El Lago Cocibolca no solo está compuesto de islas e isletas, archipiélagos y volcanes: ahí está el espejo de lo que somos y lo que aspiramos ser; ahí bogan nuestros pensamientos o se hunden, ahí está nuestra historia y van nuestros sueños, sea a la deriva o a la grandeza, que eso es de cada quien y hasta donde le llegue su fe en lo que puede dar el nicaragüense.

No hay puntos intermedios: navegación o naufragio, éxito o fracaso, el-no-se-puede o la pregunta clave del comandante Daniel Ortega para el desarrollo de Nicaragua: “¿Qué hacemos para ser mejores?”.

Fuimos entrenados como pueblo de traspatio, sin la remota posibilidad de respirar una decisión nacional más que de transpirar los memorándum de los Estados Unidos de Wilson, Coolidge, Hoover, Roosevelt, Nixon y aún de Bush Jr.…

Nuestro inicial sacrificio no lo sufrieron tanto los hombres, que es lo que nos instruye la cultura machista. Lo más despiadado fue el derramamiento del honor de nuestras doncellas: el mestizaje que sacó del apuro a los españoles. De ahí, al parecer, proviene nuestra primera resolución: haber confiado que solo los peninsulares, hombre y mujer, y sus hijos, los criollos, conservaban el pan ácimo de la verdad porque nos hablaban con su religión. Siendo blancos, igual a los santos de las iglesias, su decir, blanco debía de ser: eran los dueños de la palabra. Los impuros fuimos educados solo a escuchar.

A los adelantados de la Corona les correspondían los bienes terrenos y al resto, al pueblo, mestizos, mulatos, indios, zambos –paganos, pues–, la resignación. Ese fue nuestro inaugural Himno Nacional: aceptar todo como viene, mirar y no tocar; mejor hincarse, no vaya a ser y sea parte del Altar y nos hallen peleando contra Dios.

Y contra “dios” se enfrentaron Diriangén, Andrés Castro, Rubén Darío, Benjamín Zeledón y Augusto César Sandino.

Nos entrenaron a confundir la voluntad de Dios con la de ellos, los que no lo tomaron en cuenta a la hora de aplastarnos, pero sí tuvieron la gentileza de democratizar su adoración, que ya no era exclusiva de la parroquia: el Cabildo Real, el Gobernador Tastuanes y después, con la Independencia, a las estirpes que prolongaron la Colonia por otras vías, y con el tiempo a la Legación (Norte) Americana. Ellos eran el pensamiento: a nosotros nos correspondía creer y obedecer.

Carlos Fonseca y Tomás Borge fueron enormes desobedientes.

Y para algunos, aun provenientes de las ciencias, el conformismo en su tono colectivo, es emocionalmente su principal e inconfesado artículo de fe. No lo aceptan racionalmente, pero su conducta, su praxis, está amarrada al determinismo de que Nicaragua está hecha no de gloria, sino para perder; de que lo bueno de la vida es cosa de otras razas y pueblos, y en eso, nada tenemos que ver…

Más he ahí un espléndido regalo del Altísimo, el Lago Grande, recordatorio del destino superior de Nicaragua que su pésima clase política a lo largo de la historia se lo ha impedido.

Disponemos de la más idónea estructura geomorfológica en América, apta para la misión de Nicaragua: contribuir a unir el mundo. Y con el mejor recurso humano: el pueblo en sus amaneceres de luz, como dice la intelectual sandinista Rosario Murillo.

Hasta un pensador conservador echó en cara a su clase el espíritu pusilánime, porque El Cocibolca no fue creado para desperdiciarse con el atraso, o únicamente visto como el paisaje bucólico que los pinceles primitivista de Solentiname se encargarán de exportar, y menos todavía ser el sumidero a brisa abierta de los vertederos municipales y la actividad agropecuaria.

“El Lago alimenta el sentido de la aventura, da el impulso para arrastrar el peligro y lo desconocido frente a la timidez y la rutina del campesino. Contrapone al rancho, la nave. Contrapone a lo seguro, lo temerario. Contrapone a lo conocido, lo extraño. El agua es destierro; exige un abandono de la seguridad, un desasimiento de lo terrestre para vivir la maravilla de la aventura”.

Esto escribía, en el lejano 1967, Pablo Antonio Cuadra, en “El Nicaragüense”.

El sometimiento tan profundamente arraigado –del cual no escaparon los que alguna vez se identificaron emocionalmente con el sandinismo– los lleva a confundir Nicaragua con lo que deparan sus almas: otras naciones podrán salir de la pobreza, “no este paisito de…”.

Aprender a ser Nicaragua

Aprender a ser país, a ser República, a no esperar la seña de la potencia o de los organismos de presión, a los que con tanta pasión se postraban los conservadores y vecindades análogas; aprender a darle un rumbo nacional a Nicaragua, aprender tan solo ser nicaragüenses va más allá de los rituales de septiembre.

La actual dirigencia de los Estados Unidos se retira del papel nocivo de ser la policía imperial del mundo. Incluso, de acuerdo al Secretario de Estado, John Kerry, se dio vuelta a la malhadada página de la Doctrina Monroe.

Empero, en la metrópolis hay ultraconservadores que reclaman el retorno hegemónico, es decir, la ausencia de democracia que exige un poder global totalitario, erigido sobre los escombros de las libertades y otros valores de la cultura occidental que provoca toda arrogancia unipolar.

Resulta más fácil para una gran nación como los Estados Unidos abandonar su pecado original, el Imperialismo, a esperar que en los territorios otrora avasallados, la arrodillada clase política y los herederos de las castas coloniales se yergan con relativa sencillez.

Por inercia, la infame reacción en la periferia es la degradación de la nacionalidad: asumir, interpretar y actuar desde una mentalidad de patio trasero, considerándose, por si fuera poco, la epifanía de la verdad.

Pensar por cuenta propia y peor decidir, para estos sectores es una blasfemia. De ahí que solo desde el general José Santos Zelaya, liberal doctrinario, hasta el Frente Sandinista, con el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, es que el tema del Canal Interoceánico adquiere la relevancia propia de su magnitud. Es que somos mares, Pacífico y Caribe, y también lacustres.

El fundador del Frente, Tomás Borge –gracias Comandante por sus lecciones de amistad y gratitud–, decía que había dos Pablo Antonio Cuadra: uno grande, el poeta; otro pequeño, el político.

Coincidamos pues con PAC, el grande, cuando hace 48 años exhortó a pensar en “la tragedia del aburguesamiento de Nicaragua que parece haberle dado la espalda al Lago y a la Aventura”.

Y he aquí algo más que una aventura.