Nadie podrá borrar las sospechas, pero nadie podrá cuestionar los méritos. Con una estela percudida en Cuartos de Final y Semifinales, por las torpezas arbitrales, México se lava las manos como Pilatos con una victoria incuestionable, contundente.

3-1 sobre Jamaica. 3-1 para coronarse campeón de la Copa Oro, décima en su historia (considerando las ganadas en la ex Copa Concacaf). 3-1 para visar su derecho a confrontar a Estados Unidos el 9 de octubre, en el Rose Bowl de Pasadena, con el boleto a la Copa Confederaciones Rusia 2017 de por medio. 3-1 que reivindica a un equipo opaco que, finalmente, montó el carrusel de la historia y de la histeria a los 68 mil 930 espectadores en el Lincoln Field de Filadelfia.

Con una acuarela violenta de Andrés Guardado, el hombre y capitán consistente del Tri en esta Copa Oro, México dominó impecablemente a Jamaica y en el marcador encontró la soliaridad de 'Tecatito' Corona y Oribe Peralta.

Mención aparte, el trabajo de Jesús Dueñas, liberando de angustias y desesperación al mismo Guardado y a Jonathan.

CARTAS CAMBIADAS...

Asumieron el rol. Saltando a la cancha, Jamaica decidida a enredar la madeja y a montar su laberinto. Y México con la misión de desenredarla.

Fue laborioso. Porque los antillanos redujeron la cancha, terminaron por presionar hasta encimar líneas en el mismo equipo mexicano, que tardó en reaccionar. El 'Piojo' lanzaba señales desde la banca, como coach de tercera. La mímica fue organizando funciones.

Cuando México equilibró, la lucha extendió la zona de conflicto y el Tri encontró espacios. Se sacudía la telaraña confusa del adversario, especialmente cuando Andrés Guardado exigía la pelota y permitía incluso que Jonathan o Dueñas le rebasaran en su línea de juego.

Y entonces, Jamaica se volvió en sinodal, más que adversario. Más en dique que en avanzada. Lo único que los hermanaba ya era la paciencia, con uno queriendo provocar el error y el otro agazapado esperándolo.

México rompe finalmente la armonía en el marcador y la monotonía en la cancha. De entre la modorra de un juego tenso y asfixiante, sin espacios, el alarido despierta la pizarra. Después de decenas de pases equivocados, con direcciones incorrectas, Paul Aguilar encuentra la precisión magnífica de tiempo y espacio.

Y la cita es inmaculadamente perfecta. A segundo palo, sin guardián, diseñando, paladeando con fruición el remate, aparece Andrés Guardado.

El bestial remate encuentra de cómplice la docilidad de la pelota: el proyectil penetra en ese limbo donde nunca llegan los arqueros, arriba a la derecha de Ryan Thompson, quien es una efigia atónita de incredulidad. 1-0.

Y entonces México sume el control. Le pone cascabeles a la pelota. Y patria potestad sobre el juego. Jamaica intenta. Aprieta sobre la pelota y sobre el cuerpo del rival. La rudeza que había presumido haber exiliado Schaefer, apareció reiteradamente. Había dicho en conferencia de prensa: "Mi equipo es feliz si tiene la pelota". Había perdido el balón y la sonrisa.

Con esa distancia, el reposo encuentra a una afición mexicana más ansiosa que angustiada, más esperanzada que confiada.

TIRO DE GRACIA...

Si Winfried Schaefer sacó un antídoto de su cofre de improvisaciones, 'Tecatito' Corona se lo malogró antes de que su equipo intentara protagonizarlo de la teoría a la práctica.

El mexicano despoja a Hector de la pelota, los jamaicanos piden falta. Aguilar Chicas guarda silencio. Y 'Tecatito' embiste. Amaga sobre Morgan, quien titubea y pierde. Con el horizonte abierto, el disparo raso, cruzado, mañoso, se mete pegado al poste de Thompson, quien esta vez añade el lance a la mueca de dolor. 2-0. Minuto 46.

En menos de 60 segundos, Jamaica se entera que la adversidad se duplica. México atraganta a con sobredosis de Valium a la pelota. Y narcotiza el juego. Jamaica se desespera. Porque, según su DT, sin pelota no es feliz. Y el Tri lo sabe.

En esa paciencia desesperante, en ese cinismo insultante de jugar con las neuronas y las hormonas del adversario, México encuentra el tercero, pero, de nuevo, con otra torpeza de Héctor.

'Tecatito' abre a la derecha sobre un arribo forzado de Aguilar. Pero controla y con servicio descompuesto encuentra complicidad en Héctor, a quien se le escurre la pelota, franca, dócil, entre las piernas. La pelota queda inerme, incitadora, hambrienta de red. De las que Oribe Peralta no desperdicia. 3-0, al 60'.

Con el marcador holgado y la reiterativa leña sobre Guardado, el cambio era inevitable. Al 62', 60 mil almas se ponen de pie, revolotean banderas, corean el nombre de su capitán, castigado por la desesperación e impotencia jamaiquina. Torres Nilo al relevo y Layún a media cancha.

La historia parecía definitiva para entonces, pero Jamaica encuentra un respiro en un contragolpe que capitaliza entre las arteritis de la zaga central. Primero recorta a Maza Rodríguez, quien termina como estatua contorsionada y distorsionada, mientras Reyes y Aguilar barren tarde, mientras Mattocks fusila cruzado a Ochoa. 3-1.

Con México desperdiciando oportunidades, Joel Aguilar Chicas determina el final, ante el estallido colosal de los 68 mil aficionados.

México no dejaba atrás las perversidades arbitrales, pero en el momento de cumplir sus obligaciones, su rectitud quedó, como equipo, como selección, intocable, inmaculada.