Cuando a inicios de diciembre del 2015 leyó en su correo electrónico que había ganado el primer lugar del concurso de audiovisuales sobre Prácticas de Manejo de Suelo por los Agricultores, convocado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), no hizo más que saltar de alegría, gritar, contarle a sus amigos y correr hacia su casa, donde el sentimiento de regocijo se expandiría tanto que terminaría fundiéndose en abrazos y besos con su mamá, su hermana y demás familiares.

Eduardo Martínez Bendaña, tiene 26 años y vive en Ciudad Sandino, y es un verdadero Orgullo Nicaragüense, no sólo por ocupar el primer peldaño en un certamen al que se presentaron 65 trabajos de todo el mundo, sino por cómo lo hizo. Su historia es una historia nacida de los sueños, de la necesidad, pero sobre todo de la pasión de informar, porque Eduardo es un comunicador: un comunicador comunitario, de esos que trabajan en condiciones limitadas para hacer de este mundo un lugar más humano, sin importar que la recompensa sea poca o nada.

Para producir “Una amiga de la naturaleza”, el documental que ganó el concurso de la FAO, Eduardo invirtió 1 mil córdobas (unos 35 dólares), 2 días de filmación, 1 de revisión y 2 de edición. ¿Fácil? Nada más lejos de la realidad. Él no tiene cámara, no tiene computadora, no tiene motocicleta y mucho menos carro, pero sí tiene amigos y mucho ingenio, el suficiente como para no detenerse ante el mar de limitaciones que le rodean. Para filmar el documental prestó una pequeña cámara fotográfica Canon Rebel T3i.

El proceso creativo de este documental es muy rico y llevaría decenas de páginas contarlo, así que limitémonos a decir que recibió la ayuda de un amigo, de una organización en la cual participa como voluntario, y de doña Dominga del Carmen Sotelo, una pequeña agricultora de Los Planes de Cuajachillo, quien no la pensó dos veces cuando en octubre del año pasado se le propuso ser la protagonista de un documental, el mismo que hoy la ha convertido en un símbolo a nivel mundial.

En busca de un sueño

Eduardo luce una camisola negra con la palabra “Nicaragua” en color blanco, un pantalón de hacer ejercicio, una gorra mitad negra y mitad marrón, y un par de chinelas. Cuando nos recibe en su casa, ubicada en el barrio Villa Nueva, de la Zona VI de Ciudad Sandino, de entrada lo primero que uno nota es su voz apasionada, su mirada soñadora y su inteligencia de primer orden.

No se necesita mucho para entrar en confianza y luego de unos cuantos minutos inicia el mágico viaje por su vida, sus experiencias y sus ideas de ser un gran cineasta comunitario, dentro de lo cual “Una amiga de la Naturaleza” es nada más que un paso en lo que él quisiera fuera una gran carrera.

Su método de trabajo es bastante práctico. Recuerda que los dos días de filmación él y su amigo salían a las 5:00 de la madrugada a bordo de sus bicicletas hacia la casa de doña Dominga, la cual dista unos 45 minutos de Ciudad Sandino. Antes de salir preparaban una botella de pinolillo, único alimento para la larga marcha y para las arduas horas de trabajo.

Es enfático al asegurar que no cuenta con ninguna herramienta para trabajar, disponiendo en cambio de sus conocimientos, su disposición y el deseo de producir.

Eduardo apenas ha concluido el primer año de comunicación social en la Universidad de Managua (UdM), paga mensualmente 30 dólares, una fortuna si se toma en cuenta los limitados recursos económicos de su familia.

En cambio, ha recibido muchas capacitaciones a lo largo de tres años, lo cual le ha llevado incluso a visitar la Escuela de Cine Comunitario de El Salvador.

Él practica karate, y asegura que tenía el sueño de algún día viajar fuera a representar a Nicaragua en campeonatos mundiales. Irónicamente fue la comunicación, otra de sus pasiones y en la cual no esperaba llegar tan alto, la que lo catapultó a nivel internacional.

“Fue algo muy bonito, me siento orgulloso de eso y también porque Nicaragua obtuvo buenos resultados en ese aspecto”, asegura este joven, cuyo trabajo tenía como objetivo plasmarle al mundo cómo los pequeños productores nicaragüenses y sobre todo las mujeres, trabajan con amor la tierra usando sus mismos elementos para poder sacar las cosechas.

