La Policía Nacional, así como el Ejército, se enfrenta a uno de los peores monstruos de la humanidad que deja rastros de cementerio al pasar y dolor por donde se introduce, y no escatima dinero, armas, hombres, medios técnicos, infraestructura, logística e incluso, publicidad para expandir su negocio de infierno: el narcotráfico.

Es una época cuando a los temibles señores de la droga los veneran en horario estelar con culebrones inspirados en sus tétricas biografías.

La decadencia es tal que ya se le abrieron las puertas formales del consumo popular para que a nadie se le ponga la cara roja de vergüenza, inventándole un “género”: la “narconovela”.

¿Cuántos niños y adolescentes no estarán siendo deformados en sus propios hogares y no en las calles como era antes “la costumbre”?

Y en esta industria inmunda, no solo las bandas del trasiego hacen su capital, sino también las musicales con sus narco-corridos, que a su vez “inspiran” nuevas producciones muy patrocinadas sobre los vendedores de la felicidad sintética.

Este es el mundo, como dice el apóstol Pablo, donde a lo bueno le llaman malo y a lo malo, bueno. Se exalta a los fabricantes de euforias postizas y placeres malditos, aun cuando hayan causado la muerte de quienes defienden a sus países de esta lacra como en Nicaragua; si se les enjuicia y castiga, aparecen unos dudosos defensores de oficio al margen de los intereses nacionales, para convertirlos en víctimas, desde algunos de los aparatos de poder fáctico.

Los devotos del “santo patrono” de la mafia, Al Capone, sin lugar a dudas, están de fiesta.

Contra esa bestia de varias cabezas, la Policía de Nicaragua, con un exiguo presupuesto, debido al tamaño de nuestra economía, es la que le toca librar la guerra en primera línea. Es un peligroso trabajo y el más despiadadamente agredido.

Sus hombres y mujeres han caído víctimas de estos poderosos criminales y aun así, el cuerpo policial no retrocede: defiende con su sangre la paz integral de la nación.

La Primera Comisionada, Aminta Granera, puntualizó: “14 Policías entregaron sus vidas este año por la seguridad de Nicaragua”.

Es una canallada que a pesar de los sacrificios de estos luchadores, levantando con sus vidas el Muro de Contención contra ejércitos altamente equipados del bajo mundo, paralelamente en 2015 se haya desatado una agresiva campaña, de elevado tono, contra la institución nacional.

La Policía, así, soporta un asedio desde distintos frentes de ataque. No solo el narcotraficante que embosca en recónditos lugares o dispara a mar abierto para proteger “el producto” en las rutas ciegas hacia el Norte, puede matar a un efectivo, sino los que a mansalva, disparan sus declaraciones patéticas, para tratar de darle muerte al prestigio del organismo que ha golpeado, hasta donde duele, al Crimen Organizado.

Es obvio que como cuerpo integrado por seres humanos, haya equivocaciones, errores, y hasta abusos por parte de algunas personas irrespetuosas de los valores que distinguen a la Policía Nacional. Sin embargo, estos hechos no son institucionales, ni tampoco aportan los elementos suficientes para que un político, disfrazado ayer de jurista, hoy de analista, mañana de experto “neutral” y hasta de “retirado del ejército”, distorsione la realidad y concluya, desde la derecha conservadora, que hay una “descomposición” en sus filas.

Ciudadanía los estima

La gente no ve en la Policía a un enemigo, por mucho que los operadores políticos del ala conservadora maquinen en esa dirección. En su pertinaz maniobra para desbaratar la institución, en la que se apuntan sin ningún rubor partidos pintados de oenegés, levantan falsedades como la demencial comparación con la Guardia Nacional.

La infamia de este género de espíritu está dirigida a la juventud que gracias a Dios no vivió esos tétricos días. Tanto era el temor de la ciudadanía a la genocida que un solo GN con un Garand era capaz de “poner en orden” un estadio de béisbol atestado de fanáticos. Con un culatazo, “dirimía” cualquier problema menor.

Recientemente, para el encuentro entre las selecciones nacionales de Nicaragua y Jamaica, la sociedad nicaragüense demostró su enorme confianza a estos garantes de la paz. Se anunció, públicamente, que serían asignados al Estadio Nacional de Fútbol, 300 efectivos policiales.

Lejos de desanimarse porque se iba a reconcentrar esa cantidad de “represores” para “amedrentar al pueblo”, como los difama la extrema derecha, asistieron unas 20 mil personas llenas de euforia verdadera. El único temor era que su Selección cayera ante los visitantes.

A la hora de ver el trabajo de la fuerza pública, el balance es más positivo. Nicaragua cuenta con un registro de 8.6 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que la convierte en la tasa más baja de Centroamérica y la tercera de América Latina.

Lo significativo es que una dama, Aminta Granera, dirige la Policía con notables éxitos, reconocidos además en el exterior, lo cual habla de la gran capacidad de la mujer nicaragüense.

Sus cuadros, como los efectivos, no se distinguen solo por los galardones o las primeras barras, sino su alto grado de humanismo. Ahí está, por ejemplo, Juan Valle Valle, uno de los recién ascendidos.

El comisionado Valle Valle, últimamente atacado por la extrema derecha, ha impulsado hasta donde puede, la recuperación de la dignidad de los “picaditos”, mientras estuvo de servicio en Tipitapa, y al parecer trasladó esta experiencia cristiana al populoso Oriental, con el “Sopón”, corte de cabello y limpieza.

Estos esfuerzos solo comparables con el amor al prójimo que desarrollan las monjitas de Madre Teresa de Calcuta, apenas es una ilustración de lo que hace la institución sin bombos ni platillos.

No por casualidad es la única Policía del mundo que fue fundada por un poeta, sí, el mismo escritor que alguna vez –me confesó– quiso ser un vendedor de metáforas: el comandante Tomás Borge Martínez.