Se les ve en los puestos fronterizos, en los mercados, en las paradas de buses, en los sitios turísticos y en todos los municipios del país, ofreciendo de diversos colores y estilos: son los vendedores de hamaca; la gran mayoría, originarios de la comarca Valle de San Juan una comunidad ubicada a 10 kilómetros del municipio de Ciudad Darío.

En esta comunidad la vida es apacible y desde que uno recorre sus calles, se da cuenta de lo laboriosa y trabajadoras que son cada una de las familias que se dedican a la fabricación de hamacas, una tradición que vienen heredando de generación en generación, convirtiendo la labor en un negocio familiar que brinda seguridad laboral.

Cuando el invierno se estaciona, dividen sus labores en el campo y en la confección de las hamacas. En el verano la actividad principal son las hamacas, que fabrican de diferentes materiales, como hilos de manila, de lona (tela jean), de hilos tipo polyester, de estilo camufle militar y de hasta hilos provenientes de suéteres que compran en los negocios de ropa usada.

Los días de producción son los lunes, martes y miércoles. El jueves salen muy de madrugada de la comunidad para comenzar a vender por todo los rincones del país y regresan el sábado por la tarde. Su mayor clientela está en las comunidades rurales y en zonas turísticas.

En Valle de San Juan las familias trabajan de manera individual, sin embargo al momento de requerir material son muy solidarios. En esta comunidad existe solamente un taller propiedad de Genaro Urbina, que fabrica alrededor de 1.200 hamacas semanales, desde ahí brinda trabajo a 11 personas.

Los artesanos saben que unidos pueden lograr grandes cosas y actualmente trabajan en la conformación de una cooperativa que les permita recibir capacitación y asistencia de parte del Ministerio de Economía Familiar y Comunitaria, que junto con la Alcaldía de Ciudad Darío, trabajan hacia ese objetivo.

La idea es que al estar organizados puedan ir sumándose a los programas que promueve el Gobierno Sandinista, lo que les garantizaría financiamiento, capacitaciones y promoción de sus productos en distintos espacios de comercialización, incluyendo los que tradicionalmente han venido trabajando.

"Yo hago hamacas desde chiquita, hago los tamaños que usted me diga. Yo le aprendí a mi papa que ya tiene 25 años de muerto", reseña doña Clemencia Hernández, una mujer de unos 65 años y que ha enseñado a diferentes generaciones de su familia.

"Los suéteres los compramos en las bodegas (venta de ropa usada), conseguimos los realitos y compramos el puñito, porque no podemos comprar el montón", repitió Clemencia que no recuerda desde qué época comenzaron a fabricar las hamacas en esta comunidad.

En el taller de Genaro trabajan 12 personas (incluido él), tres se dedican a la fabricación y el resto son vendedores que salen cargados buscando la venta; cuando tienen buenas ventas sobrepasan las 20 unidades vendidas.

Las hamacas de hilo de manila pueden costar entre los 300 y 450 córdobas, las de lona 150, las de polyester unos 250 y las que se fabrican con los suéteres entre 150 y 200 córdobas.

“Solo en Nicaragua vendemos, quisiéramos salir a otro lado (fuera del país)”, cuenta Genaro que recibe créditos de un prestamista para la adquisición de la materia prima que ocupa para las hamacas, que se hacen en un pequeño taller con paredes de adobe.

Genaro quiere cambiar las condiciones de su taller, confía que al recibir la asistencia y capacitaciones, las cosas van a mejorar, incluyendo la elaboración de sus hamacas que tienen buena demanda en el mercado nacional.

“Somos productores, sembramos maíz, frijoles, pero en estos días no ha llovido y estamos parqueados sin sembrar”, refiere Genaro que aprovecha el impasse del clima, para volcarse a la producción de hamacas.

“Queremos que nos ayuden en financiamiento, que nos presten para que el taller se haga más grande y dar más trabajo, que todos trabajemos”, dice Genaro, mientras observa a los chavalos que trabajan en las maquinas de coser.

Marlon Urbina, también es pequeño artesano, trabaja con su esposa Thelma Orozco, ella ayuda a tejer las hamacas de manila, de dos o tres colores, la que toma al menos 8 horas fabricarlas si se dedica el 100% del tiempo.

“Este es el trabajo de nosotros, la mayoría nos dedicamos a esto y nuestros abuelitos lo aprendieron de sus padres y esto ha perdurado hasta hoy, claro antes eran pocas personas, pero ahora casi todas las familias se dedican a esto y otras a la agricultura, pero en mi caso solo trabajo haciendo hamacas”, dice Marlon.

Antonio Rivera, tiene 4 años de recorrer diversos municipios del país, principalmente los ubicados en el departamento de Rivas. El día que sale de San Juan, su patrón le da parte de los pasajes, el alojamiento en un hospedaje barato y para el primer día de comida, el resto lo toma de la misma venta.

Cuenta que visita el puesto fronterizo de Peñas Blancas, San Juan del Sur, las playas de Tola, San Jorge y Rivas, sitios que son frecuentados por turistas que son sus principales clientes.

“Ya me ha pasado que regreso con 15 o 18 hamacas, vendo pocas, pero también hay ocasiones que hago ventas de todas las 20 hamacas que me llevo. Cuando voy a San Juan del Sur me compran los gringos y cuando estoy en Rivas los nicas, es buena la venta de hamacas en ese lugar”, dice Rivera.

Los vendedores de hamacas pasan muchas vicisitudes, en ocasión para ahorrar comen una o dos veces al día, duermen en los parques centrales, amarran una hamaca y ahí pasan la noche, al día siguiente vuelven a sus labores de venta de casa en casa, de parque en parque.

José Miguel Urbina y su familia también hacen hamacas, en este hogar las labores están bien definidas, las mujeres se dedican a deshilar los suéteres, los hijos se encargan de reconstruir los hilos y fabricar las hamacas, las que posteriormente el padre se encarga de ir a vender en el occidente del país.

“Ellos las trabajan y luego yo voy a vender. Cuando hay varios en la casa, uno va deshaciendo y otro lo va torciendo el suéter y otro va a vender. Toda la familia participa en el proceso de elaboración y nos vamos los miércoles y regresamos el sábado”, manifiesta José Miguel, que asegura que las hamacas hechas con hilo de suéter tienen mayor aceptación, porque son “muy suavecitas”.

“De tener recursos trabajaríamos con material superior, de seda, la duración de la hamaca sería mejor y fabricarla sería más fácil”, reconoce José Miguel.

Niños también aprenden del negocio

El ingenio y las ganas de trabajar de estos artesanos, es más que evidente y Kelvin Antonio Velázquez de 13 años, es un ejemplo, entre lunes y viernes se dedica por entero al negocio, pero el sábado y domingo, mientras su padre se dedica a vender, el pequeño cursa el tercer año de secundaria.

Kelvin a su corta edad fabrica unas 50 hamacas diarios, ya tiene montando su taller, ya tiene su propia máquina de coser y trabaja con un primo.

“Esto lo aprendí de mis ancestros, de mi papá, de mis abuelos, porque aquí solo esto hacemos, este tipo de trabajo. Trabajamos en agricultura, pero más en hamacas, pasamos laborando mi familia en el taller”, dice Kelvin, que espera muy pronto colocar sus hamacas en una tienda mayorista que las distribuya.

“Si tuviéramos un comprador al por mayor sería más bueno. Quisiera poder tener acceso a créditos, a que nos ayuden porque sería mejor y en un día nos cosemos hasta 50 hamacas”.