Llegamos a la Casona del Café a las 3 de la tarde del domingo 22 de noviembre. Era necesario salir a dar una vuelta pues el día se prestaba para ello. Además; mamá tenía ganas de respirar aire puro antes de su cumpleaños, el 23.

Con mi hermana nos alistamos rápidamente luego que ambas regresaron a casa después de asistir a la iglesia, como lo hacen todos los domingos, pues ambas son mujeres de fe.

Luego de un almuerzo que para mamá fue delicioso en un restaurante de Altamira y en el que también participó mi novia, decidimos que la mejor opción para disfrutar el resto de la tarde, lejos del calor y el aburrimiento de casa, era la Avenida “De Bolívar a Chávez”; la mejor opción, no solo para nosotros, sino para centenares de nicaragüenses y extranjeros que no dejan pasar el fin de semana sin visitar el renovado viejo centro de Managua.

Personalmente yo no había visitado con total tranquilidad el lugar, como periodista siempre me tocó cubrir las expresiones de alegría de los visitantes, pero jamás lo había hecho sin cámara ni micrófono ni actitud de periodista. Así que tuve todo el momento para mí mismo y para compartir con mi familia lo que este lugar representa.

En primera instancia, el aire fresco que entraba sin obstáculos en la Casona del Café nos causó una enorme sensación de paz y de libertad; algo que fue coronado con los deliciosos cafés que probamos con unas rosquillitas somoteñas exquisitas que son evidencia de que en Nicaragua la gastronomía es uno de nuestros principales activos. ¡Con razón los turistas se van encantados de nuestro país!

CAMINAR NO ERA ANTES TAN PLACENTERO

Luego de quizás 1 hora en la Casona y el flashazo de varias fotos que nos tomamos para inmortalizar el momento apacible, decidimos recorrer la avenida. Una idea que al principio a mí no me parecía muy atractiva pues no soy el más atlético de los caminantes y honestamente me provoca una pereza muy grande, sobre todo, porque el Sol “estaba muy caliente” y la distancia se miraba bastante extensa hasta la costa del Lago de Managua.

Mamá no andaba los zapatos apropiados para caminar pero nos convenció para que “bajáramos la comida”. Y así partimos hacia el Paseo de los Estudiantes.

Caminar no era antes tan placentero y mientras los pasos eran más y más notábamos la enorme diferencia que es Managua con respecto a otras partes del mundo. Acá caminamos en paz, con mucha seguridad en cada rincón, con grandes proyectos que se levantan a nuestro paso y con una bien sentida intención de hacer de este espacio un lugar exigido para los fines de semana.

Por ende, “no se sintió la caminada”; además íbamos “de bajadita”. Así que la costumbre de este servidor de evitar caminar largas distancias quedó en el olvido porque el aire fresco, el tráfico que permitía hacer el recorrido sin peligro, tantas familias bailando, comiendo, participando en dinámicas en todos los tiangues, hacía que el cuadro fuese perfecto para encontrar en cada punto algo entretenido y digno de observar.

HISTORIA VIVA

Allá por el Tiangue “La Fe” había un par de señores que se dedican a tomar fotos a todos los que deseen posar con caballos a escala. Mi hermana, como bien es ella, bromeaba acerca de tomarse una pero continuamos con nuestro recorrido pues la tarde empezaba a avanzar y mamá quería conocer los museos réplicas de los grandes personajes de la historia nicaragüense como el General Sandino y su padre, de su esposa Blanca Aráuz y del Príncipe de las Letras Castellanas, Rubén Darío.

Y así llegamos al Paseo de los Estudiantes, donde el paisaje ameritaba un par de fotos con mi madre. Luego entramos a los museos y ella quedó encantada con los muebles de esa época y con la dedicación que se le puso a este centro de memoria nacional y heroica que está abierto a todos.

LA PEQUEÑA Y HERMOSA MANAGUA

La caminata continuó entonces, y yo recordé que jamás había visitado las réplicas de los edificios antiguos de Managua antes del terremoto de 1972. Entonces la cita era obligatoria y por eso los visitamos.

Junto con mi hermana quedábamos maravillados con tanto progreso que la fuerza de la naturaleza trajo al piso y comparábamos con la actualidad a nuestra capital. Señalando que por fin se está empezando a ver en Managua una pizca del progreso que había en ese entonces, con tantas inversiones y construcciones que nos hacen pensar que los buenos tiempos están llegando de nuevo.

El recorrido fue rápido y luego de muchas fotos decidimos despedirnos.

LOS CABALLOS ERAN REALES

Al pasar de regreso por el Tiangue “La Fe” nos asustamos al ver que los dos caballos, uno pequeño y uno grande, eran reales. Se movían y eran hermosos. Sus crines brillaban y se miraban robustos; listos para la foto. Tremendos ejemplares que, cuando pasamos primero, no hicieron ni un solo movimiento y por eso nos confundieron y pensamos que eran “de mentira”.

Pasó entonces el momento y nos dirigimos al Tiangue “Monimbó” donde mamá encontró unas fundas para almohadas muy llamativas, con diseños tradicionales que compró para un regalo que tiene pendiente para una de sus amigas de la iglesia.

En cambio yo, compré una camisola con la leyenda “Nicaragua” en el pecho que ahí mismo me puse para exhibir mis tatuajes y también sentirme un poco más fresco.

Era hora de irse. No sin antes pasar por los semáforos del antiguo cine “González”; donde, le relaté a mi hermana de 15 años que todavía pude ver una película, sin recordar cuál año, pero fue “Transformers”. Muy pequeño era para entonces.

Al tratar de cruzar la calle para abordar un taxi decidimos ser ciudadanos y utilizamos los nuevos semáforos. Claramente se indica que cuando se pone el verde debemos cruzar siempre pendientes del conteo descendente. Lo hicimos, otros no, pero todo salió bien.

Fue un día perfecto y lo compartí con personas que significan el mundo para mí; y lo más importante es que tuve la certeza de que esta paz que respiro cada día acá en mi hermosa Nicaragua, no la cambio por nada.

Regresamos a casa a las 6 de la tarde.

Erick Ruiz José
Periodista de política, economía e inversiones en TN8
Twitter: @Erick_Nicaragua