El fallo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, en respaldo del matrimonio homosexual, en escaso margen, apenas un voto de diferencia, tiene implicaciones no solo jurídicas y de orden espiritual, sino también políticas: es una falla de la Democracia.

No se trata de juzgar la decisión personal –opción le llaman– de quienes se inclinan a escoger como pareja a alguien de su mismo género. Lo cuestionable es que unos magistrados del máximo tribunal norteamericano rediseñen, a partir de su interpretación de la Enmienda XIV (la “igual protección de las leyes”), el matrimonio, la unión hombre-mujer, capacidad para amar y engendrar.

Ocurre en una potencia. Ocurre en un país que se define guardián de la democracia y que mide rígidamente al mundo con un garrote, tan distinto a la larga y flexible vara de sus valores que aplica en la Unión.

Cinco magistrados –los cuatro restantes votaron en contra– se encargaron de decirle a los Estados y sus 320 millones de ciudadanos, sin haberles consultado, sin interesarse en su opinión nacional, que han estado equivocados. Que ahora lo que vale es la “actualización” del matrimonio, proclamada con rango de ley.

De esa totalidad de pueblo, el Informe Anual de Salud, del Gobierno de los Estados Unidos, detalló en 2013, que el 2.3% son ciudadanos homosexuales (1.6 %) o bisexuales (0,7 %).

El 96.6 % de la población se describe como heterosexual. El dato se desprende de un estudio para “analizar las circunstancias sanitarias propias de estos colectivos”. (ABC.es)

Si Estados Unidos se ha proyectado como una democracia, ¿cómo se explica la incidencia de un 2.3% de la población que impone sus criterios y estilos de vida sobre el 96.6% para legislar, cambiar los patrones tradicionales, y hasta adecuar una enmienda constitucional en su provecho?

Por lo general, a quienes no se subordinan a este grupo, se les estigmatiza como “homofóbicos”, “prehistóricos” “mente cerrada”, “anticuados”, “fundamentalistas” y una andanada de irrefrenables etcéteras.

Sin embargo, un gay, heterofóbico o no, tiene derecho al trabajo, al estudio, a no ser discriminado. A vivir. Pero de eso a que muchos de ellos se consideren lo “correcto”, lo “moderno”, y que deben ser ovacionados, llamarle “héroe” al que salió del “closet” y pedirle un autógrafo, ¡por favor!

Si se ha vendido al mundo la idea de los “valores democráticos” de Washington, donde el poder reside en la voluntad de las mayorías, ¿por qué no hubo referéndum o plebiscito para que Estados Unidos expresara sus consideraciones? Porque la orden vino de “arriba”: la Corte pasó por encima de los Estados y sus votantes.

Quizás ya sea parte del “mundo jurásico” el célebre discurso de Abraham Lincoln, en Gettysburg, 1863, donde resumió la Democracia: “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Tal vez, y no nos demos cuenta, ya vivimos los tiempos de Lot, profetizados por Jesús. John Roberts, magistrado presidente del Tribunal, razonó en público su oposición:

“La corte no es una legislatura. No debería ser de nuestra incumbencia el decidir si el matrimonio entre parejas del mismo sexo es una buena idea o no.

“Si usted es uno de muchos estadounidenses –sin importar la orientación sexual– que está a favor de la expansión del matrimonio entre parejas del mismo sexo, deberá celebrar la decisión tomada hoy. Pero no celebre la Constitución, porque no tuvo nada que ver con esto”.

El excandidato presidencial republicano Rick Santorum condenó la decisión y dijo que con ella la Corte redefinió “la unidad fundacional que vincula a la sociedad sin un debate y sin aportaciones del público”.

¿Dónde quedó el bien común, base práctica de la Democracia? ¿Cómo es que operadores del poder acusan a países latinoamericanos de “antidemocráticos”, de “despreciar” la voluntad del pueblo, cuando en esas democracias morenas han realizado elecciones tras elecciones y los partidos progresistas las han ganado literalmente de calle?

El Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB), Monseñor Joseph E. Kurtz, reaccionó: “es profundamente inmoral e injusto que el gobierno declare que dos personas del mismo sexo pueden constituir un matrimonio”.

“El único significado de matrimonio como la unión de un hombre y una mujer está inscrito en nuestros cuerpos. La protección de este significado es una dimensión de esa ‘ecología integral’ a cuya promoción nos ha llamado el papa Francisco”.

“Ordenar una redefinición del matrimonio en todo el país es un error trágico que daña el bien común y lo más vulnerable entre nosotros, especialmente los niños”, advirtió el Prelado. ACI/EWTN Noticias.

Monseñor Charles Chaput, Arzobispo de Filadelfia: “La tarea ahora para los creyentes es formar nuestras propias familias aún más profundamente en el amor de Dios, y reconstruir una saludable cultura del matrimonio, un matrimonio a la vez, de los escombros de la decisión de hoy”.

Donde hay madre, donde hay padre, donde hay familia, hay vida. Ninguna otra opción compite con lo establecido por Dios. Aunque cinco magistrados del país más poderoso de la Tierra no estén de acuerdo… y Hollywood esté de fiesta.