I

Cuando el 24 de diciembre pasado la Policía restableció el orden en una vía de comunicación, cerca de El Tule, medios opositores y partidos deshabitados daban voces con frenesí que había “unos muertos”.

Después, que eran dos y, al no aparecer ningún familiar reclamando a los infortunados “deudos”, esos mismos órganos de propaganda política, oenegés incluidas, olímpicamente se “olvidaron” de las “víctimas mortales”.

Tal es su modus operandi, en este y otros episodios que alcanzan el clímax mediático, con el cálculo de una resonancia internacional.

Tanto ejercen la falacia que ya lo ven normal: ni siquiera tuvieron la decencia de solicitar el perdón público por llevar sus odios al colmo de subir al escenario de los escándalos, muertos indocumentados. La arrogancia no tiene por qué disculparse.

II

En estas últimas semanas, las posiciones radicales de nuevo se hicieron patentes: quisieron tender una cortina de desconfianza sobre las Cuentas Nacionales y Balanza de Pagos del Banco Central de Nicaragua, alegar cifras escondidas o alteradas; en fin, infamar que la suprema entidad económica le “jugaba sucio” al país.

Este eje político no es cualquier cosa. Se trata de afectar lo más sensible y de incumbencia general: la actividad económica es la sangre vital de una nación.

¿Adónde llevaría una campaña de esa naturaleza? Como se vio en el pasado y en otros países, no son las guerras ni la violencia las que desequilibran a los Estados nacionales: es en la producción, el trabajo y generación de riquezas el primer y último campo de batalla prefabricado. De ahí que la artillería esté emplazada hacia esos objetivos estratégicos.

Es por ello que esta paz en construcción pero tangible, trata de ser revertida –por el efecto perturbador de los termocéfalos que les importa un bledo Nicaragua– en un drama ciudadano, como primera parada, que conduciría a la terminal de una “grave situación económica”. De ahí a “recuperar la democracia” –en la jerga del bajo mundo de los golpistas– solo media escoger la ruta del regreso.

III

Los organismos financieros internacionales, inversores y los centros de investigación nacionales, avalaron las informaciones del BCN, y revalidaron su confianza en la institución.

El Consejo Superior de la Empresa Privada y la Cámara de Comercio Americana de Nicaragua (AmCham), por vías distintas, fueron más allá, previendo lo que ya venía en el paquete, el “Plan B”, por si fallaba el ataque: que se hizo por “la democracia, que es parte del ejercicio ciudadano, que la crítica es necesaria, bla, bla…”.

Pero una democracia y su economía no se fortalecen con el cinismo. Se las destruye.

El presidente del Cosep, José Adán Aguerri, en un editorial, expuso que “…el potencial de daño al país, a las empresas, a la población en general es enorme cuando vemos cómo de manera irresponsable, con base en una burda manipulación de unos pocos, se pretende vender que las cifras que presenta el BCN están mal, han sido maquilladas o han sido manipuladas para presentar mejores resultados”.

Lo que sucedió es que el BCN estaba actualizándose, auspiciado por el Fondo Monetario Internacional, con la misma metodología aplicada en la región a fin de disponer de una herramienta de alta definición para el sano ejercicio de las operaciones atingentes a una solvente economía nacional.

En abril, antes de la llamarada de tusa politiquera, el representante del FMI en Managua, Juan Fernando Zalduendo, adelantó: “las cuentas nacionales tratan de representar el cien por ciento de la economía y el cien por ciento del empleo”.

No había por qué armar una alhacara si de economistas enfocados en su ciencia se tratara.

IV

Ni en sus peores pesadillas, los extremistas conservadores pensaron que el Frente Sandinista, de nuevo en el poder, podría gerenciar con éxito la administración pública. Apostaban todo lo contrario. Era asunto de esperar.

Hasta 2006 se consideraron los únicos que tenían “el mandato divino” de dirigir Nicaragua. Sin embargo, la convocatoria del presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo al modelo tripartito de alianza y consenso con la empresa privada y los sindicatos de los trabajadores, los sorprendió.

Los agoreros del desastre no vieron cumplidos sus funestos presagios. Como siempre, las cuentas de la Lechera salieron mal. Por eso, en vez de “esperar”, había que “acelerar” algo, disfrazado de “periodismo independiente”, “institucionalidad”, “derechos humanos”…

De ahí que la alianza por enrumbar mejor a la patria es cuestionada por políticos de la vieja guardia conservadora que enfilaron sus baterías para desprestigiar a los empresarios y satanizar cualquier acercamiento con el gobierno. ¿El pecado? No haber descapitalizado las empresas, no alinearse a la desestabilización, votar a favor de Nicaragua y no de políticos nacidos en los sarcófagos de la Guerra Fría.

Roberto Sansón, presidente de AmCham, radiografió el hábitat de perdición de la minoría que, por todos sus medios, trata de impedir el desarrollo de Nicaragua:

“Hoy en día en Nicaragua, con tal de decir que algo está malo, se sacan comentarios fuera de contexto, se cortan frases, se manipula contenido, se tergiversan titulares, se dice que ‘se escuchó, se oyó o se piensa’, es decir, se echa mano a todo tipo de subterfugio para lograr el objetivo de desacreditar y muchas veces se cae en los mismos errores que se quieren señalar”.

V

Este es el ala conservadora que en el pasado le impidió volar a Nicaragua. Lo mismo fabrica un descalabro económico de papel como un par de campesinos muertos el 24 de diciembre, “por culpa del Canal”.

Eduardo Montealegre, aunque sin interesarse en el detalle elemental y tan humano de preguntar nombres ni domicilios adonde enviar las coronas fúnebres, al menos mandó por Radio Corporación “Mi pésame a la familia de los fallecidos y todos los heridos. Es lamentable lo que ha pasado”.

Para ser las primeras condolencias postizas que se ofrecen en Nicaragua a parientes inexistentes de muertos imaginarios en El Tule, no está del todo mal.

Al fin y al cabo, un líder ficticio nada tiene que ver con la realidad.