He vivido un 4 de Febrero en Venezuela y me place compartir que lo he comparado con el 19 de Julio de mi tierra, Nicaragua.

Tomé el metro hacia la estación “Capitolio” en Caracas; bajé, me perdí, seguí caminando y me perdí de nuevo; hasta que un anciano que encontraba sumamente difícil cruzar una transitada avenida me pidió ayuda, y yo, se la di porque también la necesitaba.

Las calles estaban repletas con revolucionarios de todas las edades y de varias nacionalidades que con sumo entusiasmo se dirigían al Cuartel de la Montaña, donde descansan los restos del Comandante Hugo Rafael Chávez Frías.

Yo era uno de ellos; bajo un sol más que inclemente que solo era opacado por las banderas venezolanas y pancartas inmensas de movimientos sociales que conmemoraron el aniversario número 23 del intento de golpe de estado en 1992, organizado por el Comandante de la Revolución Bolivariana.

"Compañeros: lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital"; mencionó Chávez en su discurso luego que el intento fuera fraccionado. Pero la misión quedó pendiente y se logró en las urnas electorales años después; y hasta hoy continúa.

Era una revolución en ciernes que le devolvió al pueblo venezolano la esperanza de ser dueños de sus sueños. Como lo logró en Nicaragua la Revolución Sandinista con ideales que se siguen fortaleciendo con la fe en Dios como principal arma.

Comparo ambas fechas porque al pasar toda la tarde rodeado de revolucionarios en la Plaza “4 de Febrero” me di cuenta de que las luchas de los pueblos continúan atizándose; porque –en definitiva- siguen surgiendo elementos que desean ver atadas a las naciones latinoamericanas al yugo de poderes que amenizan sus días al ver sangrar a los humildes y luchadores eternos.

Nicaragua no está exenta a estos fantasmas de la desgracia. Y compartimos esa lucha. La solidaridad existe; se puede palpar en cada espíritu; y el 4 de febrero en Venezuela se asemeja a nuestro 19 de julio porque congrega los ánimos de todos los que no le tienen miedo al cambio de pensamiento; que confían en lo que líderes como Hugo y Daniel plantean como verdaderas alternativas de subsistencia.

Me puse orgullosamente una bandera de Venezuela en el brazo izquierdo; y una camisa roja chavista que compré antes de viajar desde Managua hace dos meses precisamente pensando en actividades como esta. Y mientras aplaudía los cañonazos desde el Cuartel de la Montaña pensaba en lo glorioso que es estar en Nicaragua los 19 de julio.

El alma revolotea de manera similar porque los cuerpos reconocen que son parte de la historia que sigue viviéndose como si se tratase del mero día.

Déjenme decirles que es una sensación inigualable. ¡Viva Venezuela! ¡Viva Nicaragua! Debemos mantener estas fechas porque, como latinoamericanos, si no defendemos nuestra historia, no tendremos nada para contarle a nuestros hijos.

Con razón ambas naciones son tan hermanas. Porque existen millones de seres humanos que siguen llorando a los que lucharon para que hoy digamos que somos libres; y que no habrá ninguna amenaza más fuerte que nuestros principios, ni látigos que pongan en peligro nuestra voluntad de sonreír en países que no son presos de las políticas exteriores.