El 19 Digital publicó, en febrero pasado, el artículo “Sandino y la conexión nórdica”.
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Majken Borring, estudiante danesa de medicina de 25 años, llegó a Nicaragua en 1926, participó como enfermera en la Guerra del 26-27, y escribió el libro “Oprørsdage i Nicaragua” (Días de rebelión en Nicaragua).

La joven regresó a Dinamarca en 1927 y continuó admirando la gesta libertadora del General Sandino. Publicó reportajes como “SANDINO KOMMER” (SANDINO VIENE), para la edición danesa de la revista Monde.

En SANDINO VIENE, cuya copia fue facilitada por la Biblioteca Nacional de Dinamarca, Borring se refiere al cerco que, en Chontales, el ejército conservador había tendido al liberal.

En abril de 1927, la columna segoviana del General Sandino derrotó a las fuerzas conservadoras que sitiaban a Moncada.

Moncada, tras ser liberado, inició (sin Sandino) su marcha a Managua.

El General Sandino no aceptó el infame Pacto del Espino Negro, firmado por Moncada, en Tipitapa, el 4 de mayo de 1927.

El prólogo del libro de Majken Borring “Oprørsdage i Nicaragua”, escrito en 1929, cinco años antes del asesinato del General Sandino, concluye con el siguiente párrafo: “El único de los generales que no cedió a las condiciones impuestas por los soldados norteamericanos, fue el joven General Sandino. Él se internó en las montañas con un grupo de hombres para luchar a muerte por la soberanía de su Patria”.

El texto que sigue es una traducción del artículo SANDINO VIENE, publicado en Dinamarca, en octubre de 1928, en la revista Monde del Mondegruppen (Grupo Mundo), movimiento de aquella época integrado por intelectuales y estudiantes.

SANDINO KOMMER
Oktober 1928
MONDE. OLUFSVEJ 26, KØBENHAVN Ø.
Por Majken Borring

En el corazón de las montañas nicaragüenses, en una región al sur de la cordillera, cubierta de espesas selvas vírgenes y ríos caudalosos, nos encontrábamos dos estudiantes daneses, como enfermeros, en el ejército liberal al mando del General Moncada. Esa zona colinda con la costa del Pacífico, sede de dos grandes lagos, tierras fértiles, ciudades y objetivo de la actividad guerrillera.

Los generales y el equipo de la Cruz Roja se localizaban en una hacienda abandonada, a donde llegaban los heridos y, en una casona de madera carcomida por el tiempo, los atendíamos.

En el patio de la casa-hacienda se asentaban los desplazados por la guerra, los que seguían nuestros pasos. También muchos soldados que no estaban en el frente colgaban ahí sus hamacas, las que se balanceaban al compás de los estruendos de las ráfagas de ametralladoras.

Por las noches, en el silencio de la oscuridad, brillaban las luciérnagas y se guarecían debajo de la corteza de los árboles. Siempre había alguien ocupándose de la guitarra, con tangos y música melancólica, pero sin olvidarse de los chistes.

Durante las horas de la luz del día los tupidos matorrales obstaculizaban la vista. En lo alto, las tropas vigilaban para evitar que el ejército conservador se acercara más. Los caitudos habían tendido un cerco y los fusiles y ametralladoras no paraban su sonido infernal, desde el amanecer hasta el anochecer. No pocas balas penetraron en los árboles de la hacienda, pasando sobre nuestras cabezas, provocando convulsiones a muchos cuando comían, o zumbando en el techo del lugar donde se hallaban los heridos.

El Ejército liberal venía de victoria en victoria, resultando triunfante en los bosques pantanosos de la costa Este, pero ahora ese éxito parecía enturbiarse. Estábamos prácticamente cercados, y el estado de ánimo de los soldados se venía desvaneciendo cada vez más aceleradamente. Varios intentos de romper el cerco conservador habían fracasado y empezaron a escasear las provisiones y municiones.

Algunas veces tuve que abandonar mi trabajo con los heridos, respondiendo a llamados que me hicieron para inyectar quinina a las enormes venas azules de Moncada, quien padecía de fiebre en esos días. Luego de estirar su brazo para recibir la inyección, él se acostaba en su hamaca y reanudaba las pláticas con los oficiales que se apiñaban en su habitación, sentados en mesas y bancas. Algunos de ellos miraban a sus botas, otros se jalaban los bigotes y los que no tenían barba acariciaban las fundas de sus pistolas.

Varias veces les escuché mencionar el nombre de Sandino. Sobre él se decía que andaba en el interior de la montaña con un ejército del mismo tamaño que el de Moncada, y que había ocasionado muchos dolores de cabeza a los conservadores.

Hablaban de Sandino, pero nadie sabía dónde se encontraba exactamente. Alguien había observado una figura roja ondulada en la lejanía, pero esa visión se atribuía a algún truco de las fuerzas conservadoras.

