Un opositor daba grandes voces en una emisora independiente de la verdad, en la mañana del Primero de Mayo. Era el mismo disco, rayado además, y las mismas revoluciones por minuto, medido así pues el tema resultaba tan viejo como los acetatos de antaño: “no hay nada que celebrar”.

Todo fue en vano: el Día de los Trabajadores fue usado como lo saben hacer los nicas con los feriados nacionales o fiestas patronales. Es decir, se festejó de diversas formas, pocos al pie de la imagen y muchos en su propio vivir.

Debe ser terrible que no haya en la oposición alguien con el suficiente olfato para entender que con la abundancia de la repetición, como la del político radiofónico, no llegarán a ninguna parte más que a la solidez del eco. ¿Qué ganan con repetir, reproducir, copiar y venerar la falacia, sin ofrecer nada nuevo bajo el sol?

La oposición parece ser de otro país, o quizás ni siquiera de un país, porque a su insípido discurso no se le sienten los ingredientes naturales de una nación. Si no, ¿por qué ese rechazo soberano y literal a su comportamiento?

No sería de personas sensatas despreciar estas adelantadas palizas electorales que ofrecen al unísono las firmas consultoras que con regularidad miden las esperanzas y valoraciones ciudadanas: 7.1% de apoyo a los partidos de derecha; 77.8% de la población considera pésima su actuación.

Dice la oposición: “No hay nada que celebrar”, si es Día de las Piedras Pómez; Día de la Tierra; Día de los Vuelos Espaciales Tripulados; peor que los amargados de espíritu se agasajen el Día Mundial de la Felicidad, el 20 de marzo…

Todo refrito es malo para la salud humana, pero sabiendo eso, dale con la fritanga del no-hay-nada-que-celebrar. Que los trabajadores aquí, que allá, y como un “aporte original” del vociferante, la muletilla: “si no, vayan al consulado de Costa Rica”, “hay…”, “¡ay!...”.

Lo que salta a la vista es que estamos ante una oposición que parece haber perdido contacto con el tiempo y su entorno. Que prefiere sus “verdades” de papel y el envenenado reciclaje de sus odios que seguirle el curso a los hechos.

Playas

El que a falta de un cuadro dramático en la radio leía sin gracia el vacío guion de un cuadro aterrador, remachó, originalísimo: “Y no hay nada que celebrar”. Pero fuera de su desvarío, el Día de los Trabajadores se repartía más que en alguna marcha y tribunas de ocasión, en el descanso, en las calles con algo de Viernes Santo, en la tranquilidad, y el rumbo de muchísima gente no a las plazas, sino a los tumbos del mar.

De nada había valido aquel vinagre del “no hay…” que el político quería echar sobre el día, porque además de que la gente no es dada a las amarguras colectivas, quería sintonizar la paz, y, obviamente, ninguna estabilidad se puede hallar en los meandros de los corazones enfermos.

No más moviendo el indicador al centro del dial, un DJ era muy solicitado con los reportes de sintonía, los saludos, las peticiones de las inolvidables canciones de Alberto Beltrán, Daniel Santos, ¡Azúcar! … Y “nada había que celebrar”.

¿Cómo explicar que en el extremo una estación agriaba el aire con acidez, desolación y demasiada hiel y otra lo endulzaba con boleros cargados de miel, demandados por tantos oyentes que se deleitaban con Bienvenido Granda “En la orilla del mar”?

Y a la orilla del mar se fue una buena parte de managuas y refuerzos departamentales. Había tantos vacacionistas en las playas que algunos creían haberse equivocado de Primero de Mayo, entrando en los rescoldos de alguna Semana Santa. Pochomil y Masachapa merecían un mapa más grande, por lo menos ese viernes.

Unos pensaban regresar y hasta decían “es preferible” el 19 de julio que entonces sí están desiertas las playas; otros que no: ya se habían puesto el día con todo lo que traía.

Los rostros en la costa sintonizaban la frecuencia del gozo, todo lo contrario al ofuscado político de la cabina: muchas almas aprovecharon las plenas libertades de Nicaragua para ser bautizadas entre cantos, palmas y aleluyas; otros se divertían, la mayoría apagaba el calor entre las olas y nadie colgaba la máscara de entierro de la oposición.

Si en la mañana los mayores urgían a Leo Marini, por la noche miles de jóvenes desbordaron no el Consulado tico, sino “todas las localidades del Estadio Nacional de Fútbol, en Managua, disfrutando del concierto del cantante Enrique Iglesias, en su tercera visita por Nicaragua, correspondiente a su tour ‘Sex & Love’ ”, reportó la Nueva Radio Ya.

¿Por qué, pues, la derecha deshabitada detesta las celebraciones ajenas? Sencillo: con el 2.1% de “respaldo masivo” que contabiliza el Partido Liberal Independiente, más el 0.3% del Movimiento Renovador Sandinista, es decir, un cero sumado a la ausencia, sobradas razones tienen los extremistas en insistir en su anti celebración.

Grandes alborozos concluyeron ese día con mayúsculos compromisos como el de los dos enamorados que, en un templo de Carazo, decidieron unir sus vidas --hasta las seis de la tarde incompletas-- en una sola alegría.

Mejor y original celebración del Primero de Mayo no pudo haber en Nicaragua: fundar una nueva familia.