Aunque en el Pacífico de Nicaragua existen grandes planicies donde los agricultores pueden sembrar a sus anchas, en el centro-norte del país el relieve no deja muchas opciones y quienes tienen pasión por el campo deben hacer uso de las laderas de las montañas para producir alimentos.

Sin embargo, las malas prácticas agrícolas habían dejado efectos devastadores: el medioambiente estaba deteriorado, había una baja fertilidad en los suelos y los niveles de productividad no daban ni para el autoconsumo.

El paradigma agrícola empezó a cambiar hace ocho años. Ahora cuando uno vista esa región del país es común escuchar hablar de cero quemas, de construcción de zanjas de filtración de agua, de curvas a nivel, de no uso de productos químicos, de barreras muertas, de barreras vivas, de biofertilizantes, de plaguicidas naturales, de bandejas de germinación y de sistemas de riego.

Mejor tierra, mejor producción

En la comunidad Ocote Arriba, del municipio de San Dionisio, departamento de Matagalpa, el productor Ignacio Ochoa, dice disfrutar de estos beneficios.

Su finca tiene 43 manzanas de extensión. De estas, 5 las dedica a actividades agrícolas y el resto a la crianza de ganado y a la conservación del bosque.

Esas cinco manzanas eran muy poco provechosas pues el viento y la lluvia erosionaban la capa fértil de la montaña, de ahí que don Ignacio debía recurrir a carísimos suplementos químicos para hacer producir una tierra que ya no daba para más.

Este señor asegura que el apoyo del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria (INTA) ha sido indispensable para el abandono de las malas prácticas. El señala que hoy su tierra produce más que suficiente, sin necesidad de incurrir a los altos costos que significaba comprar los químicos agrícolas.

“La tierra ha venido cambiando en la producción. Los rendimientos han sido mejores y con menos costos, y eso quiere decir que para nosotros los productores es ganancia”, afirma don Ignacio.

En esta finca se cultiva maíz, frijoles, arroz, pipian, ayote, tomate, chiltomas, papaya, yuca, caña, y cítricos. Entre estos cultivos generalmente se siembran variedades criollas de frijol como el canavalia y el terciopelo, que aportan muchos nutrientes al suelo. A esto se suman fertilizantes como el compost, el bocashi, el lombrihumus y toda una serie de productos que salen de la misma finca.

“Al mejorar la tierra también ha mejorado la producción”, destaca el productor.

Un nuevo modelo productivo

Eduardo Escobar, delegado del INTA en la Sexta Región, afirma que el trabajo de esta institución es transferir tecnología para que los agricultores abandonen aquel modelo productivo de “tumba, roza y quema”.

Escobar señala que la zona de Ocote Arriba es bastante seca, por lo que la idea es implementar técnicas que permitan recuperar tierras de por sí ya degradadas.

“Esto es un proceso encaminado no a aquel papel asistencialista, sino a aquel de transferencia donde el mismo productor adopte y se vulva dueño de esta tecnología”, explica.

Para el especialista el logro inmediato de todo el trabajo que se ha hecho es la eliminación de las quemas agrícolas, ya que a partir de esto la tierra ha venido recuperándose paulatinamente.

Mejores tierras, más ingresos

La comunidad Wibuse, dista mucho de Ocote Arriba. A 900 metros sobre el nivel del mar goza de un clima y una vegetación envidiable. Aunque aquí el efecto de la acción del hombre sobre la naturaleza no había sido tan dañino, sí se registraban malas prácticas que amenazaban con destruir un reducto del bosque donde entre las empinadas laderas de la montaña prospera la flora autóctona con los arbustos de café, los granos básicos e incluso un poco de ganado.

En esta comunidad los biofertilizantes, las cero quemas, las cosechas de agua, las medidas de conservación del suelo y el manejo integral de las plagas son parte del alfabeto con el que hablan los campesinos.

“En el principio no habían resultados porque se me hacía muy difícil (producir) pero al día de hoy a mí ya no me cuesta. Todo se me hace más fácil”, afirma el productor Dionisio Pérez.

Este señor tiene en su parcela una pequeña laguneta de no más de 4 metros de ancho por 6 metros de largo. Ahí cría unas 200 tilapias y otra cantidad indeterminada de caracoles. Él asegura que esto significa un ingreso extra para el sustento familiar, pues en unos cuantos meses las tilapias alcanzan un peso ideal para ser vendidas a aproximadamente 40 córdobas la libra.

El dulce sabor de la caña

En esta misma montaña pero unos cien metros más abajo tiene su finca Camilo Ocampo. En esta cultiva café, un poco de caña de azúcar y cría ganado. Pero ha sido la pequeña área sembrada con caña de azúcar (1 manzana y media) la que le ha dado el elemento más característico a su propiedad: un pequeño trapiche, del cual semanalmente saca como mínimo 600 alfeñiques, cuyo precio es de 10 córdobas la unidad.

Él asegura que en los cafetales tiene obras de conservación al igual que en el cañaveral. Con la ventaja de que este último no necesita de mucho trabajo y que sirve para la comida del ganado como también para sacar un poco más de ingresos económicos.

“La caña ahorita con este proceso (de fabricar alfeñiques) da más (beneficios económicos) que los granos básicos”, afirma Ocampo.

En San Dionisio el INTA ha trabajado estos nuevos sistemas productivos con unos 200 agricultores, no obstante, ahora el objetivo implementar fincas modelos, y a partir de estas extenderse hacia una mayor cantidad de productores.