Doña Zoyla Castro, tiene 99 años de edad, y es de las pocas personas que pueden describir concretamente aquel Martes Santo de 1931 cuando Managua cayó de rodillas ante un devastador terremoto.

“¡Cuánta gente murió!”, dice con la mirada perdida en aquellos momentos de angustia en que nadie sabía qué hacer más que buscar cómo salvar su vida.

En ese entonces los edificios y viviendas de la pequeña capital eran en su gran mayoría de taquezal y adobe.

Doña Zoyla tenía 15 años y vivía en el barrio San Sebastián. Ella recuerda que ese 31 de marzo todas las personas se estaban preparando para las actividades de la Semana Mayor cuando cerca de las 10:30 de la mañana ocurrió el fuerte sismo.

“Andaba la gente en el comercio comprando”, señala.

El terremoto fue nada más que el preámbulo de la tragedia. Luego de éste, un voraz incendio se extendió poco a poco hasta dejar en cenizas gran parte de Managua. Se calcula que hubo más de 1 mil 200 muertos y 35 millones de dólares en pérdidas.

El historiador Wilmor López explica que las cocinas de leña fueron las principales responsables de que el incendio se expandiera.

“Aquí en Managua muchas manzanas se quemaron incluyendo algunos edificios”, indica.

¡Eran otros tiempos y otras gentes!

Tan pequeña era Managua que la Catedral Santiago (ahora en ruinas producto del terremoto de 1972) con su moderna armazón de acero apenas empezaba a construirse y a perfilarse como el edificio más importante de la ciudad.

Entre los barrios más representativos de esa antigua capital estaba precisamente San Sebastián, el cual se caracterizaba por sus casas bien pintadas, algunos talleres y tiendas, y su gente respetable y trabajadora.

“Este barrio era muy bonito. Solo gente de casas propias, no había cosas como ahora que por donde quiera hay de esas casitas (asentamientos urbanos)”, lamenta doña Zoyla.

“Me acuerdo que los días jueves y los viernes habían conciertos en el parque, pero todo aquello era muy decente. No como ahora, ahora no se puede salir”, afirma.

Ella recuerda que el malecón era un sitio recatado, con algunos juegos de azar y nada más, “sin esas bebederas de guaro (licor) ni nada”.

No obstante, su lugar favorito siempre fue su barrio.

“¡La iglesia San Sebastián!”, recuerda suspirando por aquel templo religioso del que hoy no quedan ni las ruinas.

Managua no estaba preparada

El terremoto tuvo una magnitud 6.0 con epicentro en la Penitenciaría (donde actualmente se ubica el viejo Estado Nacional de Béisbol). Un sismo de esa intensidad bajo los nuevos estándares constructivos no podría provocar tal mortandad, sin embargo, la Managua de hace 84 años carecía de un sistema de prevención y de la infraestructura adecuada para soportar el movimiento.

“En esa época fue un gran desastre a nivel nacional, porque 1 mil 200 muertos en una Managua pequeña es muchísimo”, indica Wílmor López.

La familia de doña Zoyla tenía en casa una pulpería. Al momento del sismo ella atendía la venta y la muchacha del servicio doméstico lavaba los trastos.

Ese día ella tenía que recibir clases de costura “donde las hermanas Caldera”. Pero “mi mamita me dijo: ‘no vayás a la costura ahora, ayudame a arreglar la venta’, así que “no salí”.

Cuando inició la terrible mecida la muchacha de servicio hasta cayó al suelo. Es que “¡fue fuertísimo!”, asegura doña Zoyla.

A pesar del sismo, en su casa no hubo muertos ni heridos, solo algunos daños. “Las paredes se le desplomaron pero mi papá las compuso”, explica.

En esos años Nicaragua estaba bajo la ocupación de Estados Unidos, de tal forma que el terremoto se cobró la vida de algunos marines.

El papá de doña Zoyla le trabajaba a los marines, y al ver su casa afectada decidió llevarse a su familia a una finca familiar en Xiloá. Ella recuerda con cierto beneplácito a las fuerzas ocupantes, ya que al momento de la tragedia su familia recibió mucha ayuda por parte de éstas.

Pero aún así antes de marcharse a Xiloá, ella fue testigo del dolor de sus vecinos y de los cadáveres regados por toda Managua.

Se cuenta que los marines estadounidenses salieron a las calles a ayudar a la población que había quedado atrapada en los escombros, pero ante imposibilidad de la tarea decidieron usar sus armas para recortarles la agonía.

Hay un mejor sistema de prevención

Este terremoto y el que volvió a destruir Managua en 1972 dan una idea de cuan vulnerable es la capital nicaragüense ante fenómenos de esta naturaleza. De acuerdo a Wílmor López, hoy se ha avanzado mucho y la ciudad parece mejor preparada para enfrentarlos.

“De Centro América este país es el más preparado en prevención. Ahora hay alertas y gente que sabe. Tenemos un sistema de prevención, de Defensa Civil extraordinario y un gobierno que se preocupa por la población, un gobierno que está al instante como un médico”, afirma el historiador, enfatizando que tanto en 1931 como en 1972 el pueblo nicaragüense estaba prácticamente desarmado ante eventos de este tipo.

Pero sigue la vulnerablidad

Sin embargo, la historia se puede repetir. Al menos en algunos aspectos. El jueves 10 de abril del 2014, días antes de iniciar la Semana Santa, un fuerte terremoto magnitud 6.2 golpeó Nagarote y la Paz Centro, con efectos poco menos que catastróficos en Managua y los municipios aledaños.

Ese sismo fue un preludio de lo que vendría después: al día siguiente ocurrió otro de magnitud 6.6 al sur de Nandaime, y tras ése una serie de movimientos intensos (especialmente uno de 5,6 en el Volcán Apoyeque el día 13 de abril) que a lo largo de varias semanas no dejaron dormir en paz a los habitantes del Pacífico nicaragüense y principalmente a los managuas.

Ese enjambre sísmico echó a perder las vacaciones de Semana Santa y afectó las actividades religiosas en conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

De acuerdo a doña Zoyla, 84 años atrás Managua había vivido una Semana Mayor un tanto similar, aunque más trágica: la ciudad estaba destruida, todos tenían miedo, no había templos dónde acudir y con más de 1 mil muertos en las calles no había nada que celebrar.

De Semana Santa no hubo “nada, nada, sólo tristeza”.