En el costado norte del Parque Central de Managua, junto a la Plaza de la Revolución, hay un pequeño obelisco erigido por los capitalinos el 31 de diciembre de 1899.

El obelisco tiene formas clásicas europeas y en su interior hay un cilindro metálico con los periódicos de ese día y la lista de las familias notables que vivían en Managua en esa época. Fue construido como símbolo del paso del siglo XIX al siglo XX.

Esa pequeña estructura es lo único que queda de la Managua anterior al 31 de marzo 1931, cuando un devastador terremoto redujo a cenizas la capital nicaragüense.

El arquitecto Luis Morales Alonso, Director del Instituto Nicaragüense de Cultura (INC), nos da una idea de cómo era esa ciudad de la cual quedan muy pocos registros fotográficos y prácticamente ninguno fílmico.

Él señala que la Managua anterior a 1931 era una ciudad con “mucho de la arquitectura francesa”.

Recuerda que hombres de la talla del presidente José Santos Zelaya, el doctor Luis Debayle o el poeta Rubén Darío se educaron y fueron grandes admiradores de la cultura y de la estética afrancesada, de tal manera que no es de extrañar que los dirigentes nacionales quisieran impregnar a la capital nicaragüense de esos aires europeos.

Así que en Managua abundaba la arquitectura con arcos de medio punto, estilo romano; muchos herrajes metálicos; construcciones de dos plantas; y casas con ciertas alturas señoriales, mucho más altas de las que había en ciudades como León y Granada.

Managua “tenía ese aire pretencioso de gran ciudad que quería destacarse a diferencia de lo colonial de León y de lo neoclásico que tenía Granada”, explica Morales Alonso, dando como fiel ejemplo de esas pretensiones francesas al Palacio de Gobierno que había en esa época.



Terremoto destruyó eso y mucho más

El director del INC señala que Managua ha sufrido cuatro grandes terremotos: el primero en 1885, el segundo en 1931, el tercero en 1972 y el último en abril del 2014.

En 1931 aún quedaban construcciones de adobe y taquezal (un sistema de piedra y lodo reforzado con madera), últimos vestigios de la arquitectura colonial de la ciudad. A parte de estas habían construcciones de piedra cantera y cal y canto, pero al momento del terremoto estas también cayeron porque en Nicaragua no existía todavía el sistema de concreto reforzado.

Al respecto, el arquitecto Morales Alonso subraya que el primer edificio de acero y concreto fue la Catedral Santiago, la cual en 1931 apenas tenía un año de estar en construcción.

Un hecho destacable y que dan una idea de las pretensiones de grandeza que tenía Managua, corresponde precisamente a esta catedral, cuya armazón de acero fue traída desde Bélgica, país con quien había una comunicación fluida a pesar de las distancias.

Managua no volvió a ser la misma

Pero luego del terremoto, Managua no volvió a ser la misma. Prácticamente todo su urbanismo cambió.

El arquitecto Morales cita como ejemplo de esos cambios la construcción de la Plaza de la República (actual Plaza de la Revolución). Para darle espacio a ésta se tuvo que achicar el Parque Central y recordar el amplio atrio que se tenía proyectado dejarle a la Catedral Santiago .

Otro cambió fue en la llamada Casona de Los Curas. Al ser destruida esta se construyó el actual Palacio Nacional. Este guarda muchas semejanzas con ese antiguo edificio, sobre todo por los acontecimientos históricos ocurridos dentro de sus paredes. El director del INC manifiesta que allí el 16 de septiembre de 1856 el presidente Tomás Martínez y el general José Dólares Estrada brindaron por la victoria ante las tropas filibusteras acaecida días antes en la Hacienda San Jacinto.

Tiempo después, Rubén Darío, con apenas 14 años de edad, trabajó en la Biblioteca Nacional, ubicada precisamente en ese edificio. Ya en el nuevo Palacio Nacional, en 1978, ocurrió otro de los hechos más importantes de la historia reciente: la toma del congreso por parte de un comando guerrillero del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Para Morales Alonso, esto ejemplifica que si bien Managua ha sido destruida una y otra vez -sin que queden muchos vestigios de ese glorioso pasado-, de lo que sí hay que estar muy claros es que ella siempre resurge de sus cenizas.