Cuando uno llega al kilómetro 41 de la Panamericana Norte y se interna en la carretera sin pavimentar que conduce hacia San Francisco Libre, a excepción de unas extensas plantaciones de sandía, lo demás luce desolado, con algunas cabezas de ganado dispersas en la llanura y un bosque de matorrales que se niega a morir ante la falta de lluvia.

Tras unos 25 minutos de viaje -donde se pasa de la carretera de tierra a una adoquinada-, se llega a la comarca Madroñito, y el ambiente triste, polvoriento y nada acogedor da paso a pequeñas fincas donde el amor a la tierra ha hecho que los agricultores ideen junto al Gobierno técnicas de cultivo que se adapten a esa zona, caracterizada por ser de las más áridas de Nicaragua.

El visitante se siente impactado al ver cómo en tan poco espacio de tierra y ante un paisaje semidesértico, estos agricultores pueden producir prácticamente de todo.

La idea de esto es dejar los monocultivos y pasar a un sistema diversificado que les permita erradicar la histórica dependencia al maíz y los frijoles, cuyos resultados solo se veían reflejados en la profundización de la pobreza.

Un edén en miniatura

Esto nos lo explica muy bien Agustín Castaño Zamora, quien junto a su hijo y nuera han convertido una manzana de tierra en un verdadero Edén, donde proliferan sin ningún problema ayotes, pipianes, pepinos, sandías, melones, chayotes, cebollas, camotes, flor de Jamaica y, por supuesto, las mazorcas de maíz.

Castaño subraya que nunca se había visto algo así en San Francisco Libre, ya que la falta de lluvias había hecho de la agricultura un trabajo arduo y sin muchas recompensas.

Este agricultor muestra con orgullo el sistema de riego que instaló a lo largo de la parcela gracias al apoyo del Instituto Nicaragüense de Tecnología Agropecuaria (INTA) y que le facilita sembrar sin necesidad de elevar plegarias al cielo para que llueva.

“Aquí nosotros sembramos de todo”, señala explicando que no hay mes en que de la parcela no esté sacando alguna fruta u hortaliza para el autoconsumo o para la venta.

“Antes yo me dedicaba solo al maíz”, recuerda.

El amor por la tierra se lleva en la sangre

Otra cosa que ha impactado positivamente es el uso de tecnologías amigables con la naturaleza, donde se han erradicado de una vez por todas los agroquímicos, cuyos efectos son nocivos no solo para las plantas y animales sino también para los mismos seres humanos.

De acuerdo a la nuera de don Agustín, Magali Padilla, esas tecnologías son el lombrihumus, los concentrados multinutricionales para los animales, el bocashi o los biofertilizantes, cuya preparación se hace prácticamente con productos que están al alcance de la mano en la misma finca.

“El productor normal solo usa insecticidas, va donde una comercializadora que venda productos químicos y empieza a aplicarlos sin control, sin saber si a lo mejor va a tener consecuencias (dañinas) en su salud; mientras que yo acá puedo elaborar un biofertilizante, que es un foliar para los cultivos, o puedo elaborar un bocashi que es un abono para el suelo”, explica.

Respecto al sistema de riego, esta joven de apenas 33 años, asegura que sin éste ella tendría que regar los cultivos con las manos, lo cual sería un trabajo de nunca acabar a lo largo de todo el día.

Como toda muchacha de la zona rural, Magali desde niña ha dividido su tiempo entre los quehaceres del hogar y las labores del campo, de tal manera el amor por la tierra lo lleva muy arraigado.

“En mi caso siempre me ha gustado la agricultura, siempre he estado relacionada con ella porque mi papá es productor y desde niña he andado con azadón, con machete, sembrando maíz, sembrando sandía. Creo que toda mujer, si ella se lo propone, puede realizarlo. Yo soy ama de casa, son madre, soy (secretaria) política de la comunidad, y aquí donde me ven me encanta jugar la tierra, hacerla producir”, afirma.

Magali dice que la diversificación es la única opción que tienen los pequeños productores, pues la dependencia de los monocultivos tiene impactos negativos en la alimentación y la economía de las familias campesinas, así como también en el control de las plagas.

Fincas modelos

Esta propiedad es una de las 16 fincas de investigación en innovación tecnológica con las que trabaja el INTA en esta región. El objetivo es convertirlas en fincas modelos donde otros productores puedan apropiarse de conocimientos en cuanto a la diversificación de cultivos y nuevas prácticas agropecuarias.

Alba Luz Pineda, Técnica de Investigación e Innovación Tecnológica del INTA, señala que el trabajo con esta familia de la comarca Madroñito ha sido muy exitoso y da como ejemplo el caso de la cebolla, cuyos resultados son muy prometedores aún y cuando en San Francisco Libre nunca se había experimentado con este cultivo.

“La parcela está manejada prácticamente solo con agricultura orgánica y diversificada, donde las plagas no tienen un solo cultivo donde quedarse”, expresa Pineda, explicando que el uso de trampas y plaguicidas orgánicos ha venido a impactar de manera positiva en parcelas familiares como esta.

Las fincas modelos están distribuidas por todo el país, y en estas los técnicos del INTA trabajan estrechamente con los agricultores en el diseño de los sistemas productivos adaptables a la zona.