Lo acontecido en un sector de Las Jagüitas obviamente fue una falla de los encargados de la Fuerza Operativa Antinarcóticos. Las autoridades correspondientes sabrán instruir mejor a sus oficiales para jamás repetir estos hechos.

No se puede detener a ningún conductor en un oscuro y encerrado lugar, en una hora inapropiada, y, por si fuera poco, disparar irresponsablemente contra el vehículo si, por simple lógica, un ciudadano decide no acatar la señal de alto.

Hasta los mismos policías, de civiles, hubieran actuado igual si unos tipos se ubicaran en una zona no conveniente para revisar documentos o cualquier tipo de control. No portaban bastones lumínicos, que a la postre no constituían ninguna garantía –en un paraje propicio para cometer actos reñidos con la ley– de que fueran policías.

Se entiende que un cuerpo especializado cuenta con un protocolo para actuar en el montaje de un operativo. No se puede salir de una estación “a lo que salga”.

Sin embargo, no es juicioso acusar a la Policía Nacional por lo que unos agentes de un determinado departamento, y no todo el departamento, perpetraron el sábado, con saldo de tres muertos de la familia del señor Milton Reyes. Tampoco lo es colocar en la bandera mediática una enrevesada especulación con tintes políticos, para ensuciar la institución como si sus efectivos salieran a disparar a mansalva.

Hay que recordar, quiérase o no, a los grandes consumidores de droga en el Norte. El desembolso de cuantiosas cantidades de dinero convierte a Centroamérica en corredor del crimen organizado.

Mientras se promueva la cocaína, concediéndoles en ciertas películas una imagen heroica a los narcos y pagando lo que sea por obtener “consuelos químicos”, como decía Eduardo Galeano, el reguero de víctimas seguirá.

Para que el alcaloide llegue a las narices del hijo de una celebridad o que el vanidoso cantante siga “inspirado”, soltando miles y miles de dólares en fianza por posesión de estupefacientes, antes los capos sobornaron, mataron, derramaron sangre, crearon bandas de sicarios, financiaron maras y pandillas, ajustaron cuentas… Y otros, en la lucha contra el flagelo, cometieron fallas graves.

Aunque solo son culpables los ejecutores del acto, los demás policías que interactúan con la población o estén asignados a delicadas misiones, deben permitirse revisar sus procedimientos.

Son seres humanos, por tanto, susceptibles de cometer errores. Cuando salen, saben bien que no los están esperando con flores. Por lo mismo, es necesario comprender que no todos son aptos para desempeñarse en una difícil labor, si a la hora de la hora, su estado emocional no es el óptimo para estar a la altura de las circunstancias.

Los de siempre

Ninguna policía del mundo está exenta de escribir páginas desdichadas en su historia, por la actitud de algunos de sus miembros. No hay fuerzas de seguridad perfectas.

Los disturbios raciales en los Estados Unidos se originaron, precisamente, por la reiterada acción criminal de algunos agentes policiales de raza blanca en contra de ciudadanos afrodescendientes. Ferguson es un caso emblemático. No obstante, sabemos que no es ese el espíritu de la Policía de los Estados Unidos; que la actuación personal de elementos racistas no reflejan los valores de la institución pública.

En Nicaragua voceros de la fracción del Partido Liberal Independiente de Eduardo Montealegre, sus admiradores de otras siglas desamparadas y oenegés, a falta de programas y planteamientos creíbles, irrespetaron el duelo familiar para sacarle ventaja a la desgracia que también envuelve a la Policía Nacional.

No es “casual”, porque desde hace rato impulsan una campaña de descrédito sistemático contra los garantes del orden. Hoy la Policía se encuentra ante dos frentes abiertos de ataques despiadados: el crimen organizado y los políticos de la minoría. La diferencia es que la Policía no considera enemigos a los partidos, sea cual sea su ideología.

En la ardua y larguísima lucha contra los cárteles, la institución ha llamado la atención internacional por erigirse en un muro de contención, a pesar del bajo presupuesto, lo reducido de sus integrantes y los pocos medios técnicos. Amén de los altos índices de seguridad ciudadana.

Toda esa eficiencia ha contribuido con la juventud no solo nacional, sino de otros países. Pero esos logros no son gratuitos: costaron las vidas valiosas de oficiales caídos en el cumplimiento de su deber. Es una canallada que por viles cálculos partidarios se “olvide” y desprecie tanta sangre ofrendada a la patria.

Una cosa es la sincera indignación de muchos, y otra la de los partidos deshabitados y ciertas oenegés que anteriormente se aprovecharon de los adultos mayores, de los campesinos de El Tule y zonas donde pasará el Canal, y de cuanto les sea útil para dañar Nicaragua solo porque no aceptan el gobierno electo del Frente Sandinista. He ahí el objetivo supremo de fondo: desaparecer el sandinismo.

Servirse del dolor de una familia –y del golpe que esto ha provocado en los altos mandos de la institución– como vehículo para descargar, en un primer plano, todos sus odios contra la Policía y la Primera Comisionada Aminta Granera, revela una precaria formación cívica y, lamentablemente, sentimientos inhumanos.