Hay cierta prensa que ocupada por la derecha conservadora y no tan preocupada por respetar los derechos de la realidad, reclama, a tono con sus padrinos, la libertad de expresión y el pluralismo político. Lo paradójico es que con el cuento de “defender la democracia”, termina uniformando a los países, entintándolos de un solo color, a menudo gris perdido, según las conveniencias de la ocasión.

“Prensa libre”, “periodismo”, “medios independientes”, se autoproclaman. “Fábricas de opinión pública” los ubicó Eduardo Galeano.

Muchos diarios –algunos degradados en partidos impresos– integran la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP. Y en ese paquete que bien describió el maestro uruguayo, entra una que otra empresa internacional.

Es claro, no se fundaron para trabajar con la verdad como materia prima. Por algo sus lemas y eslogan recuerdan a los superhéroes de Marvel. Tampoco están ahí para distinguir un país de otro ni diferenciar sus culturas, sus matices, sus historias, en una deplorable simplificación “periodística” de mal informar y deformar todo lo que toca. No nacieron para dar lecciones de veracidad, pero sí exaltar a exponentes de su sector y condenar al que por prejuicios ideológicos detesta.

Este tipo de periodismo, si se le puede llamar así, con antecedentes que se remontan a la Edad del Gran Garrote de William Randolph Hearst, lo padeció a comienzos de los años 80 del siglo XX, el mismísimo Gabriel García Márquez, víctima de las noticias falsas que publicaban los diarios sobre su persona.

En 1983 contaba con “motivos de sobra para preguntarme con alarma hacia dónde va este periodismo apresurado y sin control ético”.

En víspera de la Navidad 2014 en Nicaragua, el corresponsal de una agencia despachó al mundo y al otro, la “noticia” de dos campesinos “muertos por la “represión policial”, durante una protesta contra el Canal Interoceánico. ¿La fuente periodística?, activistas contra el megaproyecto, entre ellos el jefe de la fracción radical del Partido Liberal Independiente.

Por supuesto, nunca hubo tales “muertos”. Empero, quien leyó la “información” en Europa, Japón, o Estados Unidos, consumió la mentira. Las “aclaraciones” posteriores, al final enredan más al lector, si es que llegó hasta la sección escondida de los “yerros” calculados. Golpear la imagen de los países que luchan por emerger con una visión incluyente y solidaria es parte del negocio.

La “prensa democrática” que “hace noticias”, es decir, las altera según los mandamientos de Hearst, dispone de depuradas técnicas de censura para administrar el silencio de las verdades indeseables. El despliegue no es similar cuando, con el afán de cuidar las apariencias, publica unos cuantos párrafos de misericordia sobre un evento real para concederle el derecho de existir.

O bien ignora todo lo que no se subordina a sus intereses pomposamente denominado “línea editorial”. Tan sencillo como eso.

Club del Ping-Pong

En estos días, en Managua, la pasarela mediática se ha instalado en las inmediaciones del Consejo Supremo Electoral. Ahí tenemos no un acontecimiento, sino una línea editorial en curso.

Una magra minoría de opositores cada semana viste de carne y hueso los números de desdicha registrados por las firmas encuestadoras desde 2011, un 8-9% de “apoyo popular”.

Nadie les discute la libertad de montar sus actos por lo que consideran no es bueno en ese poder del Estado. El problema, incluso, no es que los “líderes” de la ausencia colectiva, por sus pistolas, presuman ser “El Pueblo”. Lo grave es cuando algún medio transmite esas fantasías de historietas como historia verídica.

Así, en el exterior, es más fácil ver los países desde el mismo palco. Por ejemplo, con el título de “Se terminó la fiesta”, y utilizando las palabras de Enrique Iglesias, extitular de la Comisión Económica para América Latina, Cepal, se “describe a la perfección la actual coyuntura de Latinoamérica, no solo económica”.

A partir de ahí, la exageración: “los países de la región presentan en conjunto un panorama sombrío”. Con esta ligereza que asustaba a Gabito, se desarma un hecho para reordenar las piezas, apartar las inconvenientes por explicar demasiado bien el fondo del asunto y acomodarlas al gusto y antojo de los intereses, perdón, la línea editorial del medio. Es la fórmula eficaz: estirar el suceso puntual de una República y mezclarlo con las circunstancias nacionales de otra.

Según esta “prensa”, el narcotraficante Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán no solo es más importante que el México Lindo y Querido de siempre, sino que su fuga se equipara a la dramática situación de El Salvador: 58 masacres hasta el 11 de agosto, con un total de 220 víctimas, aparte de los 3 mil 828 homicidios hasta el sábado 22.

Pero una de las principales piezas que al menos justificaría una comparación, el ¿por qué? ni se menciona: el consumo diabólico de drogas en el Norte que alimenta las llamas de infierno en algunas áreas del Sur.

Codean una muchedumbre de Río de Janeiro con “la oposición (que) se manifiesta los miércoles para pedir unas ‘elecciones limpias’” en Nicaragua, a fin de “describir” una Latinoamérica convulsionada.

En el primer caso, los medios conservadores difunden con apasionamiento las “protestas” contra la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff.

Sin embargo, cuando recibe el apoyo de 35 mil mujeres en una ciudad y 60 mil en otra, sin reportar el respaldo en diversos Estados, no hay fotografías espectaculares, apenas algunas de medio cuerpo. Para los dueños interamericanos de “la verdad”, 100 o 200 personas “inconformes” en Nicaragua –país de unos 6 millones de habitantes– bastan: esa es “la noticia”.

Por eso, los “informes periodísticos” al exterior no mencionan cifras ni aproximados sobre la protesta en Managua, porque obviamente esa “manifestación” puesta en las calles de Washington o Bruselas, no atraería la atención de ningún periódico de High School.

Pero ahí está el escritor Carlos Alberto Montaner para ponerle la cereza “plural” al pastel del engaño multimedia: “Las calles de América Latina se han llenado de personas que protestan airadamente contra sus gobiernos. Las protestas son contra gobiernos de izquierda (Venezuela –el peor de todos–, Brasil, Ecuador, Bolivia, Chile, Nicaragua y Argentina); contra los de centro (Perú y México); y contra los de derecha (Guatemala y Honduras)”.

¿Qué ocurre entonces? Hay una disposición extrema de sobredimensionar unos incidentes, distorsionar otros, provocar algunos y reciclar al ping-pong sus mentiras, que para ello cuentan con su propio club de raquetistas: agencias, oenegés, partidos, medios partidos…

Y la elegante pluma de Montaner –hay que reconocerlo–, aunque suene a herejía entre la izquierda del siglo pasado.