En Semana Santa es bueno reflexionar sobre lo divino y lo temporal; la altivez y la capacidad de abandonar un prejuicio; la equivocación sincera y ese pariente cercano del odio sin fecha de vencimiento: el orgullo.

Los mismos científicos dan por canceladas las viejas teorías al cambiar la uniforme cédula de identidad del simio ancestral de la estirpe humana, en realidad apenas un pedazo de mandíbula desdentada y demasiada imaginación, por el democrático ADN que nos “convierte” en familiar de cualquier ser vivo del planeta. Bueno, el mismo que hizo al hombre también formó las demás especies.

De haber pasado anunciando la muerte de la esfera azul ahora le dan de alta. “Es que todo lo que ocurre en el planeta es cíclico y lo que está ocurriendo ahora ya sucedió siglos atrás”, admitió a La Voz de Rusia, el vicedirector del Instituto de Geografía de la Academia de Ciencias de ese país, Arkadi Tishkov.

Se suele ignorar la Biblia, sin embargo, hace casi 3 mil años, Salomón, no Aristóteles, ya lo había dicho: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido”. (Eclesiastés: 1:9-10)

La palabra de los hombres y mujeres avanzados en ciencias, cuando se alejan de sus erróneos cálculos, terminan coincidiendo, a pesar de la soberbia de algunos de ellos, con los profetas bíblicos. La diferencia es que una palabra es finita, falible e inconclusa, y la otra eterna, perfecta y verdadera en el amén de su plenitud.

El problema surge cuando cierta gente se siente administradora de los dones de Dios sin serlo, errando en su mensaje que ofreciéndose célico, tiene más de mundano que de haber sido inspirado por el Soberano Universal.

Si trasladamos estas arrogancias al campo de las ciencias, comprobaremos que hay un repertorio de modelos del fin del mundo, desde que se viene pregonando. Pero la Tierra todavía gira con la solidaridad y el egoísmo, la paz del corazón y el rencor, los aciertos y la búsqueda de la receta de la felicidad sin Aquel galileo que “no cursó ninguna facultad, mas en la vida fue Doctor”. (Antonio Marcos).

Según las Escrituras, hay una consumación del sistema de cosas, no tan al pie de la voluble letra de los científicos. Lo único seguro es que al día siguiente del Juicio Final solo quedará el Muro de Isaías, erigido en las Naciones Unidas, con la profecía completa extendiéndose sobre la faz habitada:

(“Y YHVH juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos”;) “Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Isaías 2:4 Aquí restauramos el primer versículo censurado en la sede mundial de Nueva York.

II

El académico Tishkov expone: “Situaciones análogas a las actuales, con los gases de efecto invernadero y con las temperaturas medias del aire, se repitieron reiteradamente en la historia de la Tierra.

“El pequeño período glacial se observó en Europa, por ejemplo, en los siglos XVI-XVII, cuando se congelaban los canales en Holanda, cuando los fríos atroces… en Rusia reducían a la nada la agricultura. Para que tal situación se repita hace falta reestructuraciones radicales del sistema climático. Estas pueden surgir, por ejemplo, durante una fuerte erupción volcánica. Pero todo esto son casos hipotéticos. En el futuro próximo no cabe esperar en la Tierra ningún tipo de fenómenos apocalípticos, catastróficos”.

Algún extremista puede descalificar al científico por ruso, pero este dato de la periodista Svetlana Savenkova lo confirma: “En los próximos mil quinientos millones de años la Tierra existirá y seguirá siendo apta para la vida”. La nueva conclusión la firman científicos de Colorado, EEUU.

Salomón lo dijo mejor más de 900 años antes de Cristo: “Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece”.

III

La humanidad estrena así otro ultimátum global ruso-norteamericano. Procediendo de la carne mortal y no de la celestial, es una elegante manera de encubrir el yerro; sí, los hombres y mujeres de ciencias también son parte de la ilustre prole del error. Fracasan en sus esfuerzos para comenzar otra vez a andar entre las difusas probabilidades, y así avanzan…o retroceden. Son humanos.

Si estos señores del conocimiento cada cierto tiempo deben revisar sus antes irrefutables conclusiones fatalistas, ¿por qué creerles en Nicaragua a quienes desde las ciencias que dicen representar, y sin dar margen a la duda razonable, profetizan el “Apocalipsis” del Gran Lago por la construcción del Canal Interoceánico?

No es asunto de los efímeros meterse en los terrenos absolutos del Creador, menos creerse sus voceros.

Dios jamás habló a través de esa enfermedad del alma que la Real Academia Española diagnostica: “Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”.

El orgullo, pues.