“Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana”

“Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar no lloro…
Y a veces lloro sin querer.”

“Carne, celeste carne de la mujer”
Rubén Darío

Con motivo de conmemorar el primer centenario del pase a la inmortalidad de Rubén Darío, la Embajada de Nicaragua en el Perú, que conduce, brillantemente, la poeta y cantautora Marcela Pérez Silva, organizó toda una semana dedicada al padre del Modernismo, a quien llamamos el Colón del verso, pues, en verdad, él “descubrió” América poéticamente.

Es decir y, sin reticencias, nuestro autor fue a España a enseñar a escribir poesía a los españoles. Darío llevaba el gonfalón del movimiento creado por él, el Modernismo, que fue una revolución absoluta que despertó a la lírica de la llamada “madre patria” -y a la de la lengua española en general-empantanada por un post romanticismo palurdo y sin pizca alguna de creatividad. Y allí mismo, en la Península, le surgió un discipulado en las figuras, nada menos que de Juan Ramón Jiménez – Premio Nobel, 1956- Valle Inclán, Manuel Machado, Martínez Sierra, Villaespesa, entre muchos otros.

Todos éstos, bajo el palio de Rubén Darío.- cuyo verdadero nombre fue Félix Rubén García Sarmiento- hicieron la renovación de la poesía en nuestra lengua, desde finales del siglo XIX (aparte de los modernistas latinoamericanos, entre los que sobresale el también universal, José Martí).

Nacido el l8 de enero de 1867, en Metapa, en el Departamento nicaragüense de Matagalpa, nuestro autor, conocido como el poeta niño, pues su producción empieza a los 13 años, tiene el signo del viajero y del cosmopolita (que será una de las características de este singular movimiento literario).

Su primer libro,. Azul, es de 1888, y apareció en Valparaíso; el segundo, Prosas Profanas, en 1896, en Buenos Aires, amén de varios más –prosa lírica, ensayos, cuentos- hasta llegar al cénit que nosotros consideramos Cantos de Vida y Esperanza, texto de 1905, impreso en Madrid.

El Modernismo rubendariano nace de una inteligente simbiosis de dos movimientos franceses, el parnasianismo y el simbolismo; del primero toma la forma perfecta, marmórea –con lo que coadyuvaba a renovar la desharrapada poesía española ad usum (no olvidemos que Parnaso es un nombre griego que evoca la perfección absoluta de la línea clásica, con lo que dilataba la forma poética que, nunca, después del Modernismo, volverá a su ramplonería de las épocas en las que aparecen Rubén y sus gonfaloneros). Del Simbolismo provienen la imagen sutil, la sugerencia y el fulgor infinito de la música del verso, a la manera de Verlaine, Mallarmé y Rimbaud, entre varios otros).

Por ello, la irrupción de Rubén Darío, con un verso elegante, sonoro, renovador en fondo y forma, dio como resultado que las mejores y más lucidas inteligencias literarias españolas, no tuvieran empacho alguno en recibir al hispanoamericano y su nuevo camino poético, y convertirse en una suerte de discípulos suyos.

Otro aspecto que ha despertado suspicacias y malentendidos es el esteticismo de Rubén y su movimiento: él mismo lo reafirma en el prólogo a Cantos de Vida y Esperanza: “Mi respeto por la aristocracia del pensamiento, por la nobleza del arte, siempre es el mismo. Mi antiguo aborrecimiento a la mediocridad, a la mulatez intelectual, a la chatura estética, apenas si se aminora hoy con una razonable indiferencia”.

Expliquémoslo: se trata de un respeto a la aristocracia del pensamiento, al sentido de amor por la belleza, frente al crecimiento incoercible del mal gusto y del reinado de la mediocridad, acompañantes del capitalismo y la burguesía en pleno surgimiento y hacia el apogeo.

Cuando alguien recordó el dicho nietzcheano “Dios ha muerto”( lo cual haría que los altares estuvieran vacíos) Rubén y los suyos pusieron, en esos altares solitarios, a la diosa Belleza, a la que le rendían culto permanente.

Que esto se llame esteticismo, y por qué no: aristocracia, sí, pero de la inteligencia, no de los títulos nobiliarios ni bancarios, que más bien engrosaban lo que, en inolvidable denominación, él mismo calificara como “el vulgo municipal y espeso”:

De este modo, expresa, el mismo, en el prólogo a Cantos de vida y esperanza, bajo el título de “Al lector”

“Cuando dije que mi poesía era ´mía en mí, sostuve la primera condición de mi existir, sin pretensión ninguna de causar sectarismo en mente o voluntad ajena, y en un intenso amor a lo absoluto de la belleza”.

“…voy diciendo mi verso con una modestia tan orgullosa, que solamente las espigas comprenden, y cultivo, entre otras flores, una rosa rosada, concreción del alba, capullo de porvenir, entre el bullicio de la literatura”.

Esa concreción de la belleza –pura e inútil- la halla en el cisne:

“¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello

Al paso de los tristes y errantes soñadores?

Pero esta belleza impoluta, que nimba gran parte de su obra creativa, se resume en su culto y su defensa del poeta y de la poesía:

“Torres de Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos celeste,
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!”

Pero si hay algo que Darío entiende y asume totalmente, es su amor por su Nicaragua nativa

“·Buey que vi en mi niñez echando vaho un día
Bajo el nicaragüense sol de encendidos oros…”

Y, asimismo, es por su condición de hispanoamericano, la que le permite escribir su inmortal diatriba contra Roosevelt, cuyos versos parecen escritos en/con la naturaleza levantisca de Nuestra América:

“Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español…”

Luego de delinear a los Estados unidos como “potentes y grandes”… hace el diáfano recuerdo:

“Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl…”

Esa América está presta para la resistencia (visión zahorí, prfemonitoria del gran poeta:

“…esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor:
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama. Y vibra: y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América Española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español…”

Darío, esteticista, polémico, denunciador del imperio (del naciente imperialismo norteamericano), es, en la inmensidad de su creación, asimismo, un inigualable poeta del amor, un enamorado del amor y de la mujer: Difícilmente alguien ha escrito –o escribirá- versos como estos:

“¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla
dijo Hugo- ambrosía más bien. ¡oh maravilla!
La vida se soporta,
tan doliente y tan corta,
solamente por eso:
¡roce, mordisco o beso
en ese pan divino
para el cual nuestra sangre es nuestro vino!
En ella está la lira,
en ella está la rosa,
en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de cada cosa.

“Cantos de vida y esperanza”, el último gran libro de Darío, nos conduce, de la mano, hacia la meditación filosófica, que es el non plus ultra de toda gran poesía (vid. Heidegger). Y que corona la grandeza inmortal del bardo nicaragüense y universal al que pretendemos acercarnos en estas frágiles líneas: Leamos, para hacer una pascana en el periplo por su inexhaustible legado poético:

“Hermano, tú que tienes la luz, dame la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.

Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentzs
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía…

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?”

Obviamente, el colofón indiscutible de esta poesía universal, se da en el conocidísimo poema ”Lo fatal”, cuyo dístico final lo dice todo, para el mundo entero:

“…y no saber adónde vamos,
Ni de dónde venimos…”