La radical transformación del antiguo malecón de Managua en el Paseo Xolotlán tiene uno de sus pilares en la plaza que agrupa las réplicas de cuatro casas-museos vinculadas al general Sandino y el poeta Rubén Darío.

Gracias al plan modernizador de la ribera sur del lago Xolotlán, asiento de la capital nicaragüense, se replicaron varios de los lugares donde vivió el Héroe Nacional Augusto César Sandino.

La que fuera vivienda de su padre en Niquinohomo y la perteneciente a la familia de su esposa Blanca Aráuz, en San Rafael del Norte, corazón de las montañas de Las Segovias.

A Rubén Darío lo recuerdan en la humilde casa donde vino al mundo, el 18 de enero de 1867, en Metapa, y la casona de la ciudad de León, testigo de una parte de su existencia y asiento de su lecho mortuorio.

Ambas estás dispuestas como casas esquineras de una plaza compuesta por la intersección de dos trozos de calle pavimentados con la irregularidad de las piedras de río.

Las viviendas forman un conjunto armónico que dialoga con el paisaje -encandilado por el lago también llamado de Managua- y la arquitectura que mezcla sobriedad y magnificencia en el aledaño Teatro Nacional Rubén Darío.

Ayudan al sentido de comunidad en miniatura las leyendas que se hacen carne del alma nacional: el Príncipe de las Letras Castellanas, el general de Hombres Libres y la joven telegrafista de San Rafael del Norte.

AUGUSTO Y SÓCRATES

La planta de la casa del pequeño terrateniente Gregorio Sandino al primer vistazo da cuenta de una familia con cierta solvencia económica.

Allí convivieron el dueño, su esposa América Tiffer y la descendencia del matrimonio: Zoila América, Asunción y Sócrates, más su hermanastro Augusto, por entonces apellidado Calderón Sandino.

Una réplica de la estatua erigida en su pueblo natal al pequeño gran hombre que puso a Nicaragua en el mapa de la dignidad americana mira desde la amplitud del patio hacia la casona familiar.

En el comedor sobra espacio para la mesa de nobles tablones con su decena de sillas, en la cual no había lugar para el joven Augusto por su condición de hijo ilegítimo, cuenta el guía Luis Miguel Mendoza.

El dormitorio más pequeño de la residencia sí lo compartía Sandino con su medio hermano Sócrates, como si fuera un anticipo de la noche en que la vieja Managua los uniría en el martirologio.

Por las distintas habitaciones los objetos cuentan las nimias historias de la cotidianidad en la familia del cafetalero que cultiva sus tierras en la Meseta de los Pueblos.

De tal manera se integran al montaje museográfico el tradicional molinillo de café, el comal (recipiente de cocina tradicional usado como plancha para cocción), la escoba hecha con fibras de trigo, la piedra de moler maíz y el pichel esmaltado (especie de jarra).

También hay imágenes del Corazón de Jesús en el despacho del hacendado, y la Virgen del Carmen, patrona de ejércitos que vela por la paz en el aposento matrimonial.

AMOR EN CÓDIGO MORSE

En el frío pueblo de San Rafael del Norte, el Héroe de las Segovias encontró a la vez el sitio ideal para su puesto de mando y la calidez del amor, que nació y creció junto al telégrafo, el Internet de la época.

Desde la sala principal de la casa de los Aráuz, las manos de Blanquita -hábiles con el código Morse- coordinaban las operaciones del que luego el periodista argentino Gregorio Selser llamara "El pequeño ejército loco".

Por aquel salón, mezcla de tecnología decimonónica, cuartel y romance, se accede a la reproducción del hogar de una típica familia cafetalera del montañoso norte nicaragüense.

Fusiles Springfield y Remington, colgados como al descuido por quien regresa del combate, parece que aún humean pólvora cerca de la puerta que da paso a la habitación más amplia de la casa, convertida en galería fotográfica en orden cronológico de la vida de Sandino.

La imagen que culmina el recorrido visual lo muestra casi mártir ya, unas horas antes de su última cena, con el mandatario Juan Bautista Sacasa en el palacio presidencial de la Loma de Tiscapa.

LOS HOGARES DEL POETA

Las edificaciones que marcan las cotas de la existencia de Rubén Darío están arrimadas a la orilla del segundo mayor lago de Nicaragua, como si de sus brisas dependiera mantener viva la llama de la poesía colocó a este país en el atlas de la literatura universal.

Un cuero de vaca sin repujar hace de bastidor a la cama donde Rosa Sarmiento trajo al mundo al niño que iba a cambiar la dimensión del castellano en América.

El detalle resume la esencia de la casita, que de tan humilde emula con la de la habanera calle de Paula, cuna de José Martí, precursor también del modernismo hispanoamericano, pero sobre todo Apóstol de Cuba.

En la sala, también comedor, doña Rosa mira desde su retrato la escenografía de la época que completan una pichinga (botija) lechera, la mesa de cuatro taburetes, el quinqué, la jicarera, dos bancos rústicos y el cantarito, capaz de conservar fresca el agua que bebería el niño Félix Rubén García Sarmiento.

De las cuatro viviendas símbolos hay una señorial que es el duplicado de la que en León hospeda el museo y archivo del bardo.

La planta del edificio tiene forma de escuadra y en sus habitaciones abundan las réplicas de objetos hogareños y personales, libros, documentos y obras de arte, que tejen la historia del poeta, quien murió recién cumplidos los 49 años con una obra colosal en su haber.

En el interior de una vitrina, el traje de gala del diplomático nicaragüense que fue Darío ante el reino de España, parece listo para la próxima recepción.

La sala principal cobija una cama sofá similar a la que le obsequió al lírico el presidente de Guatemala Manuel Estrada (1898-1920), y un armario expone las obras que le consagraron en el Parnaso hispanoamericano, entre las que destacan ejemplares de Azul y Prosas profanas.

Mientras el Xolotlán aporta sus aires frescos y hace de gran telón de fondo, sobre el tablado de piedras de río está dispuesta la escenografía de la obra que en cuatro actos cuenta la épica de Nicaragua, la de las balas y la de los versos.