociera.

“Con esa máscara ellos se capeaban (cubrían su identidad) y ya no los reconocían”, subraya don Julio desde su pequeño taller, donde también fabrica máscaras, pero en su caso de papel, otra de las expresiones artísticas que no es ajena a los monimboseños.

“Aquí se pegaban unos grandes combates con la Guardia que no era jugando. Bomba con (contra) balas. Los combatientes con bombas y algunos que andaban su riflito, y la Guardia con sus rifles, pero siempre se le ganaba, dice don Julio, con ese orgullo de un pueblo que nunca se dejó someter por la Dictadura.