Cada vez que salía de esa habitación, llena de comandantes preocupados, me encontraba nuevamente con una cantidad de gente que se arremolinaba a nuestro alrededor, soldados y familiares venían e iban constantemente.

Llegaban los jinetes al patio y saltaban de sus caballos para entregar y recibir órdenes y regresar rápidamente al campo de batalla. Otros llegaban para visitar a los heridos y un sinnúmero de muchachos venían en busca de consejos médicos y remedios para las plagas y enfermedades que aquejaban a la zona, resultado de un mes de pésima alimentación y de dormir poco.

Así pasaban los días para nosotros, sin descanso y saturados de pensamientos sobre las medicinas que podían mejorar a Pablo, las inyecciones de Julio, el remedio para aliviar las eternas llagas de Pancho, dónde obtener algún alimento.

Las noches eran tan frías que no se podía dormir. Y, cuando la tormenta sacudía mi hamaca, escuchaba una y otra vez los lamentos de los heridos dentro de la casa y revisaba mentalmente cada caso. Veía una y otra vez a esos campesinos cansados, esos hombres viejos con sus adorables rostros arrugados, esa cara del campesino lampiño. Y miraba a un mozalbete con su pelo brillante negro azulado, recién mojado, y sus ojos intensos, y a otro portando su rifle y sus oraciones, y a otro más, con facciones más latinas y gestos y ojos juguetones, arengando a los compañeros para mantener el entusiasmo.

Y luego miraba a los niños, los adolescentes entre trece y veinte años, con sus caras pueriles e inocentes, quizás más valientes que los mayores, y de los que no lograba entender, por sus aspectos tan delgados, de dónde sacaban fuerzas para cargar sus fusiles.

Pero el veinticuatro de abril llegó Sandino con sus hombres, dando valor a nuestra gente. Ahora quedaba claro de dónde procedía ese color rojo misterioso que se avizoraba a lo lejos.

Estábamos enfermos, los dos daneses como muchos de nuestros compañeros, médicos y soldados, pero ese día olvidamos todos los pesares y dolores. Hasta los heridos se embebieron de entusiasmo y sus sufrimientos parecieron disminuir.

Esa memorable mañana se rompió el cerco, atravesándose un número de corredores entre las colinas del norte.

Sandino y sus hombres llegaron como un sol de luz entre las oscuras nubes tormentosas. Sobre sus cabezas ondeaban enormes banderas rojas como la sangre y negras, con calaveras blancas. Alrededor del cuello llevaban pañoletas rojas, no como las nuestras, las de ellos tenían también color negro.

Cabalgaron hacia la parte alta de la hacienda y surgió espontáneamente un espectáculo festivo por todos lados. Los soldados jubilosos dispararon sus rifles, y esos que ya no tenían municiones elevaron sus gritos victoriosos al cielo.

A la cabeza de toda esta celebración inesperada, montando un caballo blanco, venía Sandino.

Augusto César Sandino, hombre esbelto y fuerte como un roble, de piel clara, que a distancia parecía un muchacho, dio una vuelta alrededor de la casa-hacienda y luego bajó de su corcel para dirigirse a la entrada principal.

Cuando Sandino saltó del animal, y se acercó, pensábamos para nuestros adentros que era tan varonil y firme como una piedra, y que más que cualquier otro líder revolucionario odiaba las injusticias en este país.

Saludó a nuestros oficiales con una vista directa y cordial. Su rostro inteligente y amable ganaba las simpatías de todos; pero cuando estaba en reposo no olvidaba, reflejando una voluntad inquebrantable, a los que habían traicionado a sus compatriotas.

Dentro de la casa, Sandino contó cómo se había desarrollado su exitosa campaña desde su inicio. Comenzó con cien rifles, pero luego de la primera batalla ya tenía quinientos. Solo diez de sus hombres habían muerto en combate durante cuatro meses largos y duros. Y ahora, en las últimas semanas, nos venían buscando, hasta que finalmente nos encontraron.

Esa mañana los caitudos desaparecieron en estampida cuando se percataron de que se acercaba una fuerza de miles de hombres. Evacuaron rápidamente la zona, abandonándolo todo, animales, municiones, hasta los alimentos en los fogones.

Sandino pensaba que podíamos estar en Managua (la capital) en ocho días.

Mientras los generales analizaban sus consejos, salí al patio para disfrutar de la alegría general. Nuevos jinetes llegaban a la hacienda y se reían y lloraban y se reconocían entre sí. Y si no se conocían, se abrazaban y compartían las experiencias vividas en los últimos tiempos. También llegaron más heridos a los que había que atender.

Cuando llegó la tarde y se calmó la algarabía, llegó también la orden para la marcha. Los generales habían decidido partir inmediatamente.

Entonces comenzó la organización de los dos ejércitos, la que duró un día hasta que salió el último soldado.