Su mamá, Suni Ruiz, aún recuerda el día cuando su pequeño Dixon declamó el primer poema. Contaba apenas tres años y fue una sorpresa para todos darse cuenta de cómo un niño de tan corta edad podía memorizar cosas con sólo escucharlas. Eran las primeras luces de un apasionado a la declamación, que con el paso del tiempo empezaría a ser conocido como “El Rubencito de Darío”.

Ese primer poema estaba dedicado a la madre y lo declamó en la escuelita “Santa Clara”, adonde su abuela, una maestra de educación elemental, lo había llevado como oyente. A partir de ese momento su rostro moreno, su vestir impecable, sus ojos chispeantes y su hablar intenso, fueron un elemento indispensable en las veladas culturales de la escuela y posteriormente en toda Ciudad Darío, ese trozo de tierra que vio nacer al Príncipe de las Letras Castellanas y máxima gloria literaria de Nicaragua.

Aunque se sabe muchos poemas, han sido, no obstante, las largas y complejas composiciones de Rubén Darío las que le han dado a conocer. En su repertorio podemos encontrar desde Cantos de Vida y Esperanza, a Los cisnes, Allá Lejos, Caupolicán o Pegaso. Nada mal para un niño que hoy tiene seis años de edad y que apenas ha culminado el primer año de la educación básica.

¿Que cómo ha hecho para aprenderlos? Ahí está lo extraordinario de esta historia: su mamá se los lee y él los va memorizando poco a poco y poniéndoles toda esa pasión de la que no todos estamos dotados.

Suni explica que el sistema de memorización es bastante sencillo, ya que una vez leído el poema procede a hacerle preguntas sobre si ha comprendido los versos y estrofas, para luego practicarlos hasta lograr comprenderlos.

“Yo se los leía y él solamente los memorizaba. Yo le decía: ‘¿Qué le entendiste?’ y él respondía. Es que el capta rápido, por eso sucesivamente se fue aprendiendo todos los poemas”, manifiesta esta joven madre de 25 años.

Fue esa capacidad de retención que llevó a Dixon a participar en el concurso municipal de declamación de poemas el 15 de enero del 2015 en la Casa Cuna de Rubén Darío, pocos días antes de la celebración del 148 aniversario del natalicio del gran poeta nicaragüense. En esa ocasión quedó en el tercer puesto, lo cual fue un logro sorprendente si se toma en cuenta que sus rivales eran niños mayores, que ya sabían leer y escribir. Dixon tenía 5 años y a duras penas iba a empezar el primer grado.

Su papá Dixon Ruiz, de 31 años, es barbero, y en su rostro se observa el orgullo de saber que su hijo puede retener las cosas más fácilmente que el resto de niños, e incluso que muchos adultos.

“El tiene una excelente memoria. No se le hace difícil aprenderse los poemas”, subraya.

“El también es excelencia académica. Es el mejor alumno de su clase”, afirma henchido de satisfacción.

Pero Dixon también tiene una faceta que no se aleja de lo que es hace un niño normal. En su casa, ubicada en el barrio Francisco Pastrán, él juega, grita, corre, ve dibujos animados, y pasa gran parte del día junto a su hermano Christopher, de 3 años, en las cosas propias de su edad.

A pesar de su corta edad, tiene nociones aceptables de la vida del Príncipe de las Letras Castellanas, algo que sin lugar a dudas responde no solo a su admiración por éste, sino al hecho de que a todos los niños de Ciudad Darío se les inculca desde temprana edad (mucho más que en otras partes de Nicaragua) la importancia de conocer a su hijo más insigne.

A la pregunta de si no le da nervios declamar, Dixon sale con una respuesta que da idea de cuan compenetrado está con su oficio de declamador: “No. Yo solo miro al público”.