“Me siento muy orgulloso de todo el trabajo y muy satisfecho porque también es algo que me apasiona, es algo que me gusta, me siento feliz haciéndolo”, indica.

Las ideas no deben quedarse en casa

Para él, llegar a conseguir logros como éste es el fruto de echar a volar las ideas y no dejarlas guardadas en casa.

Estas palabras son muy significativas si se toma en cuenta que este muchacho en no una ocasión ha tenido que abandonar sus estudios al no poderlos pagar; si se toma en cuenta que en su hogar -edificado con trozos de zinc viejo y madera, y piso completamente de tierra-, no existen las condiciones para educarse con la comodidad necesaria; si se toma en cuenta que hasta antes de ganar el premio –dotado con 3 mil dólares- estaba en veremos su ingreso al segundo año de su carrera universitaria.

Su primer trabajo y los vaivenes en la universidad

En este punto, hay que mencionar que la bicicleta con la que suele movilizarse para hacer comunicación comunitaria la adquirió hace aproximadamente cinco años.

“La compré con mi primer trabajo, trabajaba como guarda de seguridad, estaba en un negocio que se llamaba Hamburloca”, explica.

“Entré a la universidad hace tres años (...). El año pasado no estudié dos cuatrimestres por falta de dinero”, manifiesta.

El orgullo de su familia

Todo esto es de mucho orgullo para la familia de Eduardo. Eveling Bendaña, su mamá, no para de darle gracias a Dios por la bendición que le ha dado a su hijo.

“No hay palabras para expresar la alegría y la bendición que Dios le ha dado a él de haber llegado hasta el primer lugar al ganar ese concurso y poner el nombre de nuestro país en alto, a pesar que viene de una familia humilde”, dice sonriente Bendaña.

Isaura María Bendaña, tiene 24 años y es hermana de Eduardo. Reconoce el esfuerzo de éste para lograr sus objetivos.

“En las cosas que él hace pone todo su empeño y ya estamos viendo los frutos”, afirma.

Una mujer entregada a la tierra

Si la noticia del primer lugar a nivel mundial fue un regocijo en la casa de este joven comunicador, en la casa de Dominga Sotelo la sorpresa no fue menos mayúscula. Ella es una señora de mediana edad y a leguas se le nota que lo suyo es el trabajo de campo, ese que siembra amor en la tierra para poderle sacar sus frutos.

Doña Dominga encaja a la perfección con el perfil necesario para un documental como el que deseaba la FAO.

“La idea de este trabajo que hicimos en conjunto es que a través de la enseñanza y el aprendizaje que yo he obtenido (...),que todos y todas hagamos conciencia y tengamos esa idea de cuidar nuestro suelo, porque es lo único que nosotros tenemos en la vida”, enfatiza.

El huerto de esta señora tiene 8 metros de ancho por 24 metros largo en su totalidad, si se toma en cuenta otras áreas de su casa habilitados para la producción de hortalizas. Tiene aproximadamente 10 años de dedicarse a éste, y tanto amor le tiene a la tierra que recientemente se graduó de las Escuelas de Campo habilitadas por el Gobierno de Nicaragua para apoyar la capacitación técnica-agropecuaria en las comunidades rurales del país.

Pero no solo eso, su familia también ha recibido el Programa Productivo Alimentario, mediante el cual los protagonistas reciben gallinas, cerdos y alimentos para animales, y de esta forma convertirlos en sujetos del desarrollo económico nacional.

El trabajo de Sotelo es nada más un reflejo precisamente de todo ello, ese trabajo que ha llevado a la FAO a reconocer el valor de proyectos audiovisuales como el de Eduardo, así como también los esfuerzos de Nicaragua en la disminución de la desnutrición infantil y la lucha contra la pobreza.

Eduardo asegura que una vez que reciba el premio, compartirá parte de este con doña Dominga, con el amigo que le apoyó a realizar el documental, y con el resto del dinero comprará una pequeña cámara, una computadora. Su idea es hacer cine comunitario, ese que llena el alma y muy pocas veces los bolsillos.