Amplios son los estudios que sobre Nicaragua se esmeró en realizar el fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Carlos Fonseca, a pesar de vivir en la clandestinidad, ser guerrillero y, en vez de contar con Google, tenía a la Guardia y la Oficina de Seguridad Nacional de Anastasio Somoza, buscándole por todas partes.

De esos análisis, de alguien que amaba tanto a la patria, se puede comprobar su interés en lo que denominó el “destino histórico de Nicaragua”, unido umbilicalmente a su espléndida geografía y a su extraordinaria posición cardinal en el mundo: el factible paso entre los mares.

Carlos se ajusta al concepto de María Rosa Lida de Malkiel, en su estudio preliminar de Heródoto y los Nueve Libros de la Historia: “El historiador moderno reconoce la identidad fundamental de espíritu en ese interés por la diversidad en tiempo y en espacio, en la observación exacta, el razonamiento crítico, la valoración juiciosa de los diferentes testimonios, en la aguda atención a la conexión causal del acontecer –a las causas grandes, morales y materiales, y a los motivos pequeños que desencadenan los sucesos–, sin perder de vista el gran diseño providencial en que se ordena el bullir de las generaciones sobre la tierra, y por último, en el poder de expresar su compleja narración en una amplia y bien planeada arquitectura que agrupa sabiamente sus múltiples y variados episodios, subordinándolos al todo en disciplinada graduación”.

El comandante Carlos pormenoriza la relación potencia-neocolonia. Nicaragua apenas era una “República nominal”, así la llamó, pues las decisiones “nacionales” eran importadas de la metrópolis como los licores finos, los embutidos y los trajes de alta costura.

Lastimosamente, con todo y lo que significaron los estudios del célebre patriota y el triunfo de la Revolución Sandinista, el síndrome de “patio trasero”, a estas alturas del siglo XXI, no se redujo sino que aumentó. Una suerte de pacto de casta no escrito más que en los hechos registrados por la historia –en realidad una atadura que procede de la oscuridad de los tiempos– está ahí para evitar el Canal. “Obstáculos caducos”, diría el Héroe Nacional.

Es el sandinismo, liderado por el comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, el que da contenido a la República y pone en la primera plana de la actualidad, lo que ya Cristóbal Colón pretendía al partir de Cádiz “el 9 de mayo de 1502 con cinco carabelas y 150 hombres, llevando por objeto el buscar la comunicación para la India, que suponía existente en territorio americano”. (“Historia de Nicaragua”. Capítulo V, José Dolores Gámez).

“La nueva ruta que ha de comunicar al Occidente con las Indias”, anota Carlos. Es de celebrar que nunca puso en duda las bondades naturales del mapa de Nicaragua para contar con el Canal, contrario al pensamiento burgués conservador, representado por el “Clan Chamorro” –denominado así por Carlos– opuesto históricamente a la trascendental obra de ingeniería y a darle vida a la República, máxima ficción jurídica libero-conservadora.

No por gusto, el revolucionario denunció qué tipo de ADN corre en la sangre de la Calle Atravesada desde sus orígenes: “Cabe señalar que entre los elementos que permanecen fieles al poder español, se cuenta el opulento criollo Pedro Chamorro”.

Tristes ejemplos. Tratado Chamorro-Weitzel, 8 de febrero, 1913. Diego Manuel Chamorro y el ministro norteamericano en Managua, George Weitzel, armaron un instrumento jurídico para desarmar el proyecto del Canal, con el cuento de la “opción perpetua” de Estados Unidos sobre la vía en Nicaragua.

Congresistas honorables se opusieron a semejante disparate de los idólatras de la Doctrina Monroe. Así, otro Chamorro, Emiliano, procedió a firmar el abominable Tratado Chamorro-Bryan, en 1914, año en que se inauguró el Canal de Panamá.

El Secretario de Estado, William Jenning Bryan, abogó por la primera convención canalera, aunque finalmente debió establecer el definitivo el 5 de agosto. En todo caso, el maligno espíritu de ambos adefesios se resume en lo que dijo un año antes en el Capitolio, sin rodeos diplomáticos:

“Mientras la ruta del canal esté en venta en el mercado nos perturbarán continuamente los informes, aun si carecen de fundamentos, de que otros gobiernos estén tratando de asegurar el derecho a construir un canal a lo largo de la ruta nicaragüense”. (“Nicaragua: Gobiernos, Gobernantes, Genealogías”, Adolfo Díaz Lacayo).

Y ese espíritu no fue abrogado –exorcizado sería la palabra indicada–; tiene poseído a la minoría de políticos de la anacrónica derecha nicaragüense que vive tiempos superados por Washington.

El mismísimo Henry Kissinger recién dijo a la revista económica Caixin que “si China quiere gastar recursos en construir un canal en Nicaragua y no lo convierte en una base naval, lo cual es inconcebible, ¿por qué debería preocuparme eso?”. (El 19 Digital)

Carlos, el Canal

Estas son algunas observaciones de Carlos en el libro “Obra Fundamental”, alrededor de la vía acuática. Con la formación de empresas como Accesory Transit Company y otras, efecto inmediato de la Doctrina Monroe (2 de diciembre 1823) el intelectual sandinista analiza:

“Dato que revela el consenso en relación a la viabilidad del paso interoceánico por Nicaragua es la opinión emitida por Alejandro de Humboldt, ubicando ahí uno de los nueve lugares de América en que era posible construir un canal”.

“Las rivalidades de las potencias capitalistas por disponer del privilegio de la comunicación interoceánica se tornan muy visibles al aproximarse la mitad del siglo XIX”.

Luis Napoleón Bonaparte, el futuro Napoleón III, “anticipadamente dirige su mirada a Nicaragua, y en 1846, publica un trabajo planteando el problema de la construcción de un canal interoceánico por el istmo nicaragüense”.

“Y en Nicaragua se da casi un Canal natural, formado por el navegable Río San Juan, que comunica con el Lago de Granada, cuya orilla occidental dista del Océano Pacífico solo 15 kilómetros”.

“Desde 1851 está en marcha la explotación yanqui del potencial geográfico nicaragüense que entraña la facilidad para comunicarse entre ambos mares”.

“Debido a la condición ístmica del territorio nicaragüense, es accesible con relativa facilidad desde ambos mares…”.
Exhortó a atender la condición geográfica, como ha quedado expuesto, y lograr entender nuestra Historia:

“Para tener una visión completa de la hazaña de los héroes de las montañas de Nicaragua, (Augusto C. Sandino) de la gloria y la tragedia que la envolvió, es imprescindible poner de relieve el papel que le correspondió a la condición de istmo del país, a su ubicación en un sitio que es paso obligado de los poderes coloniales del mundo…”.

Obviamente, el líder del FSLN lejos de cuestionar el Canal, exaltó la pródiga naturaleza que adelantó –a Dios, en el nombre de Jesús, sean dadas las gracias– la viabilidad de la ruta mundial.

A lo que sí se opuso y por eso luchó, con el intelecto y las armas, es al cinismo de los poderosos que resume Ambrose Bierce (1842-1914), en la ilustración más didáctica que un escritor de los Estados Unidos haya hecho de su propio país en manos de expansionistas como William McKinley, Teodoro Roosevelt, William H. Taft y Woodrow Wilson:

“La guerra es el camino que Dios ha elegido para enseñarnos geografía”.

¡Habrase visto!